Barcelona, Europa y la carrera tecnológica global

Por Josep M. Martorell

Casi cada día nos topamos con una noticia relacionada con el imparable avance de las tecnologías de computación: una empresa que pone en marcha un nuevo servicio basado en la inteligencia artificial, un nuevo tratamiento médico que mejora gracias al análisis de datos de una amplia cohorte de pacientes, una nueva aplicación móvil que nos dice cosas que pasan en nuestro hogar...

Todas estas novedades, que por cierto hemos asumido con sorprendente normalidad, tienen que ver con el progreso de diferentes áreas relacionadas con la computación: la famosa ley de Moore y la creatividad de los arquitectos de computadores brindan cada década órdenes de magnitud mayores de capacidad computacional.

Los volúmenes de datos de que disponemos son cada vez más inmensos gracias al llamado internet de las cosas y las técnicas algorítmicas no hacen más que mejorar, con un rol destacado en todas aquellas disciplinas que se engloban dentro de la inteligencia artificial.

Los volúmenes de datos de que disponemos son cada vez más inmensos gracias al llamado internet de las cosas

Este papel creciente y destacado de la tecnología de computación y datos también se ha consolidado en el mundo científico. Es cada vez más complicado imaginar un campo de la investigación científica en el que el cálculo, las simulaciones, el big data o la inteligencia artificial no jueguen un papel fundamental.

De la ingeniería a la medicina, de las ciencias climáticas a la astrofísica, los grandes avances de los últimos años han venido casi siempre acompañados del uso de las más avanzadas técnicas de computación, que se han convertido en una herramienta complementaria a la experimentación cuando se trabaja en la vanguardia del conocimiento.

Barcelona Supercomputing Center
El superordenador MareNostrum4 en la capilla de Torre Girona, Barcelona Supercomputing Center (Foto: BSC)

¿Estamos ante una moda pasajera o, por el contrario, es algo que ha venido para quedarse? Todo parece indicar que esta tendencia no se detendrá en el futuro inmediato.

Por un lado, el incremento de la sensorización y las comunicaciones producirán más datos y a un mayor ritmo; por otra parte, los avances en las ciencias computacionales permitirán continuar incrementando las capacidades de los futuros chips y computadoras. La combinación de ambos elementos acentuará la presencia de estas tecnologías en el ámbito científico e industrial.

¿Qué consecuencias geopolíticas tendrá la omnipresencialidad de estas tecnologías en nuestro futuro más inmediato?

Estamos, por tanto, ante un impulso tecnológico que ya lo abarca todo y que lo seguirá haciendo durante las próximas décadas. Pero no quiero entrar en cuestiones casi filosóficas (futuro del mercado laboral, futuro de la interacción humana, singularidades...), sino centrarme en algo mucho más terrenal y, seguramente, importante en el corto plazo: ¿qué consecuencias geopolíticas tendrá la omnipresencialidad de estas tecnologías en nuestro futuro más inmediato?

A algunos de nuestros compañeros americanos les gusta repetir mucho un lema bastante simple: "who does not compute, does not compete". Aplicado tanto a las empresas como a los países, la frase explicita hasta qué punto tener acceso a estas tecnologías ofrece ventajas competitivas.

Conscientes de ello, los Estados Unidos, China y Japón tienen establecido hace años un roadmap para liderar la carrera de los ordenadores más potentes del mundo, lo que coloquialmente conocemos como supercomputadores. Este plan es, en los tres casos, realista, preciso, dotado económicamente con generosos fondos públicos de I+D y, sobre todo, se basa en la capacidad de construir estos supercomputadores con tecnología doméstica: es decir, tecnología diseñada y desarrollada en su territorio.

¿Por qué este último punto es tan importante? No se trata sólo de tener acceso a máquinas que pronto serán capaces de hacer un millón de millones de millones de operaciones cada segundo (sí, no me he equivocado al escribirlo: un 1 seguido de 18 ceros de operaciones matemáticas cada segundo).

Se trata también de tener las capacidades suficientes para asegurar la soberanía tecnológica del país, un aspecto fundamental para garantizar a sus científicos la capacidad de competir a escala mundial, pero también el acceso a los últimos modelos de chips para sectores como la automoción o la industria manufacturera. ¿Qué le pasaría a la industria automovilística o aeronáutica europea si, de repente y fruto de guerras comerciales, dejara de tener acceso a los últimos chips que comercializan Intel, AMD o Nvidia?

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El desarrollo de chips es esencial en sectores como la automoción y la industria manufacturera (Foto: Crstrbrt/iStock)

Esta amenaza, nada menor y muy presente, ha hecho que la Comisión Europea reaccione, dándose cuenta de que Europa no se puede quedar atrás en esta carrera tecnológica de gran calado estratégico. Desde Bruselas y conjuntamente con todos los estados miembros de la Unión se ha lanzado una ambiciosa apuesta: el proyecto Europe High Performance Computing (EuroHPC). Dotado con recursos presupuestarios que, por primera vez, no tienen nada que envidiar respecto a las otras potencias mundiales, esta iniciativa busca dotar a nuestros científicos de las mejores capacidades computacionales, apoyadas en lo posible sobre tecnología desarrollada en Europa y que garantice nuestra soberanía tecnológica.

A la reacción europea hay que añadir otra buena noticia: Barcelona jugará un papel muy importante en esta iniciativa, que será clave para garantizar la buena salud de la ciencia y la industria europea durante las próximas décadas.

El Barcelona Supercomputing Center es hoy el centro de supercomputación más grande de Europa

La apuesta hecha en el ámbito de la computación paralela durante la década de los 80 y 90 en el entorno de la Universidad Politécnica de Cataluña dio lugar al nacimiento del Barcelona Supercomputing Center (BSC) en 2004, una institución donde hoy trabajamos más de 600 personas agrupadas en más de 40 grupos de investigación y que acoge el superordenador MareNostrum4 en la inconfundible capilla de Torre Girona. El BSC es hoy el centro de supercomputación más grande de Europa, y ya se prepara para acoger el nuevo MareNostrum5 y para liderar el desarrollo de la tecnología europea de computación basada en arquitecturas abiertas.

Sólo el tiempo dirá hasta dónde seremos capaces de llegar en esta carrera. Pero de momento una cosa es muy evidente: ya no hay ningún país europeo que, por sí solo, pueda afrontar un reto de esta magnitud. En épocas de dudas e incógnitas sobre el proyecto europeo, la supercomputación nos muestra una de las grandes virtudes de la Unión Europea: permitirnos afrontar juntos olas que, por separado, se nos llevarían literalmente por delante.

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