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La ciencia, la tecnología y la innovación: el triunvirato que reinará en un mundo pospandemia

Oriol Alcoba

Hemos pasado un 2020 terrible y aún hoy sufrimos los estragos provocados por la desdichada pandemia del coronavirus. Hace poco más de un año, nos sorprendía que la GSMA decidiera cancelar la celebración del Mobile World Congress. Recuerdo amargas conversaciones con empresarios del sector turístico y del sector tecnológico, que prácticamente no daban crédito a esta noticia. Aquellos días, pocos preveían la catástrofe que estaba en ciernes: al cabo de pocas semanas, estábamos todos encerrados en casa, incorporando a nuestro vocabulario cotidiano algunas expresiones como “doblegar la curva”, “tasa de incidencia” o “resiliencia”.

Fuimos víctimas de un nuevo paradigma, que se caracterizaba por la evolución exponencial de las cosas. Los seres humanos estamos “programados” para entender la evolución lineal de los acontecimientos. La frecuencia con que podemos observar un fenómeno concreto nos lleva a imaginar cómo estaremos al cabo de un tiempo determinado.

Si vemos que algo se repite pocas veces y su evolución está por debajo de la lineal, tendemos a despreciarlo. Cuando algo evoluciona de forma exponencial, durante un tiempo nos parece negligible: o bien le restamos importancia o simplemente resulta imperceptible a nuestros sentidos. En cambio, cuando la curva exponencial traspasa la lineal que habíamos imaginado, ya no hay vuelta atrás: el fenómeno es incontrolable y lo que empezamos a ver supera cualquier previsión. Nos sorprende y nos aterroriza por igual.

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Hace un año, mientras asistíamos al desarrollo exponencial de la pandemia, nos poníamos en manos de los sectores “esenciales”: la sanidad, la agricultura, la distribución, la industria, la ciencia y la tecnología. Los equipamientos industriales cobraban relevancia; las cadenas de suministro se relocalizaban a contrarreloj, buscando proveedores en la proximidad; start-ups tecnológicas que proponían sistemas de videoconferencia proliferaban a escala global; pequeños talleres se ponían a trabajar para fabricar equipos de protección y dispositivos médicos de emergencia; los sanitarios aprendían sobre la marcha a identificar, mediante sistemas de inteligencia artificial, los factores que provocaban el empeoramiento de los pacientes; la elaboración y la distribución de alimentos y de otros productos esenciales buscaban mantener la producción y servir a los ciudadanos en un contexto hostil…Y, por encima de todo, los científicos se organizaban, a escala global, en proyectos colaborativos, públicos y privados, y orientaban sus esfuerzos a la búsqueda de soluciones reales, en forma de posibles tratamientos y vacunas.

La sociedad, en general, tanto los dirigentes como los ciudadanos, fuimos más conscientes que nunca de la importancia de la inversión en ciencia y tecnología. Aparentemente, ya lo sabíamos: ningún otro factor resulta tan relevante para generar bienestar y prosperidad para las naciones. Tal vez nos faltaba esa sensación de “emergencia” o de “apremio” que nos inyectó, de golpe, un pequeño y desconocido virus.

La sociedad, en general, tanto los dirigentes como los ciudadanos, fuimos más conscientes que nunca de la importancia de la inversión en ciencia y tecnología

La generación de vacunas en poco más de diez meses no es nada despreciable. Por poner un ejemplo, tardamos más de cuarenta años en obtener la vacuna contra el virus del Ébola, tristemente recordado por el impacto que ocasionó hace pocos años en algunas zonas del África occidental. Aún más flagrante es el caso del virus del Zika, caracterizado en 1947 y contra el cual todavía no hemos sido capaces de obtener una vacuna segura y eficaz. En la lucha contra la COVID-19, el esfuerzo coordinado de miles de organizaciones y personas en todo el mundo, así como la inyección masiva de capital, hizo posible el “milagro”.

En definitiva, hemos tomado conciencia, por fin, de la relevancia decisiva que tiene la investigación orientada y su rápida traslación al mercado, en forma de productos y servicios que solucionen los problemas y las necesidades de las personas. El dramático aprendizaje que nos ha dejado la reciente pandemia, unido al sentimiento de emergencia y de descontrol exponencial que hemos experimentado, nos tienen que llevar a tomar decisiones de cambio trascendentales. No se trata únicamente de estar “mejor preparados” ante la próxima pandemia; se trata de aprovechar la oportunidad para mejorar nuestra sociedad. Desde esta perspectiva, los dos aspectos primordiales que marcarán el mundo pospandemia serán la innovación de base tecnológica y una industria relocalizada y altamente tecnificada.

1. La imparable evolución de la ciencia y la tecnología

Las tecnologías de base digital evolucionan de forma exponencial y, por tanto, nos asombran cuando superan nuestras previsiones lineales. En un mundo pospandemia, debemos ser los protagonistas de esta evolución y no unos meros agentes pasivos. Se van a generar oportunidades enormes y quienes no sigan su evolución se verán sacudidos por la oleada imparable de los acontecimientos.

El pasado mes de enero, una de las primeras acciones que llevó a cabo el nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, consistió en enviar una carta a un selecto grupo de científicos y representantes de universidades y centros de investigación. En dicha carta, el presidente Biden se comprometía con la ciencia y pedía consejo para mantener el liderazgo tecnológico de los Estados Unidos y para luchar contra los grandes retos de la humanidad, como son la salud y el cambio climático. Mientras tanto, el Gobierno chino aprobó, hace un par de meses, la ampliación del presupuesto que dedica a I+D, y se comprometió a incrementarlo un 7% cada año en los próximos cinco años. El mundo se prepara para renacer a partir del conocimiento y la tecnología generados por la actividad científica.

2. La industria gana relevancia

Las actividades productivas son las que generan empleo y estabilidad a nuestra sociedad. Debemos aprovechar este momento para concentrar la “cadena de valor del conocimiento” (desde su generación hasta su aplicación práctica). Parte de este proceso pasa por reubicar nuestras actividades productivas cerca de las fuentes del conocimiento y cerca de los mercados, pues es allí donde tienen más sentido y donde se verán menos amenazadas por movimientos globales incontrolables. La resiliencia de nuestra economía, entendida como la capacidad de sobreponerse a unas circunstancias inesperadas, estará muy condicionada por la hiperconectividad de los clústeres industriales.

El mundo se prepara para renacer a partir del conocimiento y la tecnología generados por la actividad científica

Para conseguirlo, no bastará con alentar las empresas con buenas palabras: habrá que desarrollar unas políticas industriales desacomplejadas, que absorban parte del riesgo inherente a la capacidad de generación y absorción de tecnología y de nuevos modelos de negocio por parte de las empresas. Cuando la Unión Europea aprobó la creación de los fondos NextGenerationEU, estaba haciendo algo inaudito hasta entonces: estaba casi doblando el presupuesto de la Unión para los próximos siete años, a la vez que mancomunaba el riesgo financiero entre los diferentes estados miembros. Los fondos adicionales van a dedicarse a tres pilares fundamentales: la recuperación de la economía, el apoyo a la inversión privada y la transformación hacia un sistema más digitalizado y sostenible. Esto, en otras palabras, es Política Industrial (en mayúsculas). Las administraciones han aprendido la lección y las organizaciones necesitan aprovechar esta oportunidad que se está presentando.

En definitiva…

El mundo en que vivimos se ve sacudido todavía por los embates de la COVID-19. Occidente se vacuna a marchas forzadas, mientras aparecen mutaciones del virus que reactivan nuestro estado de alerta. La ciencia, la tecnología y la innovación componen el nuevo triunvirato que tutelará el mundo pospandemia. Las tres, de forma consorciada y coordinada, reinarán sobre todas las cosas.

A escala global, el mundo ha despertado y hemos de ser optimistas: la humanidad se encamina hacia un nuevo paradigma de prosperidad, siempre y cuando sea capaz de comprender su evolución acelerada y de gobernarla. A escala local, los beneficios de esta prosperidad global se concentrarán en unas zonas y en unos sistemas sociales más sostenibles, tecnificados e intensivos en actividad industrial.

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