Las incertidumbres del post-Brexit

Con el Brexit, todos perdemos, por mucho que a corto plazo haya cohesionado a la Unión Europea de 27 socios. Se marcha la segunda economía y la primera potencia militar.

Por José M. de Areilza

Tras la retirada británica el 31 de enero de 2020, comienza una etapa caracterizada por enormes incertidumbres a la hora de definir una relación permanente entre ambas partes, que tardará años en cobrar forma definitiva.

El Reino Unido es el primer miembro que ha manifestado su voluntad de abandonar la UE. Nadie sabe en qué consiste pasar a ser "antiguo Estado miembro", es decir, cuáles son las consecuencias constitucionales, políticas y económicas para el Estado que se desgaja del proceso de integración. Ni tampoco cuáles son los efectos sobre la Unión que pierde un socio.

Brexit protest
Un grupo de manifestantes frente al Parlamento en Londres (Foto: Ben Gingell/iStock)

La paradoja es que una mayoría de ciudadanos británicos rechaza el Brexit, y aún más conforme al acuerdo de mínimos tan incierto que ha negociado el primer ministro. Pero en las elecciones del 12 diciembre de 2019, el sistema electoral primó al partido con más sufragios: los conservadores.

El acuerdo de divorcio de Boris Johnson solo enmienda –de hecho, empeora– lo que había conseguido Theresa May en un asunto central, el estatus económico y jurídico de Irlanda del Norte.

El objetivo del antiguo alcalde de Londres era desmontar la llamada “salvaguardia irlandesa” y rechazar, por tanto, la unión aduanera entre la UE y el Reino Unido, la base que May había aceptado sobre la que construir una asociación económica estrecha.

La paradoja es que una mayoría de ciudadanos británicos rechaza el Brexit

La solución fue acordar que el Ulster se convertiría en una economía distinta a la británica: seguiría las normas europeas sobre mercancías, aunque formaría parte de la unión aduanera nacional, siempre que el parlamento regional de Stormont aceptase cada cuatro años este delicado acuerdo. Se mantendría así la libre circulación en el Éire, pero a cambio habría que garantizar la integridad del mercado interior europeo con una frontera intrabritánica entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña, hasta ahora inexistente.

De este modo, el resto del Reino Unido sigue conectado a través del Derecho de la UE solo durante el breve período transitorio, hasta el 31 de diciembre de 2020.

Es una etapa en que los británicos aplican las normas comunitarias sin estar ya en las instituciones. Puede extenderse hasta dos años más, si se solicita antes del 1 de julio de 2020.

Pero la intención del gobierno de Boris Johnson es impedir esta posibilidad, comenzar a legislar sobre numerosas áreas hoy cubiertas por la legislación comunitaria y alcanzar en tiempo récord un acuerdo de libre comercio con la UE, a pesar de que, una vez fuera, el Reino Unido pierde capacidad negociadora.

El gobierno de Boris Johnson quiere alcanzar en tiempo récord un acuerdo de libre comercio con la UE

No hay tiempo para conseguirlo –la estimación realista es de entre 5 y 10 años, ya que queda por negociar más de cuatro veces lo ya pactado.

Por todo ello, a finales de diciembre de 2020, Gran Bretaña se asomará a un nuevo precipicio económico con todas las características de un Brexit duro. Volveremos a asistir a nuevos bandazos y a giros argumentales inverosímiles en la política británica.

Polling station Brexit
Dos personas caminando cerca del lugar donde tuvo lugar la votación del Brexit (Foto: Aja/iStock)

Una economía abierta como la británica vive de exportar servicios, de ser plataforma de inversiones y de ofrecer la máxima seguridad jurídica. Necesita recibir a trabajadores cualificados y seguir conectada a su mercado principal.

Nada de esto queda garantizado sin una asociación económica y comercial. Cualquier gobierno de Londres que aspire a una relación así deberá aceptar normas y estándares europeos sobre los cuales ya no tendrá poder de decisión.

Pero el discurso populista ha dificultado una y otra vez la búsqueda de una solución razonable. Jeremy Corbyn, al frente de los laboristas, ha sembrado confusión en vez de trabajar por el consenso en un asunto de Estado.

A finales de diciembre de 2020, Gran Bretaña se asomará a un nuevo precipicio económico

Entre no pocos conservadores, el orgullo legítimo por ser una vieja democracia ha dado paso a la arrogancia nacionalista. Los conservadores británicos han optado por apartarse con brusquedad de su entorno económico natural y romper con el bloque más desarrollado del mundo, dentro del cual los sucesivos gobiernos de Londres han ejercido una gran influencia en los últimos 47 años. 

A día de hoy, Boris Johnson sigue en campaña, centralizando todo el poder del gobierno y encumbrando a su asesor principal, Dominic Cummings. Con un optimismo que raya en la temeridad, el primer ministro pasa por alto los datos y las previsiones.

En el plano internacional, cabe preguntarse si, para los británicos, jugar solos en una globalización que ya no se basa en ideas occidentales es la mejor opción, en vez de coliderar la UE, sumando sus innegables capacidades exteriores.

El gobierno conservador aspira a inaugurar una nueva proyección en el mundo, pero muchos de sus votantes piden protección y defensa frente a la globalización.

Con un optimismo que raya en la temeridad, el primer ministro pasa por alto los datos y las previsiones

En el ámbito de la seguridad y la defensa, no hay razones de fondo para no conseguir un marco de colaboración estrecha entre el Reino Unido y la UE.

Como ha explicado con lucidez Hugo Dixon, al consumarse el Brexit el Reino Unido recupera soberanía, pero pierde poder. A los perjuicios económicos y a la disminución del poder blando o de atracción del Reino Unido, hay que sumar el impacto negativo sobre el sistema constitucional británico

La salida de la UE es una amenaza a su constitución no escrita: sin el anclaje de la integración europea, los equilibrios internos entre sus cuatro naciones y la garantía de la cohesión territorial se debilitan. Justo lo contrario de lo que decía el eslogan de los alegres partidarios del Brexit: “Recuperemos el control”.

El resto de los europeos no podemos simplemente decir adiós.

La UE pierde uno de sus motores, el país más partidario de aprovechar las oportunidades de la globalización económica, con una visión admirable del Estado-nación anclada en la democracia parlamentaria y el imperio de la ley.

Al consumarse el Brexit el Reino Unido recupera soberanía, pero pierde poder

Sin las dos graves crisis de la moneda común y de la política de inmigración, el resultado del referéndum convocado por David Cameron –un ludópata no diagnosticado a tiempo– hubiese sido bien distinto.

La UE de 27 tiene ante sí retos enormes. El primero es reconectar las instituciones, las reglas y las políticas de Bruselas con un ideal de civilización europea, para hacer frente a la impugnación del proceso de integración y de sus valores desde los extremos ideológicos.

Como ha explicado Joseph Weiler, en el continente hay demasiados ciudadanos al mismo tiempo escépticos hacia Bruselas y hacia la democracia liberal. La tarea de relanzar el europeísmo es ardua y pasa también por recuperar algún día a una nueva generación de británicos.

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