Reflexiones sobre meritocracia y desigualdad al hilo de la Super Liga Europea

César Arjona

"No es un deporte cuando la relación entre el esfuerzo y el éxito, entre el esfuerzo y la recompensa, no existe. No es un deporte cuando el éxito está garantizado de entrada. No es un deporte si no importa si pierdes". Con estas palabras Pep Guardiola vaticinaba, un día después de que fuera conocido por el gran público, el estrepitoso fracaso del proyecto de crear una nueva competición de élite entre varios clubes europeos de fútbol profesional.

La principal novedad deportiva del proyecto, y a tenor de las reacciones la más polémica, es que se hubiera tratado de una competición cerrada, o semi-cerrada. Es decir, unos pocos clubes (ricos) fundaban la liga para enfrentarse entre ellos, siempre y cada año, sin tener que ganarse en el terreno de juego el derecho a disputar el torneo. Otras consideraciones aparte, fue interesante comprobar que el principal argumento en contra, unánimemente repetido por el status quo futbolístico (¡y político!), fue el meritocrático, reflejado a la perfección en las anteriores palabras de Guardiola.

Y esta reacción ejemplifica con llamativa fidelidad las tesis que defiende el filósofo norteamericano Michael Sandel en su último libro, La Tiranía del mérito. Como he comentado en una entrada anterior en Esade Do Better, en esta obra Sandel se embarca en un análisis crítico de la meritocracia como criterio hegemónico de justicia en las sociedades capitalistas contemporáneas, una hegemonía que Sandel considera problemática e incluso perversa. Repasar alguna de sus tesis al hilo de la controversia de la Super Liga nos ofrece un interesante paralelo entre el fútbol y la sociedad a la hora de valorar las cuestiones del esfuerzo, el mérito, la desigualdad y la justicia.

Si hemos tenido éxito y recompensa y nos hemos esforzado por ello, naturalmente pensamos que éxito y recompensa son el resultado solo de ese esfuerzo, con lo que pasamos por alto todo lo que ha contribuido para que logremos el éxito

1. El deporte constituye un modelo de meritocracia. El propio Sandel señala varias veces que la razón por la que los deportes atraen tanto, y se han convertido en el gran espectáculo de masas del mundo actual, es porque ofrecen la oportunidad de ver la meritocracia en acción. Los deportistas se enfrentan en condiciones de igualdad, con unas reglas establecidas de antemano, y se desempeñan honestamente y al máximo de sus capacidades para vencer. Aquí está el origen del fair play, un término deportivo que ha extendido sus connotaciones positivas a todos los ámbitos de la vida social y económica, y que constituye la condición básica de la meritocracia. Si el juego es fair, si se desarrolla con equidad y limpieza, gana quien lo merece. De ahí que el tramposo en la competición (piénsese en notorios ejemplos de doping) sea objeto de desprecio más allá de los aficionados al deporte y se convierta en paradigma de escarnio social.

2. La meritocracia es el argumento ganador en nuestra sociedad. La meritocracia, entendida como la idea de que cada uno es responsable de su esfuerzo y de sus talentos y capacidades, y es justo que alcance lo que pueda lograr con todo eso y solo con eso, es el argumento de justicia social dominante en nuestros días.

Este es el punto de partida de la tesis de Sandel, que la controversia sobre la Super Liga ha demostrado con creces. De las críticas que podían formularse contra el proyecto, la que más se ha repetido, con una constancia y una coincidencia algo sorprendentes, ha sido la meritocrática. El derecho a competir en la élite internacional se tiene que ganar en el terreno de juego, logrando la clasificación a través de las ligas domésticas. Asegurar a los miembros de un grupo cerrado un privilegio de competición es injusto.

Frente al ideal meritocrático del deporte, esta especie de derecho de sangre respondería al modelo de sociedad aristocrática, donde rige una desigualdad de nacimiento que no pretende justificarse en ningún mérito. A día de hoy, nadie defiende públicamente la aristocracia como modelo de justicia social. Ni siquiera los impulsores de la Super Liga; en su defensa del proyecto estos intentaron persuadir (con o sin razón) de que su propuesta tendría buenos resultados económicos o de que crearía un producto televisivo más atractivo para el aficionado, pero no se atrevieron a contradecir el argumento meritocrático. En otras palabras, quien puede alegar que tiene la meritocracia de su lado gana el debate.

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3. Pero la meritocracia está profundamente sesgada. Resulta cuando menos irónico que el status quo del fútbol profesional defienda su sistema de competición en base a la meritocracia cuando el fútbol profesional es conocido por su estructura radicalmente desigualitaria. También es conocido, cierto, por el tópico de ser un juego impredecible, en el que cualquiera le puede ganar a cualquiera, lo cual es verdad si la unidad de observación es muy pequeña (digamos un partido) pero empíricamente falso si hablamos de éxito a medio o largo plazo.

Un repaso de los ganadores de las principales competiciones en las últimas décadas ofrece una imagen calcada del poder económico de los clubes que representan. Poder económico, y este detalle es importante, que en su mayor parte no es resultado directo de los méritos deportivos (como serían premios por victorias o ingresos por entradas) sino que tiene que ver sobre todo con cuestiones ajenas al fútbol que otros expertos en las finanzas de las sociedades deportivas podrán explicar mejor que yo.

Resulta cuando menos irónico que el status quo del fútbol profesional defienda su sistema de competición en base a la meritocracia cuando el fútbol profesional es conocido por su estructura radicalmente desigualitaria

Es precisamente la predecibilidad de los resultados la que hace tan atractiva y épica por contraste la victoria circunstancial del llamado “equipo pequeño”, el underdog, el David que puede con todos los Goliats. Hazaña irremediablemente llamada a una vida corta, pues en los raros casos en que sucede no se han apagado los ecos de las celebraciones cuando los mejores jugadores y técnicos del David de turno ya están haciendo las maletas tras firmar multimillonarios contratos con los vencidos Goliats. Algo, desde luego, poco acorde con el ideal meritocrático.

4. Aún así nos queremos creer la meritocracia. Y este es el nivel en el que el discurso meritocrático se vuelve, apunta Sandel, más problemático, creando un efecto psicológico por el cual los ganadores naturalmente atribuyen las victorias a sus méritos y esfuerzos, mientras que los perdedores añaden a la frustración de la derrota la auto-inculpación por la falta de talentos, capacidades o esfuerzos (lo cual en el deporte no es tan grave, pero en la vida puede tener efectos individual y socialmente devastadores).

El mecanismo es sutil y desvela una peligrosa ambigüedad. Volvamos al ejemplo para verlo. Los equipos que entrena Guardiola, ganadores y exitosos, ¿lo son porque se esfuerzan al máximo, son muy talentosos, sacan con su esfuerzo todo el partido de esos talentos, y logran por lo anterior merecer sus victorias? Por supuesto que sí. Por eso no es ninguna tontería que vincule esfuerzo y recompensa, lo cual (desde su  perspectiva) encierra una evidente legitimidad moral.

Cuando las condiciones de partida no son equitativas, cuando no hay fair play antes de empezar a jugar, el juego muy justo no puede ser

Pero, reformulando la pregunta, ¿logran Guardiola y sus equipos sus victorias solo por eso? No. Las logran porque se esfuerzan mucho, porque tienen mucho talento, y porque parten de unas condiciones mejores que las de la mayoría de otros equipos, que también se esfuerzan mucho y que también exprimen al máximo su talento, cosa que por cierto Guardiola reconoce y hace explícita con frecuencia. El Manchester City, su equipo actual, ha sido campeón de la liga inglesa cuatro veces durante la última década. No está nada mal, sobre todo si tenemos en cuenta que el club solo había logrado tal éxito en dos ocasiones durante sus anteriores 130 años de existencia. ¿Habrá que suponer que los técnicos y jugadores del Manchester City se han esforzado mucho más en los últimos diez años de lo que lo hicieron durante el pasado siglo? ¿O tendrá algo que ver la conocida adquisición multimillonaria por parte de un grupo inversor de Abu Dhabi?

Por supuesto, el dinero no lo es todo. En la vida no da la felicidad, y en el deporte no da los éxitos. Tras el dinero viene un trabajo inmenso, un esfuerzo que abarca desde la gestión empresarial hasta el sudor en el terreno de juego, y sin ese trabajo no hay victoria. Y aquí es donde está la trampa. Porque si hemos tenido éxito y recompensa y nos hemos esforzado por ello, naturalmente pensamos que éxito y recompensa son el resultado de ese esfuerzo y solo de ese esfuerzo, fuente única y absoluta de nuestro merecimiento. Con lo que pasamos por alto lo más evidente: todo lo que, además de nuestro esfuerzo y talento, ha contribuido para que logremos el éxito.

La mejor manera de verlo es fijarse en los que se esfuerzan y no obtienen su recompensa, en los talentos y las capacidades lastradas por una peor posición en la línea de salida. En el deporte profesional esto se ve quizás más claro que en ningún otro ámbito, porque todos los que están ahí son buenos por definición y porque el esfuerzo y la superación constituyen su esencia misma. Se dice del fútbol que es, entre todos los deportes, el que mejor refleja la vida real. También lo hace, me temo, en su estructural desigualdad.

Según Sandel, incluso en condiciones de perfecta igualdad de oportunidades la meritocracia tendría efectos perniciosos. Esto requiere un análisis más extenso del que puedo afrontar aquí. Pero no hay que llegar tan lejos para entender que cuando las condiciones de partida no son equitativas, cuando no hay fair play antes de empezar a jugar, el juego muy justo no puede ser. Y que en esas condiciones, la justificación meritocrática de los éxitos, por mucho y muy honestamente que se hayan esforzado los ganadores, resulta engañosa y falaz. En el fútbol y en la vida.


Foto: Pep Guardiola durante un entrenamiento del FC Bayern (Niklas B./Wikipedia)

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