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Humanismo tecnológico: el antídoto frente a los peligros de la era digital

Equipo Do Better

Artículo de Pablo Vázquez Galobart para Do Better.

Más allá de los grandes avances tecnológicos, la revolución digital ha traído consigo una serie de peligros que amenazan el futuro de las personas y la democracia. De ahí que cada vez sean más los expertos que manifiestan su inquietud por estos perjuicios derivados del nuevo paradigma tecnológico. Se trata de un escenario de consecuencias vastas e inciertas, y algunas de ellas han comenzado a zarandear los pilares del humanismo clásico que sostienen nuestras sociedades desde hace siglos. 

Entre las principales preocupaciones, el tsunami de los big data y los algoritmos sin control. Pero también las brechas de ciberseguridad, la influencia de la inteligencia artificial en nuestra toma de decisiones y la inédita concentración de poder que acumulan los gigantes tecnológicos. Además, crece el temor de que el hombre se deshumanice, convirtiéndose en un mero consumidor de aplicaciones y contenidos, y acabe reducido a una huella digital de sí mismo. 

Frente a este horizonte de aires distópicos, la humanidad se enfrenta a un reto histórico ineludible para preservar su porvenir: debe establecer urgentemente las bases de un nuevo humanismo tecnológico, que fije los límites éticos y morales de la revolución digital. Se trata, sin embargo, de un empeño complejo y lleno de interrogantes.  

¿Cómo se pueden gestionar los desafíos que plantea esta nueva era? ¿Y cómo garantizar la primacía de la dignidad humana sobre la tecnología, la robotización y la inteligencia artificial? Investigadores, políticos y empresarios de primer nivel han abordado estos interrogantes en el primer Foro de Humanismo Tecnológico de Esade, cuyas principales conclusiones se han recogido en un informe dirigido por José María Lassalle, director del Foro. 

Humanismo Tecnológico

No hay vuelta atrás 

La primera gran conclusión del Foro sostiene que la revolución digital no admite vuelta atrás, a pesar de los riesgos que implica, lo cual obliga a buscar formas que permitan neutralizar sus efectos negativos, sin renunciar a las oportunidades de progreso económico y social que nos ofrece.  

En este sentido, destaca el posicionamiento de Carme Artigas, secretaria de Estado de Inteligencia Artificial, que en su discurso de inauguración afirmó que Europa debe liderar la construcción de una auténtica soberanía digital basada en el empoderamiento de las personas sobre las capacidades tecnológicas y los datos. Son ejemplo de ello los 72.000 millones de euros en ayudas que el Gobierno de España tiene previsto destinar a la digitalización entre 2021 y 2023. 

Siguiendo esta línea, las conclusiones insisten en la necesidad de impulsar políticas públicas y privadas que reivindiquen el protagonismo del hombre y subordinen la tecnología a propósitos cívicos. “El mundo digital se ha acelerado y ahora el liderazgo ético es más importante que nunca”, apunta John Hoffman, presidente ejecutivo del Mobile World Congress.  

La democracia, en riesgo 

En este nuevo contexto, uno de los asuntos más urgentes es corregir el inmenso desequilibrio existente entre el poder tecnológico y el poder democrático, como consecuencia de la insuficiente acción política que ha habido hasta el momento en estos asuntos. 

Lo peor de este desequilibrio es que el poder tecnológico se refuerza cada día más y ello podría tener graves repercusiones para la estabilidad política de las democracias. No solo porque erosiona sus fundamentos igualitarios, sino porque coacciona la capacidad humana para gestionar la tecnología.  

Progresivamente, los procesos de automatización algorítmica impulsados por la inteligencia artificial empiezan a aplicarse de forma masiva en los entornos políticos y empresariales. Y esto, junto con la propagación de las fake news a través de las redes sociales, crea las condiciones ideales para que se instauren mecanismos de subordinación y procesos de deshumanización, que pueden llegar a desarticular las bases de la civilización moderna. “La polarización política que se está produciendo hoy en día se ha visto muy facilitada por plataformas como Twitter, que obligan al mensaje rápido, más extremista, más morboso y viral”, señala Victoria Camps, filósofa y consejera de Estado. Este diagnóstico sirve también para otras plataformas, como Facebook, después de que una investigación del Wall Street Journal haya revelado recientemente algunas de sus prácticas más oscuras. 

Ante estos gigantes tecnológicos, si queremos garantizar la libertad y salvaguardar la primacía de los seres humanos, es necesario que la transformación digital no segmente ni polarice nuestras sociedades democráticas, sino que las una, las conecte y favorezca el diálogo y la tolerancia de sus miembros.

Urge una carta digital de derechos laborales 

Las libertades democráticas no son las únicas que están en jaque; también peligran la dignidad y los derechos de los trabajadores.  

El avance imparable de la digitalización está promoviendo contrataciones deslocalizadas e inmediatas que, si bien aumentan la flexibilidad y el dinamismo de las empresas, lo hacen a costa de una mayor precariedad en el sistema laboral.  

Por tanto, es necesario, tal como se ha indicado en el Foro, que los Estados aborden reformas estructurales mediante una carta digital de derechos laborales individuales y colectivos que impida la desprotección y la indefensión de los trabajadores. Sin olvidar otros aspectos, como la sostenibilidad, la inclusión y la privacidad de los ciudadanos.  

“Los europeos han de seguir defendiendo que los datos sean de las personas”, sostiene Antonio Garamendi, presidente de la CEOE. “Sería un error y un fracaso, desde el punto de vista europeo, pensar que los datos son cosa de las empresas o del Estado.” 

Según las conclusiones presentadas en el Foro, el algoritmo no puede ser quien mande, ni las empresas pueden regirse por una dirección automatizada, que subordine la capacidad de supervisión y de interlocución de los trabajadores a las máquinas.

Protágoras sigue vigente 

Hace dos milenios y medio, el sofista griego Protágoras pronunció un principio que sigue siendo válido en nuestros días: “El hombre es la medida de todas las cosas.”  

Estas palabras, de un profundo sentimiento humanista, las reivindica con insistencia José María Lassalle, director del Foro de Humanismo Tecnológico de Esade: “Hay que digitalizar a Protágoras”, asegura, “y proclamar que el ser humano es la medida de todas las cosas que pasan en la red.” 

Para conseguirlo, el humanismo tecnológico está llamado a desempeñar un rol de reflexión crítica imprescindible ante las amenazas de la tecnología. Porque, si alguna conclusión podemos extraer de todo ello, es que el futuro de la revolución digital pasa por su sostenibilidad humanística

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