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Violencia contra las mujeres, por el simple hecho de ser mujeres

Anna Ginès i Fabrellas

El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Como indica la Organización de las Naciones Unidas, se trata de una violencia por el simple hecho de ser mujeres. Es triste y desolador, a estas alturas de la historia, tener que marcar aún en el calendario un día para la eliminación de la violencia contra las mujeres, un día para reivindicar la urgencia de erradicar la violencia contra las mujeres, una violencia por el simple hecho de ser mujeres. 

Los feminicidios y las violaciones son la punta de lanza de la violencia contra la mujer. Los datos son sobrecogedores y desgarran el alma: 13 mujeres han sido asesinadas y se han registrado más de 800 denuncias por agresiones sexuales solo en Cataluña en lo que va de año 2021. Son datos aterradores de una violencia que no ha hecho más que aumentar durante la pandemia, el confinamiento y el distanciamiento social. 

¡Resultan estremecedoras tantas formas de violencia contra las mujeres!: violencia física con maltratos, lesiones y daños; violencia psicológica, con insultos y amenazas; violencia sexual, con violaciones, agresiones sexuales y acosos; violencia vicaria, ejercida contra los hijos e hijas, y un largo etcétera para no dormir. Además, la violencia contra las mujeres se produce prácticamente en todos los ámbitos –de la pareja, familiar, laboral, comunitario, económico, digital, institucional, político o educativo–, lo cual pone de manifiesto que se trata de un problema social a gran escala que tenemos más cerca de lo que pensamos y del cual tod@s debemos sentirnos cómplices. 

Más del 40% de las mujeres ha sufrido algún tipo de acoso a lo largo de su vida

El ámbito laboral no es una excepción a la violencia contra las mujeres, ejercida por el mero hecho de ser mujeres. Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2019 realizada por del Ministerio de Igualdad, más del 40% de las mujeres ha sufrido alguna forma de acoso a lo largo de su vida y más del 17%, en el entorno laboral. Este porcentaje se incrementa exponencialmente si se tienen en cuenta también conductas que, aun cuando desde el punto de vista jurídico, social o público no se identificarían estrictamente como acoso, constituyen conductas sexualmente inapropiadas, como “bromas”, comentarios sexuales, alusiones groseras o tocamientos no deseados. 

El acoso sexual o por razón de sexo no solo está insultantemente presente en el ámbito laboral, sino que ha evolucionado con las nuevas formas de trabajo, especialmente con la potenciación del teletrabajo a raíz de la pandemia de la COVID-19. Constituye una nueva forma de violencia contra la mujer en el ámbito laboral el ciberacoso o acoso cibernético. Ejemplos de estas conductas son la distribución por internet o por las redes sociales de información o imágenes –reales o ficticias– de la persona; la creación de perfiles falsos con contenidos ofensivos o sexuales; el cyberstalking, definido como el uso de la red para enviar mensajes ofensivos, agresivos o amenazantes, o la pornovenganza, entendida como la publicación de fotografías o videos íntimos de la expareja. 

El ciberacoso permite que los ataques se mantengan de forma persistente fuera del horario y lugar de trabajo

Además del efecto devastador del acoso sexual y por razón de sexo, el ciberacoso plantea una nueva dimensión sin límites de tiempo ni de espacio, lo cual intensifica su gravedad. Así, el ciberacoso permite que los ataques se mantengan de forma persistente, constante e incansable más allá del horario y del puesto de trabajo, y se extiendan sobre la vida familiar y personal, sin descanso. La instantaneidad de la difusión de determinadas informaciones o imágenes, la escalabilidad exponencial que ofrecen la mensajería instantánea y las redes sociales, el anonimato que permiten los dispositivos digitales o la imposibilidad de eliminar determinados contenidos de la red hacen que el acoso nos persiga allá donde vayamos.

Vivimos en una sociedad en que, aunque cueste creerlo, existe violencia contra las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Y, en este escenario, ¿qué vamos a sentir? Pues, sin duda, tristeza. Pero también rabia y furia por una violencia ejercida por el simple hecho de nacer y ser mujeres. Una rabia y una furia que nos lleva a decir con voz alta y clara: ¡Basta ya!

Ni una más, ni una menos. 

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