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Sin “hambre” no hay progreso profesional

David Reyero

Hace unas semanas, veía El último baile en Netflix, una serie sobre la época dorada de los Chicago Bulls de Michael Jordan y Phil Jackson, en los años noventa. ¿Cómo es posible que Jordan siguiera obsesionado con ser el mejor, a pesar de tener ya 35 años y 5 títulos de la NBA?

Ya lo había ganado todo, era extraordinariamente rico y reconocido, y no tenía la frescura física de antaño. Así pues, no tenía ninguna necesidad de demostrar a nadie su talento descomunal.

Y, sin embargo, seguía teniendo… “hambre”, algo decisivo para el progreso profesional y para la plenitud vital.

Un fuego interior, una extraordinaria ilusión de acercarse a su propósito (de entusiasmar al público y de hacer magia con un balón de baloncesto) y lograr, una vez más, acercarse a su mejor versión.

¿Por qué algunas estrellas emergentes del mundo del deporte nunca acaban de transformar todo su potencial en éxitos y en resultados tangibles?

Es este un factor esencial que explica, en buena parte, el rendimiento de estrellas como él, pero también de millones de “héroes cotidianos” que cada día aspiran a ser mejores y poner toda su energía en ello.

Está ampliamente demostrado que esta “hambre” es un ingrediente muy valioso, tanto para nuestra vida profesional como en la esfera personal.

Su efecto es muy potente, porque refuerza numerosos factores esenciales que, conjugados a largo plazo, marcan la diferencia: autoconocimiento, automotivación, autoexigencia, autorresponsabilidad, autodesarrollo, humildad, sana ambición, resiliencia…

El “hambre”: un elemento esencial en nuestra educación, desarrollo y rendimiento

¿Por qué algunas estrellas emergentes del mundo del deporte nunca acaban de transformar todo su potencial en éxitos y en resultados tangibles? ¿Cómo es posible que Federer y Nadal sigan ganando grand slams a tenistas más jóvenes y con gran talento?

De entre las múltiples explicaciones posibles a esta situación sorprendente, creo que el “hambre” destaca por encima de las demás.

Hoy me pregunto si educamos sistemáticamente para que este “hambre” y estas brasas forjen el carácter de nuestros niños y jóvenes. O bien si, en ocasiones, y con la mejor de las intenciones, les estamos sobreprotegiendo, tanto a ellos como a otras personas adultas con las cuales interaccionamos.

El “hambre”, entendida como la ilusión por mejorar continuamente, ha sido esencial para el progreso social (personal y colectivo) en los últimos siglos. Nuestros padres y abuelos son testigos de excepción de aquellas épocas en que había más carencias materiales y, sin embargo, abundaba esa actitud vital.

El “hambre”, entendida como la ilusión por mejorar continuamente, ha sido esencial para el progreso social (personal y colectivo) en los últimos siglos

Hoy existen muchos ejemplos que nos recuerdan que sigue vigente este “hambre” que demuestra Rafa Nadal, que nos comparte en esta sabia reflexión.

"Trabajas a nivel mental cuando saltas a jugar a la pista cada día, y no te quejas cuando lo haces mal, tienes problemas o dolores. Si estoy jugando mal, si tengo problemas físicos..., ¡salto a pista cada día con la misma pasión por seguir mejorando!”

Esto es “hambre” de primera categoría. Una actitud que le ayuda a gestionar sus éxitos y sus fracasos, los dolores que padece y los halagos que recibe.

La mayoría de nosotros no somos “estrellas” en ninguna disciplina. Y, pese a ello, es importante que cuidemos este “hambre” en nuestra vida cotidiana, sin aspavientos y con tenacidad. Será un gran aliado para afrontar con mayor fortuna y fortaleza lo que la vida nos depare.

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