Del discurso a la acción: Así se están transformando las fundaciones para cambiar el sistema
Un estudio de la Esade Chair for Social Impact analiza la experiencia de seis fundaciones y los cambios en su estrategia, evaluación y organización con el fin de abordar las causas profundas de los problemas sociales.
Durante la última década, el cambio sistémico se ha convertido en una de las ideas más influyentes de la filantropía. Promete transformar las condiciones que perpetúan los grandes problemas, como la crisis climática, la desigualdad creciente, los conflictos o el retroceso democrático. Pero, a la hora de la verdad, ¿qué significa trabajar así? ¿Cuál es el papel de una fundación entre tantos actores? ¿Y cómo se mide un cambio que no es inmediato, a veces difuso y compartido?
Esas son las preguntas que aborda Philanthropy in transition: Moving from discourse to action on systems change, el último informe anual de la Esade Chair for Social Impact, elaborado por las investigadoras Leonora Buckland, Deborah Gold y Chiara Andreoli. Es el primer proyecto de investigación de la Cátedra, que tiene como una de sus principales conclusiones que trabajar para el cambio sistémico requiere transformar las propias fundaciones: cómo toman decisiones, cómo apoyan a las entidades que financian y cómo evalúan los resultados.
Durante el acto de presentación en Esade, Leonora Buckland, investigadora senior de la universidad, presentó el estudio como “una mirada profunda a la realidad del terreno sobre cómo las fundaciones europeas están enfocando el cambio sistémico”. Recordó, además, la relevancia de la filantropía: “Aunque es una parte muy pequeña del conjunto de los muchos actores que influyen en las iniciativas de cambio sistémico, sigue teniendo un papel muy importante.”
Comprender el cambio para poder impulsarlo
El estudio se basa en un análisis cualitativo de seis fundaciones: Fundación BBK, Co-Impact, Fundación Daniel y Nina Carasso, IKEA Foundation, Laudes Foundation y Robert Bosh Stiftung. Sus diferencias de tamaño, ámbito geográfico, sectores y trayectoria permiten explorar distintas formas de abordar el cambio sistémico. Entre finales de 2025 y principios de 2026, el equipo realizó más de 50 entrevistas con personal de las fundaciones, con algunas de las entidades financiadas que trabajan en el y con expertos del sector.
Una de las aportaciones más singulares es que el informe da voz a los socios y organizaciones financiadas. Su mensaje es claro: con frecuencia son ellos quienes van por delante en cambio sistémico y en su medición, y las fundaciones pueden aprender más activamente de ellos y junto a ellos.
Para ordenar los hallazgos, las autoras utilizan la metáfora de una célula: el núcleo representa cómo entiende la fundación el cambio sistémico; la membrana, cómo recoge, comparte y utiliza la evidencia; y el citoplasma, las estructuras y la cultura que sostienen su actividad. El marco conecta tres dimensiones que deben evolucionar juntas: la estrategia, la evaluación y la organización interna.
Una práctica que va más rápido que el lenguaje
Uno de los hallazgos centrales es que la práctica sistémica suele desarrollarse antes que el lenguaje compartido. Hay fundaciones que trabajan desde hace años en las causas profundas de los problemas sin haber acordado qué entienden por cambio sistémico. Algunas, incluso, evitan el término.
Las autoras no plantean la necesidad de una definición única y cerrada, pero sí de aclarar qué se quiere cambiar y cómo se espera contribuir a ello. Compartir esos supuestos ayuda a orientar las decisiones y a trabajar con otros actores.
A partir de las entrevistas, el informe identifica cinco principios que las fundaciones mencionan una y otra vez:
- Abordar las causas profundas y no solo los síntomas.
- Promover un cambio inclusivo y enraizado en el contexto.
- Usar el poder de convocatoria de la filantropía.
- Apoyar la exploración y la experimentación con financiación flexible y a largo plazo.
- Aprender de la experiencia y adaptar las intervenciones a lo que está ocurriendo.
Estos principios ofrecen una orientación compartida, pero no presuponen que las fundaciones deban liderar el cambio. Definir qué papel corresponde a quién es, precisamente, otro de los retos.
Encontrar un papel en un esfuerzo colectivo
Trabajar por el cambio sistémico implica reconocer que una fundación forma parte de un esfuerzo colectivo y que su contribución no siempre será aplicable ni estará en primer plano. Uno de los expertos entrevistados para el informe lo resume así: “Si miras el impacto creado, siempre hay alguien oculto, en segundo plano, sin quien las cosas no habrían ocurrido.”
El estudio recoge distintas maneras de asumir ese papel. En enfoques como el de Co-Impact, las entidades apoyadas tienen un peso central en el diagnóstico y la orientación de las actuaciones. Otras fundaciones, como Laudes Foundation o IKEA Foundation, desempeñan un papel más activo en la identificación de ámbitos de intervención y la coordinación de esfuerzos. La Fundación Daniel y Nina Carasso y, desde una perspectiva territorial, la Fundación BBK en Bizkaia combinan elementos de ambos enfoques.
Más que establecer una estrategia preferible para todos los casos, el informe subraya la importancia de hacer explícito el papel elegido. Cuando no se define, pueden surgir expectativas distintas dentro de la fundación y en su relación con las entidades apoyadas.
Además, entre las prácticas extendidas figuran la incidencia política y la coordinación de redes y alianzas. El gran reto pendiente es llegar a las capas más profundas y ocultas del sistema: las relaciones de poder, los modelos mentales y las narrativas. Las entidades apoyadas piden un enfoque más orientado a la justicia social y liderado por las comunidades. La cuestión no es solo quién participa, sino quién puede influir en las prioridades y las decisiones.
Medir para aprender
La evaluación es uno de los ámbitos donde las fundaciones expresan más incertidumbre. ¿Cómo saber si una intervención está contribuyendo a un cambio que depende de muchos actores y cuyos resultados pueden tardar años en hacerse visibles?
El informe describe un campo en plena experimentación. Los equipos necesitan interpretar lo que ocurre y aprender durante el proceso, aunque los patronatos sigan demandando indicadores cuantitativos. También deben construir una visión conjunta de los avances sin sobrecargar a las organizaciones financiadas con exigencias de información.
De la atribución a la contribución
El cambio más profundo es quién define el éxito. En la medición con visión sistémica, las preguntas planteadas con el fin de aprender las moldean las organizaciones, los actores locales y las comunidades, y la rendición de cuentas deja de ser solo hacia arriba. Una de las fundaciones lo explica con claridad: “¿Aprendizaje para quién? ¿Aprendemos para nosotros como fundación o para quienes hacen el trabajo? ¿Quién define las preguntas?”
Por ello no se puede “añadir” una estrategia sistémica a una organización tradicional.
Las fundaciones subestiman el cambio estructural y cultural que requiere trabajar en sistemas. Atornillar una estrategia sistémica sobre un modelo operativo de siempre es, dicen las autoras, un error clásico.
Hacen falta estructuras menos compartimentadas y más cercanas al terreno, una cultura basada en la humildad, la escucha, la paciencia y la confianza, y equipos con las capacidades adecuadas. El objetivo no es que todo el personal se convierta en experto en pensamiento sistémico, sino pasar de ser una organización de pensamiento sistémico a una organización de práctica sistémica. Para inspirarse, las fundaciones no tienen que ir muy lejos: sus propios socios suelen tener culturas colaborativas y equitativas profundamente arraigadas.
El último punto, por lo tanto, es la gobernanza. Cuando los equipos trabajan en clave sistémica pero los patronatos esperan los mismos indicadores de siempre, se produce una brecha. Como resume una voz del sector: “Tenemos un equipo que vive y respira el pensamiento sistémico y un consejo que no entiende la palabra “sistémico”.”
Un llamamiento a la humildad y al coraje
El informe cierra con un mensaje central: no puede ser business as usual. La filantropía debe acelerar su cambio desde dentro, con cuidado y aprendiendo en común, para no ser percibida como un sector lento al que le gusta hablar de sistemas más que actuar sobre ellos. Y debe hacerlo descentralizándose, repensando las dinámicas de poder y reconocimiento a la vez que su valor y su papel singular.
Los autores reconocen sus límites: el estudio parte de la mirada de la filantropía y de fundaciones relativamente grandes, y la Cátedra quiere ampliar en el futuro las voces de otros actores del sistema, como comunidades y administraciones. Pero su invitación es clara: aprender juntos de los socios, con humildad y seriedad, y atreverse a creer que la filantropía puede contribuir a rediseñar los sistemas para las próximas generaciones.
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