Retos educativos del coronavirus: una mirada a Uruguay

Por Foro de Humanismo Tecnológico

Foto: Rodrigo Alcoba

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La pandemia del coronavirus ha puesto a prueba la gestión de los gobiernos a nivel planetario, evidenciando las diferencias entre países y acelerando la irrupción de nuevas maneras de gestionar los retos educativos. ¿Cómo está cambiando el modelo educativo a raíz de la crisis del coronavirus? ¿Qué podemos aprender de Uruguay, un país con largo recorrido en la senda de la digitalización?

En este podcast, José María Lassalle, director del Foro de Humanismo Tecnológico de Esade, profundiza en los retos educativos y la gestión de la pandemia en Uruguay con Pablo da Silveira, ministro de Educación y Cultura de Uruguay, y Facundo Ponce de León, director del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica del Uruguay.

TRANSCRIPCIÓN

José María Lassalle: Buenas tardes en horario de España a todos y a todas, y buenos días en horario del Uruguay. Es un placer tener hoy con nosotros a Pablo da Silveira, ministro de Educación y Cultura del Uruguay, doctor por la Universidad de Lovaina, y un experto en educación muy conocido internacionalmente. Profesor en la Universidad Católica del Uruguay, donde ha desempeñado numerosos puestos de gestión y de responsabilidad académica, ha sido asesor del candidato a la presidencia de la República, Luis Lacalle Pou. Actualmente, desde hace unos meses, es el ministro de Educación y Cultura del Gobierno de Uruguay. Pablo, bienvenido, es un placer contar con usted. También quiero presentar a Facundo Ponce de León, doctor en Filosofía y director del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica del Uruguay. Pablo y Facundo, bienvenidos, es un honor tenerlos con nosotros.

Facundo Ponce de León: Un placer.

Pablo da Silveira: Muchas gracias, José María. Es un gusto enorme tener esta conversación con dos amigos sobre temas que nos importan mucho a los tres.

José María Lassalle: Mi primera pregunta está muy pegada a la realidad, aprovechando la oportunidad que tenemos de tener a un ministro. ¿Cómo están las cosas en Uruguay y cuál es la sensación que usted tiene, como intelectual, como académico, de verse de pronto al frente de una responsabilidad como ser ministro de un gobierno, gestionando una situación tan compleja como la que se ha encontrado a raíz de la pandemia, un drama que está padeciendo toda la humanidad?

Pablo da Silveira: Uruguay tuvo la combinación de una situación de pandemia, que enfrenta el mundo entero, con la coyuntura de un cambio de gobierno. El actual gobierno entró en funciones el 1 de marzo. El 13 de marzo, cuando todavía estábamos instalándonos en nuestros despachos y calentando motores, ocurrieron los primeros casos de covid-19 en Uruguay. El nuevo gobierno tuvo como principal desafío y prioridad combatir la pandemia. Estábamos conceptualmente atentos al tema, teníamos algunas definiciones estratégicas y seguíamos con mucha atención lo que pasaba principalmente en Europa.

No pensábamos que íbamos a tener que enfrentarnos tan rápido a este desafío. Nosotros suponíamos que la pandemia iba a llegar a Uruguay junto con el invierno en el hemisferio sur. Sin embargo, llegó el 13 de marzo, a inicios de otoño, una época todavía con buenas temperaturas. Según decían los manuales, no iba a ocurrir tan rápido. Nuestro gobierno se ha centrado en este desafío desde el primer momento.

El covid es un tren al que no hay que dejarle tomar velocidad, ya que de lo contrario es muy difícil frenarlo

¿Cómo están las cosas? Desde el punto de vista de combatir la epidemia, razonablemente bien. Nuestra estrategia consistió en instalar cortafuegos tempranos. Nosotros habíamos seguido la experiencia europea y nuestra principal conclusión es que el covid era un tren al que no había que dejarle tomar velocidad, ya que de lo contrario es muy difícil frenarlo. Eso hizo que tomáramos decisiones muy rápidas. Cuando había apenas cuatro casos diagnosticados en el país, suspendimos los espectáculos públicos. Cuando había apenas seis casos, suspendimos las clases en todos los niveles de enseñanza.

Con ello teníamos dos objetivos: desde el punto de vista de la salud, evitar que hubiera un crecimiento exponencial de los casos. Y desde el punto de vista del gobierno, queríamos evitar a toda costa tener que llegar a una situación de confinamiento obligatorio. Era una idea que políticamente nos generaba mucha incomodidad, por lo que significa en términos de pérdida de libertad y de control y represión sobre la población. Hicimos una llamada a lo que, desde el gobierno, llamamos un "ejercicio responsable de la libertad". Hicimos campañas de comunicación muy intensas explicando los riesgos de la situación y exhortando a los ciudadanos a mantenerse en sus hogares y a salir solo en la medida en que fuera necesario. Pero todo ello sobre una base de voluntariedad.

Estamos enormemente orgullosos de la reacción de la población uruguaya, que actuó con mucha serenidad y responsabilidad. Efectivamente hubo un momento en el que el confinamiento se acercó mucho al total [de la población], pero sin que fuera obligatorio para nadie. El resultado de ello es que evitamos el crecimiento exponencial. De hecho, si hubiéramos tenido esta conversación hace tres semanas, les hubiéramos contado que estábamos rumbo a cero casos. Tuvimos un momento en el que en todo el país había menos de 20 casos activos.

Cuando había apenas seis casos, suspendimos las clases en todos los niveles de enseñanza

Ahora estamos asistiendo a un rebrote, pero dentro de lo controlado. Además, en estos meses, el ministerio de Salud Pública ha desarrollado muy buenas estrategias de respuesta que consisten, por una parte, en una política de testeo masivo. Nos estamos acercando a los 100.000 hisopados en un país que tiene poco más de tres millones de habitantes. Pero además, con un método de seguimiento de los contagios que nos permite encerrar a los sectores de población muy específicos donde existe el riesgo. Vamos bien, pero siempre decimos que no tenemos que cantar victoria, porque hemos visto muchas veces en el mundo que cuando todo parecía estar bajo control, las cosas se descontrolaban.

Nosotros estamos usando una metáfora futbolística (todos saben que el fútbol es un elemento muy importante de la cultura uruguaya). Es una metáfora futbolística creada por un científico, porque una de las cosas que hicimos fue crear un comité con los mejores científicos del país. En este momento hay unos 70 científicos que están trabajando de forma honoraria y leyendo todo lo que se publica en el mundo sobre este tema. Están en contacto con los científicos del mundo que están más en la vanguardia y haciendo permanentes recomendaciones al gobierno. Uno de los líderes de este gran equipo de científicos hizo una comparación que hay que explicar un poco: en Uruguay, cuando se juega en las copas del mundo de fútbol, el proceso de eliminatoria siempre nos obliga a enfrentarnos con Bolivia. Y Bolivia hace la picardía de jugar los partidos en la altura, porque eso genera mucha fatiga en los rivales, que no están acostumbrados a la altura. La metáfora que usamos es: "venimos manteniendo el cero a cero jugando a la altura de Bolivia". Es decir, cuando las condiciones son difíciles, no hay que desordenarse porque en cualquier momento Bolivia nos puede hacer un gol y, si eso ocurre, entonces es tremendamente difícil.

El gobierno de Uruguay evitó el crecimiento exponencial apelando a la libertad responsable

En relación a la salud pública, venimos de una situación de control y tenemos pocos casos activos en comparación a otros países, pero recibimos señales todo el tiempo de que hay que ser muy cuidadosos. Junto con ello, estamos gestionando una política muy responsable de reapertura de ciertas formas de actividad productiva, comercial y educativa, tratando de sacar al país de una situación de reducción de la actividad, al mismo tiempo que no ponemos en riesgo la salud de los ciudadanos.

Por otro lado, algo que nos está pasando a todos, es el enorme impacto que el coronavirus está teniendo en la economía y en el empleo, entre otras cosas, y que es difícil de gestionar. En este momento estamos definiendo la ley de presupuestos, el guión económico del gobierno para los próximos cinco años, y hay que hacerlo en condiciones de austeridad que no esperábamos y que son muy severas. Es un desafío muy duro y difícil de gestionar. Sabemos, como todo el mundo, que las crisis traen costes y oportunidades.

La llegada de esta pandemia aceleró procesos que tal vez hubieran ocurrido de manera mucho más lenta. Uno de ellos tiene que ver con el teletrabajo y las nuevas formas de organización que muchas empresas han puesto en práctica en este contexto. Esto va a tener consecuencias a corto plazo sobre el empleo y es un desafío. La reactivación económica no conducirá necesariamente a una recuperación del empleo similar a la que se observaba en otros procesos de recuperación económica, porque han aparecido factores nuevos de organización del trabajo y de uso de la tecnología.

Pero, al mismo tiempo, entre los factores positivos, hemos materializado una experiencia muy interesante de aplicación de tecnología a la vida educativa. Por una parte, una inversión tecnológica de muchos años nos ha ayudado a amortiguar los efectos negativos de la suspensión de clases y, al mismo tiempo, ha abierto ventanas muy interesantes respecto a lo que se puede hacer de aquí en adelante en materia educativa a todos los niveles, desde preescolar hasta la universidad. Estos son los grandes titulares y no quiero monopolizar el uso de la palabra, de modo que paro aquí en esta reflexión.

José María Lassalle: Tiene toda la cancha para que pueda correr por el carril y meter ese gol a los bolivianos en altura. 

Facundo Ponce de León: Un apunte a este buen resumen que hizo Pablo, solo para poner en contexto que el calendario educativo en Uruguay está invertido con el de Europa. Aquí, entre la primera y segunda semana de marzo, comienzan todos los cursos, desde preescolar hasta la universidad. Es cuando empieza el año académico. En Uruguay se dice que el año empieza después de Semana Santa. En este contexto, no solo se inauguraba un nuevo gobierno como explicaba Pablo, sino que la sensación en Uruguay era que en marzo empezaba también el año educativo para todos. Y es en ese momento que surgió el primer caso de covid-19 y nos encontramos todos en un país que inauguraba un gobierno y con un año escolar que se interrumpía enseguida. Pero teníamos las herramientas para la virtualidad y rápidamente, de distintas maneras, todos fuimos migrando hacia esa plataforma.

Una inversión tecnológica de muchos años ayudó a amortiguar los efectos negativos de la suspensión de clases

La llegada de covid-19 coincidió con el inicio de todas las clases en todos los niveles. En el caso de Uruguay, creo que planteó la cuestión de que en pocas semanas se logró lo que hacía años se venía gestando: cómo llevar al terreno virtual ciertas prácticas y cursos. Creo que nos pasó a todos: aprendimos, en pocas semanas, lo que hacía tiempo íbamos dilatando. El gran desafío ya no es para qué sirve la virtualidad y cuál es su potencial, este punto quedó en evidencia. Ahora la pregunta es: ¿y qué hacemos con la presencialidad? Creo que cuando salgamos de esta pandemia la pregunta, en términos aristotélicos del punto medio entre presencialidad y virtualidad, será la clave.

José María Lassalle: Desde luego vamos hacia un escenario probablemente de hibridación, donde estemos conviviendo durante mucho tiempo con presencialidad y con virtualidad. Y ahí debemos aprender nuevos mecanismos de aproximación a la educación y al conocimiento. El caso de Uruguay es paradigmático porque es el país de América Latina que tiene mayor infiltración de instrumentos digitales, tiene una red de fibra muy potente y una enorme capacidad para desarrollar instrumentos de digitalización. Desde hace años es un ejemplo paradigmático también para Europa: los niveles son equiparables a los de los países europeos e, incluso, en muchos casos superiores a algunos países europeos.

En Europa, a pesar de que existe un gran despliegue de fibra y dispositivos tecnológicos, se han evidenciado brechas digitales en la gestión de la tecnología y una falta de habilidades digitales en la comunidad educativa. Y eso evidentemente repercute en esa estructura igualitaria que acompaña a la enseñanza pública y concertada. ¿Cuál es la experiencia que Uruguay tiene de estos meses en los que se ha sumergido en el cierre de la educación presencial y la apertura de mecanismos virtuales de formación? 

Pablo da Silveira: Hemos aprendido varias cosas en estos meses. La primera es la importancia de la continuidad de las políticas por encima de la rotación de partidos en el ejercicio del gobierno. En Uruguay llevábamos una política acumulada de 12 años de generación de capacidades digitales en toda la población, y de distribución de equipos en todos los alumnos de la educación primaria y parte de la media. A finales del año pasado, cuando hubo un cambio de partido en el gobierno, se tomó la decisión de mantener estas políticas que obviamente significan un esfuerzo económico importante.

La continuidad de políticas por encima de la rotación de partidos en el gobierno fortalece la capacidad del país de actuar, tanto en situaciones de excepcionalidad como de normalidad

Creo que esa continuidad de políticas por encima de la rotación de partidos en el gobierno fortalece la capacidad del país de actuar, tanto en situaciones de excepcionalidad como ahora, como en situaciones de normalidad. Felizmente, Uruguay tiene una tradición antigua que va en esta dirección: no nos gusta la política refundacional, nos gusta construir y corregir, pero a partir de lo que se viene haciendo. Creo que es parte de la cultura política del país.

Un segundo aprendizaje que tiene que ver con un error frecuente: ver todas estas cuestiones desde el lado de la oferta, pensando que la demanda va a responder espontáneamente. Y eso no funciona así. La clave es la demanda: hay que salir en busca de la demanda y hay que entenderla. Uruguay venía haciendo, desde más de una década, este esfuerzo en materia tecnológica, pero los niveles de uso de las plataformas digitales disponibles eran muy bajos, porque se venía pensando desde la oferta y porque se había hecho relativamente poco en la construcción de puentes con las comunidades pedagógicas. 

Sin embargo, con la pandemia se suspendieron las clases y en pocas semanas los niveles de utilización de esas plataformas digitales se multiplicaron por más de diez. Hubo una apropiación masiva, por parte de los docentes y los alumnos, de instrumentos que ya estaban disponibles. Por supuesto, hubo que reforzar enormemente toda la base tecnológica y multiplicar por cuatro la cantidad de servidores. Hubo que hacer un esfuerzo grande a corto plazo para resistir ese enorme crecimiento de la demanda. Pero fue solo cuando se entendió la demanda y se percibió la utilidad de estos dispositivos tecnológicos que ya estaban allí, que se produjo la explosión.

El uso de la tecnología no elimina, sino que más bien reproduce, las iniquidades sociales que existen en el mundo de lo presencial

A veces desde el gobierno, y no solo desde el gobierno, cometemos el error de pensar que porque uno tiene una buena idea y la dota del soporte tecnológico necesario, automáticamente la gente se va a apropiar de eso. Y una vez más se confirma que eso no es así.

Un tercer aprendizaje tiene que ver con que el uso de la tecnología no elimina, sino que más bien reproduce, las iniquidades sociales que existen en el mundo de lo presencial. Los alumnos que menos se conectaron e hicieron menos uso de las plataformas para compensar la suspensión de clases fueron los que, en el mundo de lo presencial, más frecuentemente abandonan los estudios, repiten u obtienen peores resultados en términos de aprendizaje.

La tecnología, por sí misma, no elimina, sino que más bien reproduce las inequidades que encontramos en el mundo real. Y eso exige, como siempre, acciones específicas dirigidas para tratar de superar esas desigualdades.

Otro aprendizaje tiene que ver con la gran inversión personal necesaria para que los docentes se pongan en condiciones de aprovechar esta clase de dispositivos. Vimos, diría que casi de una manera conmovedora, como miles y miles de docentes que estaban poco familiarizados con las plataformas digitales se volcaron en sus hogares a conocerlas, a entenderlas y a aprender cómo podían usarlas. Fue una inversión de muchas horas de trabajo, que generó desgaste en el aprendizaje y en aprender a usar el tiempo.

Los alumnos que hicieron menos uso de las plataformas para compensar la suspensión de clases fueron los que, en el mundo de lo presencial, más frecuentemente abandonan los estudios

Una de las cosas que pasaban con cierta frecuencia es que los docentes no pusieron horarios para atender a sus alumnos en el punto de partida. Terminaron recibiendo consultas de alumnos durante 16 horas al día, algo que obviamente no era bueno para ellos. Aprender a organizar el tiempo en el terreno digital y definir periodos de tiempo para entrar en contacto con los alumnos son aspectos que muchas veces, como pasa en la vida, se aprenden por el camino duro.

Otro error también consiste en volvernos demasiado críticos hacia los docentes cuando generamos procesos de innovación y decimos: "Qué vergüenza, por qué no se aprovechan de todo esto". A menudo es porque subestimamos los costes de aprendizaje y adaptación que esa clase de procesos implican y que hay que tener en cuenta en el diseño de esta clase de estrategia. 

Lo último tiene que ver con lo que decía Facundo: la complejidad a la hora de organizar la interfaz entre lo virtual y lo presencial. Es algo sobre lo que también tenemos que aprender mucho y transmitir aprendizajes. Por ejemplo, una experiencia que hemos podido observar con frecuencia es que para los docentes es más fácil servirse de lo digital para realizar actividades de reafirmación de cosas que pasaron en lo presencial que, por ejemplo, transmitir contenidos nuevos o generar nuevas destrezas de manera digital. Para un docente es más fácil, también porque está más acostumbrado, presentar contenidos nuevos en una clase presencial y luego reforzarlos con ejercicios o actividades complementarias por vía digital, que presentar un contenido nuevo desde cero por vía digital.

Creo que nadie sabe todavía qué porcentaje de esto es una cuestión de estar acostumbrado a ello, pero hay una conclusión inevitable. Pensar que la educación a distancia pueda llegar a sustituir plenamente lo presencial es una idea equivocada. Eso seguramente no sucederá. El vínculo pedagógico tiene, necesariamente, un componente cara a cara extremadamente importante que no solo involucra los aprendizajes en sí mismos: involucra también lo afectivo.

Para los docentes es más fácil servirse de lo digital para realizar actividades de reafirmación de lo presencial que presentar un contenido nuevo desde cero por vía digital

Todos sabemos, y hay mucha evidencia al respecto, que la efectividad juega un papel enorme en la manera en que se construye el vínculo entre los maestros y sus alumnos y eso, a su vez, tiene unas repercusiones muy grandes sobre los niveles de aprendizaje.

Nuestra visión, pese a que seguramente somos el país de América Latina que más ha avanzado en materia de educación virtual, nuestro rumbo no consiste en decir "vamos hacia lo virtual" en detrimento de lo presencial. Nuestro rumbo consiste en decir: "busquemos las mejores maneras de combinar esos dos mundos". 

José María Lassalle: Muy interesante. Facundo, ¿querría comentar algo?

Facundo Ponce de León: Quizás solo una anécdota que ejemplifica lo que está contando Pablo. Nosotros en la universidad nos fuimos al 100 % a la virtualidad y, al ver que se iba gestionando bien la pandemia, al llegar a finales del semestre se dio una posibilidad de volver a la presencialidad con todos los protocolos. En uno de los grupos de la Universidad Católica, que eran relativamente pocos (18 estudiantes) se pensó la última clase para que fuera presencial porque se daban las condiciones sanitarias. En otro grupo más grande (38 estudiantes) no se pudo, era mucho más complejo. Fue un fin de curso completamente distinto al otro, porque nos encontramos con mascarillas y cierta distancia, y ese encuentro presencial marcó un cierre en lo afectivo muy diferente al cierre del otro. Los dos cerraron bien, las herramientas funcionaron, pero ese momento que se dio fue único porque en ese contexto se pudo hacer un encuentro presencial con los estudiantes.

José María Lassalle: Desde luego que hay unos paganos de todo esto, que también son los niños. A mí una de las cosas que me preocupa, que tiene que ver con las dimensiones del humanismo tecnológico, es que durante unos meses los niños han visto amputada su sociabilidad entre ellos. Han vivido un mundo de adultos y han estado frecuentando una sociabilidad de adultos. Es decir, se les ha quitado la posibilidad de convivir con los niños, que es fundamental en su pedagogía, en su educación sentimental, en el mundo de los afectos, de la propia experiencia de sociabilidad. Esto tendrá una incidencia; de igual manera que en el ámbito de la empresa el teletrabajo ha abierto oportunidades para muchos trabajadores, pero al mismo tiempo un elemento de ruptura en la convivencia con sus otros compañeros, generando nuevas experiencias de marginación e incapacidad de coordinarse en ocasiones. Los niños se han visto expuestos a una sensación de socialización a través de Zoom y viendo a esos compañeros con los que jugaban en el patio transformados en una parte de esas celdas digitales. ¿Creen que esta nueva realidad podría tener un efecto deshumanizador, o un efecto de resiliencia y transformación favorable y positiva?

Pablo da Silveira: Es una pregunta muy interesante y es la clase de cosas que vamos a tener que estudiar en los próximos tiempos. Lo que usted dice es exactamente así. Al mismo tiempo, también es cierto que hay muchos testimonios de padres que dicen: "Hace muchísimo tiempo que no teníamos tiempo de convivencia con nuestros hijos". Y ahí hay un fenómeno, creo que sin darnos cuenta en las últimas décadas, y es que en materia familiar hemos vivido un proceso de rompimiento de la convivencia entre generaciones. Cuando uno piensa en cómo eran las cosas hace 60 años, en una casa convivían tres generaciones (los abuelos, los padres, los hijos) y el intercambio entre generaciones era muy fuerte. Probablemente, casi sin darnos cuenta, fuimos avanzando hacia un estado donde lo que se potenció fue el intercambio entre pares, en desmedro del intercambio y tiempo de convivencia entre generaciones.

Estos meses nos han hecho reconectar con ese otro aspecto de la cuestión. Como en todo, hay costes y hay oportunidades. Es muy difícil anticipar cómo todo esto nos va a influir. Vamos a tener que redescubrirnos y ver en qué clase de personas nos convertimos después de esta experiencia. Pero creo que no hay que ser ni apocalíptico pensando que todo va a ser horrible, ni ingenuo pensando que todo va a ser fantástico. Como siempre, en la vida habrá una combinación de pérdidas y ganancias y tendremos que encontrar la manera de administrarlo.

José María Lassalle: Un punto medio aristotélico, como diría Facundo.

Facundo Ponce de León: Si estamos con Pablo, Aristóteles siempre vuelve de alguna manera u otra. Un apunte. Estoy de acuerdo con el encuadre conceptual tal y como lo plantea usted, José María. Después lo que hay que ver son las cuestiones concretas, la evidencia de ese encuadre conceptual. Para poner un ejemplo personal, tenemos una hija de 17 años y al principio veíamos en la herramienta Zoom un uso inútil. Uno se conecta a Zoom porque tiene que hacer un podcast, o dar una clase, o porque tiene una reunión. Y cuando uno traslada ese uso a los niños es lo que comentaba usted, se traslada ese uso adulto: están en Zoom porque tienen clase, o porque hay gimnasia o expresión artística. Pero de repente, con otro matrimonio amigo, planteamos que nuestras hijas quedaran virtualmente pero sin agenda, y terminaron haciendo manualidades. A través de la tecnología, terminaron haciendo un uso no tecnológico de ella. Fue un experimento que ni siquiera planificamos así. Se conectaron durante cuatro días seguidos y terminaron haciendo cosas que por el hecho de estar en Zoom no serían lógicas.

Me parece que serán usos que se van a ir descubriendo con el tiempo, usos no tan instrumentales de la tecnología. Porque ahora para nosotros el uso es instrumental, nos conectamos a Zoom porque tenemos que hacer algo. Pero imaginemos que decidimos encontrarnos, como antes nos podíamos encontrar en el bar, sin agenda. En medio del café salían temas. Ese tipo de uso lo vamos a ir descubriendo también, y creo que ahí hay una cuestión relacionada con el humanismo tecnológico, la construcción de comunidad o de espacio público, que tal vez la tecnología también puede llegar a articular y que todavía no somos capaces de visualizar.

José María Lassalle: Ya para terminar, una cuestión alrededor del humanismo tecnológico que ha apuntado Facundo, que dirige un departamento en la Universidad Católica del Uruguay donde se están trabajando estas cuestiones de tratar de ensamblar la relación entre las humanidades y la tecnología. A mí me gustaría plantearle al ministro, si dentro del diseño de los planes educativos –no en esa búsqueda refundacional, sino de continuidad reformista que acompaña el trabajo histórico de un país como Uruguay– está el horizonte de ir construyendo también un diseño de habilidades y capacidades que permitan que la tecnología se convierta, en la formación, en un instrumento de humanidad. Un instrumento que centre la atención de la tecnología en lo humano y que no nos deshumanice.

Pablo da Silveira: Es una pregunta muy interesante. Efectivamente, esa es la línea en la que nos proponemos trabajar. Por una parte, tenemos una definición, que es avanzar en la enseñanza del pensamiento computacional desde edades tempranas. La entendemos como una nueva alfabetización. Así como en una época se enseñó la era de escribir y luego se enseñaron segundas lenguas, ahora hay que incorporar este aspecto.

Pero estamos muy preocupados por el hecho de que esa incorporación de nuevas habilidades no implique, como contrapartida, una pérdida de las habilidades sociales, del tejido comunitario, de la dimensión afectiva. Para ello tenemos una estrategia de fortalecimiento de las comunidades educativas como lugar de encuentro, de reconocimiento y de construcción de vínculos. Es un desafío que tenemos planteado que no es nuevo.

Una vez leí una historia muy interesante de las fondas durante la Edad Media. Las fondas tenían mesas largas donde la gente se sentaba, uno compartía la mesa con desconocidos que simplemente estaban recorriendo el mismo camino. En algún momento, si no recuerdo mal a finales del siglo XVIII, empezó la costumbre de los cafés con pequeñas mesas como los conocemos hoy, y había muchísimos que temían que ese cambio, que era también un cambio tecnológico, afectara enormemente la capacidad de generar vínculos entre los seres humanos y los convirtiera en personas más solitarias. Esa vez respondimos muy bien al desafío. Creo que ahora tenemos la responsabilidad de también responder a este. No darle la espalda a las oportunidades que nos brinda la tecnología, pero al mismo tiempo seguir siendo tan humanos y tan próximos y vinculados como debemos serlo siempre.

José María Lassalle: Facundo, cuéntenos un poco qué hacen en el Departamento de Humanidades en este campo.

Facundo Ponce de León: Tenemos por delante el gran desafío de cómo conjugar lo tecnológico con el humanismo. En el Departamento de Humanidades de la Universidad Católica, la estrategia que estamos estableciendo es no ver las Humanidades como una carrera universitaria –como uno puede ser ingeniero, abogado, psicólogo, enfermero o administrador–, sino incorporar las Humanidades como un sustrato de todas estas carreras. Vimos las Humanidades como una opción de formación profesional (y está bien que eso se mantenga), pero tenemos el desafío de que las Humanidades, además de ser una opción profesional para una opción de la población que generalmente es minoritaria, tiene que ser el sustrato de toda la formación universitaria y profesional. 

El desafío en el que estamos embarcados ahora como departamento es cómo colarnos en las rendijas de toda la formación profesional a todos los niveles (grados y posgrados) y en todas las carreras. La Universidad Católica del Uruguay tiene 36 carreras de grado y en todas ellas estamos pensando en una impronta humanística.

Por ahora la estrategia es ver que los temas de las humanidades están siempre presentes, por ejemplo, el tema de la identidad, la felicidad, el dolor, la tecnología, la ética, las decisiones. Conectar a través de estos temas, sobre todo con los estudiantes más jóvenes, que en realidad ya llegan con estas preocupaciones a flor de piel. Y a partir de ahí, poner en cada uno de todos estos estudiantes la semilla de las humanidades para que vaya germinando a medida que va creciendo en su carrera universitaria y profesional.

José María Lassalle: Ha sido un placer. No podemos estar más en sintonía y de acuerdo. Como diría Ortega, para ser ingeniero hace falta ser algo más que ser ingeniero. Y esa era la respuesta: entender qué es la técnica para tratar de humanizarla. Y comprender que es importante el conocimiento computacional, esa nueva alfabetización que decía Pablo, pero al mismo tiempo hace falta enmarcarla dentro de un pensamiento crítico que persiga una búsqueda de la emancipación humana y la capacidad para recentrar todo lo que estamos haciendo tecnológicamente alrededor de la dignidad humana y todo lo que eso representa.

Ha sido un placer poder reencontrarnos, Pablo, después de mucho tiempo. Con Facundo nos hablamos y nos vemos más a menudo. Enhorabuena por el trabajo que están haciendo y esta es su casa. Bueno, para Facundo ya lo es porque dentro de poco podremos suscribir un convenio de colaboración entre Esade y la Universidad Católica. Y Pablo, mucho ánimo. Tiene por delante una tarea fascinante, abismática, casi me atrevería a decir, pero seguro que será fructífera porque Uruguay tiene la gran suerte de tener a un intelectual de su talla, a un pensador, y a un hombre con una formación homologable a lo que pueda ser un sabio internacional. Y eso es un lujo que pocos pueden tener. Enhorabuena y esta es su casa. Cuando quiera contaremos con usted. Gracias.

Pablo da Silveira: Muchísimas gracias, José María, por su generosidad, y gracias por este rato, que es como una bocanada de aire fresco en medio de la gestión. 

Facundo Ponce de León: Un placer, muchas gracias.

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