Por Carles Navarro

Internet ha acelerado nuestras vidas, nuestra forma de comunicarnos, de discutir, de informarnos, de compartir. El resultado ha sido la inmediatez, lo efímero, el placer instantáneo, la incapacidad de demorar la gratificación.

¿Quién se toma hoy 15 minutos para leer un artículo de fondo de varias páginas en un suplemento dominical? ¿Quién se esfuerza por entender los detalles de los acontecimientos políticos que cada día ocupan las portadas de los periódicos digitales, más allá de lo que transmiten los titulares?

El mundo parece funcionar a golpe de tuit. Por supuesto, internet ha traído también beneficios inimaginables en tan solo veinte años, pero el precio pagado no ha sido bajo. Un vídeo de más de tres minutos se considera largo, inaceptable para alcanzar una difusión realmente amplia. Un podcast de más de 15 minutos es una pesadez, por muy brillante que sea el contenido. 

El mundo parece funcionar a golpe de tuit

En este contexto, demasiados dirigentes, tanto sociales como políticos y económicos, han acabado por renunciar a impulsar medidas enfocadas al largo plazo, ya que, simple y llanamente, sus afiliados, votantes, empleados o consumidores no las recompensan con su apoyo. O al menos, eso es lo que se piensa.

Los populismos en alza en muchas partes del mundo contribuyen a esta sensación: es mucho más atractivo prometer soluciones fáciles y rápidas a problemas difíciles que pedir sacrificios durante años o décadas, mientras las soluciones verdaderas, muy a menudo impopulares e incomprendidas, pugnan por mostrar su efectividad.

Por otro lado, hoy en día resulta de lo más fácil desacreditar las ideas rivales, mediante noticias falsas, estudios supuestamente científicos, titulares tendenciosos y campañas virales. La capacidad de pensar críticamente resulta imprescindible para separar el polvo de la paja y, aun así, la tarea es sumamente ardua. El mundo parece sometido a los designios de aquellos que saben imponer su versión de la realidad, su relato. Dominar el relato es ahora mismo dominar el mundo. 

La crisis climática sigue siendo el elefante en la habitación

No es extraño, pues, que en un marco global donde priman las decisiones populistas de efectos supuestamente inmediatos, la crisis climática siga siendo el elefante en la habitación. Es imposible no verlo, ya que además se trata de un animal que crece de forma alarmante conforme pasan los años, pero nadie sabe cómo sacarlo de ahí, y, por lo tanto, nadie se toma en serio el problema.

La ciencia ha hecho ya sus deberes. De hecho, lleva décadas con los deberes hechos. En la lejana década de los 80 –sí, cuando internet todavía no existía– nuestra comprensión de los mecanismos que provocan la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera y la gravedad de las consecuencias era casi tan completa como lo es hoy.

Cambio climático
Protesta contra el cambio climático en Lorenzer Platz, Núremberg (Foto: Markus Spiske/Unsplash)

En aquel momento, una combinación desafortunada de falta de liderazgo y obstruccionismo interesado dio al traste con lo que hubiera podido ser el primer paso hacia un acuerdo global para limitar las emisiones.

Han pasado 30 años, y seguimos vacilando, incapaces de convencernos de que esta lucha hay que empezarla para poderla ganar. Se trata de una competición en la que no hay vencedores ni vencidos. O quizás sí: todos somos, de entrada, mientras no empecemos a luchar, vencidos.

Todos los habitantes del planeta somos participantes forzosos en esta carrera y, para ganarla, debemos cruzar todos juntos la meta. Una meta que es cada vez más difusa, menos atractiva: ya no hablamos de impedir la crisis climática, sino de mitigación y adaptación, seguidas de sacrificios y sufrimiento. Y, aun así, el sufrimiento que nos espera puede variar mucho en función de cuán capaces seamos de ponernos de acuerdo y de actuar ya. 

Mientras cada uno de nosotros sigue con su vida cotidiana, ocupado en sus quehaceres diarios, y los gobiernos, las empresas y la sociedad civil siguen obcecados en conseguir objetivos a corto plazo, olvidándose de la protección del planeta, estamos perdiendo un tiempo precioso, lo que nos sitúa cada día un poco más cerca del desastre.

Sin planeta no habrá economía que valga

Los próximos treinta años serán clave para determinar la magnitud de la tragedia, pero solo si aprovechamos bien los próximos diez. ¿El problema? Somos como corredores desentrenados, a los que se pide acelerar de cero a cien en pocos segundos y no estamos preparados para ello. Lo malo es que, sin la motivación necesaria, sin alguien que nos estimule y nos ayude a avanzar en la dirección correcta, ni tan solo deseamos empezar a correr. 

Es, por tanto, el momento de los grandes liderazgos, aquellos que sean capaces de construir el relato que el planeta necesita ahora mismo: cambio de paradigma económico, sustitución del beneficio del accionista por el beneficio a la sociedad y al planeta, circularidad en lugar de crecimiento lineal, la sostenibilidad como faro guía de todas nuestras actividades personales, sociales, empresariales y de gobierno, final de nuestra dependencia de los combustibles fósiles... Y, por encima de todo, ser capaces de situar la crisis climática en el centro de la agenda con políticas valientes, coherentes y a largo plazo.

El planeta necesita un cambio de paradigma económico

No hay, en estos momentos, reto más importante que este, aunque no nos lo parezca. Cualquier desventaja económica a corto plazo que se nos presente como argumento para no hacer lo correcto palidece frente a las consecuencias inevitables de nuestra inacción: migraciones globales masivas por efecto del empeoramiento del clima, deshielo de los polos y subida del nivel de los océanos con la consiguiente inundación de muchas zonas costeras, catástrofes naturales cada vez más frecuentes, perturbaciones irreversibles en la agricultura, en las reservas de agua y en la salud de las personas.

Sin planeta no habrá economía que valga, como acertadamente expresó en su día Al Gore.

La historia nos enseña que en momentos de verdadera crisis siempre han surgido liderazgos a la altura de los retos y, también, que la sociedad ha estado dispuesta a aceptarlos, una vez tomada conciencia de lo que había en juego. Lo cierto es que en este momento no se vislumbran todavía.

Seguramente, los que acaben por triunfar provendrán de fuera del sistema. Los que actuamos desde dentro estamos probablemente ya muy contaminados por nuestra forma tradicional de concebir la realidad, si bien esto no nos exime en absoluto de responsabilidad.

El despertar a la acción efectiva surgirá del rincón más insospechado

El despertar a la acción efectiva, la emergencia de una gran visión, de un relato que aglutine voluntades a escala mundial, surgirá del rincón más insospechado. Pero las medidas para convertir la visión en realidad las tomaremos en nuestras empresas, en nuestras comunidades y familias, en nuestros gobiernos. Serán medidas a largo plazo, de aquellas que no funcionan al instante, de las que tardan en madurar, sin triunfos inmediatos, pero llenas de esperanza para un cambio real. 

Kennedy consiguió movilizar y dar energía a los sueños de una nación con un objetivo claro: dejar este planeta para alcanzar, con nuestros medios, otro cuerpo celeste. Ahora se trata de dejar de mirar hacia las estrellas y empezar a dibujar para la Tierra un futuro positivo y posible, distinto de otros muchos futuros negativos y más probables, y hacerlo realidad con un plan de acción para las próximas tres décadas, decidido, global y dotado de recursos.

Recursos que serán, con toda probabilidad, varios órdenes de magnitud superiores a los que permitieron llevar a la humanidad a la Luna. Y que solo estaremos dispuestos a contribuir si estamos íntimamente convencidos de la necesidad de atravesar la meta todos juntos, sin importar nuestra nacionalidad o ideología. Se trata, con toda seguridad, de la mayor inversión económica y social que hayamos hecho nunca, y alguien tiene que convencernos de que es inevitable. En ausencia de este liderazgo, el planeta y la humanidad estarán sentenciados. 

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