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Anna Palli

Sin duda, la comida es y ha sido siempre una de las actividades con mayor capacidad de convocatoria. Necesitamos comer para vivir, pero la comida también nos proporciona placer y es uno de nuestros mejores pretextos para socializarnos, celebrar e incluso reafirmar nuestra identidad y nuestra herencia cultural. Como explica Pierre Van den Berghe, somos animales que comparten alimentos y utilizamos la comida para establecer, expresar y consolidar sociedades. Una comida también puede ser una buena excusa para reconciliarse: ¡Cuántas veces no habremos dicho eso de “quedamos para comer” pensando “a ver si lo arreglamos”!

Entrantes: Houston, tenemos un problema

El próximo 23 de septiembre, la comunidad internacional se congregará en Nueva York en una cumbre promovida por las Naciones Unidas precisamente para eso: arreglar los actuales sistemas alimentarios disfuncionales. Culmina así la primera parte de un trabajo intenso, de más de 18 meses, para elevar al primer nivel político y de la opinión pública el riesgo sistémico a que nos enfrentamos. También busca impulsar un proceso de transformación profundo de nuestro estilo de vida y de los sistemas de producción y consumo de los alimentos, que permita su abastecimiento global de forma más equitativa, sin destruir los recursos naturales. Necesitamos vivir como planeta para poder comer como humanos.

El año 2021 ha sido designado el año de la acción climática, porque en él coinciden varios eventos de primer nivel mundial, empezando por la Cumbre de Adaptación Climática (CAS21), que tuvo lugar en enero; la Cumbre sobre Sistemas Alimentarios Sostenibles (UNFSS), en septiembre, y la Cumbre sobre el Cambio Climático (COP26), en noviembre. Este hecho no es casual en absoluto y pone en evidencia la estrecha relación existente entre alimentación y cambio climático. Tal como insiste el último informe del IPCC, el tiempo apremia (en sentido climático y temporal) y, dicho en términos agronómicos, nos quedan poco más de 9 cosechas para reconducir la situación.

Necesitamos vivir como planeta para poder comer como humanos

Se acumulan los datos e informes de todo tipo que nos demuestran que los sistemas alimentarios globales están fallando a múltiples niveles, a medida que crecen las tensiones en relación con los recursos productivos. La agricultura y la ganadería son dos de los contribuyentes principales al calentamiento global, sobre todo por las emisiones de metano provenientes de las explotaciones ganaderas y los cultivos de arroz, del óxido nitroso de los campos fertilizados y del dióxido de carbono asociado a la tala de los bosques tropicales para ganar nuevas áreas de cultivo.

Más del 80% del consumo mundial de agua dulce se destina a la agricultura, que también está relacionada directamente con la contaminación de los suelos, de los cursos de agua y de los ecosistemas costeros, por exceso de nitratos y pesticidas. Además, la deforestación de las zonas tropicales, la pérdida de los hábitats naturales y los cambios en los usos del suelo sitúan la producción de alimentos entre una de las causas principales de la pérdida de biodiversidad.

Paralelamente, mientras una tercera parte de los alimentos producidos se pierden o se desperdician, en muchos lugares del mundo la población no tiene acceso a una dieta segura y nutritiva. A lo largo de la cadena de valor, se intensifican los desequilibrios estructurales de poder en perjuicio de los productores primarios y de los pequeños productores, que en algunas regiones del planeta, dependen casi exclusivamente de esta actividad para su supervivencia.

Todo apunta a que los problemas a que nos enfrentamos en relación con la alimentación se incrementarán en el futuro

Los problemas a que nos enfrentamos en relación con la alimentación son enormes y todo apunta a que se incrementarán en el futuro, debido a los efectos del cambio climático y a un crecimiento demográfico que en 2050 supondrá la incorporación de dos mil millones de bocas más que alimentar. Se prevé por ello un aumento aproximado del 50% de la demanda global de alimentos y cerca del 70% de los de origen animal (carne, huevos, leche…), debido al mayor consumo de estos productos en los países emergentes. En este escenario, tan importante será incrementar la producción de alimentos como garantizar el acceso a los mismos a toda la población. Una cosa está clara: no podemos permitirnos aumentar la producción alimentaria mediante la expansión de la agricultura y la ganadería, tal como hoy las conocemos.

Disponemos de numerosos datos empíricos que demuestran la conexión existente entre nuestra forma de producir, de consumir e incluso de pensar sobre los alimentos y los problemas que amenazan más abiertamente nuestro futuro como especie, como son el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la destrucción de los recursos naturales no renovables. La mayoría de estos problemas están muy conectados y se retroalimentan entre sí, lo cual redunda en mayores desequilibrios e injusticias sociales. A cada nuevo dato, constatamos la complejidad enorme del reto a que nos enfrentamos.

La crisis sanitaria generada por la COVID-19 ha mutado en crisis alimentaria en muchas partes del globo y, en la actualidad, más de 820 millones de personas pasan hambre y muchas otras están consumiendo dietas de baja calidad. Sin duda, la crisis climática también se transformará en crisis alimentaria, no solo por su impacto en las regiones más directamente afectadas, sino también por la desestabilización de los mercados alimentarios globales.

La crisis climática se transformará en crisis alimentaria

La FAO alerta que los productos alimentarios están experimentando aumentos de precios sin precedentes en todo el mundo, en gran parte a causa de los fenómenos climáticos extremos. Entre mayo de 2020 y mayo de 2021, este aumento fue del 39,7% a escala global, el más alto desde 1990. En los últimos diez años, ya se han sucedido tres crisis de precios alimentarios, y muchos expertos alertan que puede estar gestándose una nueva burbuja especulativa sobre el precio de los alimentos. Cabe detenerse un momento para hacer hincapié en que estamos hablando de un recurso que es esencial para la vida, junto con el agua y el aire que respiramos. El acceso a la alimentación es un derecho fundamental y, por tanto, no podemos tratar los alimentos como meras mercancías. Nuestras madres ya nos decían que “con la comida no se juega”; mucho menos debería poder especularse con ella.

Primer plato: la hora de las soluciones

No nos engañemos, sin una acción firme y contundente en el ámbito alimentario, no seremos capaces de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 ni el Acuerdo de París, y dejaremos a las futuras generaciones un planeta muy degradado, donde una gran parte de la población sufrirá las consecuencias del cambio climático y de la malnutrición. Se ha acabado el tiempo para los diagnósticos o para el mero tratamiento de los síntomas; ahora urge encontrar una cura efectiva y duradera, que nos devuelva a un espacio de operaciones estable dentro de los límites planetarios.

Y es que la alimentación es nuestro vínculo principal con el planeta. Actúa como una especie de tejido conectivo que relaciona nuestra salud con la del resto de los sistemas biofísicos y, de forma más o menos directa, afecta nuestro bienestar a través de múltiples dimensiones y a diversas escalas. Precisamente por ello, solo si somos capaces de transformar los sistemas alimentarios tendremos una oportunidad real de retornar a ese espacio de operaciones seguro y podremos dejar a nuestros hijos un planeta no solo habitable, sino también estable a largo plazo.

La Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios de las Naciones Unidas se autodenomina la cumbre de las personas y las soluciones, porque efectivamente, pretende desencadenar cambios tangibles para una transformación real, aunando los esfuerzos de todos los actores implicados: los Estados, los productores, el sector privado, la comunidad científica, los jóvenes, los pueblos indígenas y la sociedad civil, para lograr una mayor equidad y una mayor justicia entre personas y también entre generaciones.

La capacidad humana para transformar el conocimiento en innovación jugará un papel clave

La capacidad humana para transformar el conocimiento en innovación jugará un papel clave en el desarrollo de estas soluciones, junto con otros elementos, como la innovación social y el cambio de hábitos alimentarios. Sin que haya que dejarse llevar por un tecnooptimismo excesivo, muchos expertos coinciden en afirmar que estamos ante una nueva revolución agroalimentaria, que proporcionará oportunidades sin precedentes. La innovación social, el cambio de hábitos alimentarios o el desarrollo de nuevas políticas y modelos de gobernanza serán también imprescindibles.

Los avances científicos y las tecnologías desarrolladas desde distintos ámbitos, aplicadas a la alimentación, ofrecen posibilidades ni siquiera imaginables hace unos años. Por ejemplo, la combinación de los avances en tecnología satelital, inteligencia artificial, robótica o genómica de precisión permitirán no solo incrementar la eficiencia de los sistemas productivos actuales bajo el concepto de la intensificación sostenible de la producción acuñado por la FAO (es decir, producir más con menos), sino también avanzar hacia sistemas radicalmente distintos, como por ejemplo la obtención de fuentes alternativas de proteínas, los alimentos de síntesis, la producción vertical próxima a los grandes núcleos urbanos o la utilización de nuevos productos para la alimentación animal y humana. La integración y la explotación masiva de datos, junto con la participación ciudadana, también darán pie a enfoques más sistémicos, que gradualmente nos permitirán avanzar hacia modelos más diversificados y resilientes de producción y de consumo, como los que se fundamentan en los principios de la agroecología.

Los avances científicos y las tecnologías desarrolladas desde distintos ámbitos ofrecen posibilidades ni siquiera imaginables hace unos años

Ninguna de estas opciones será suficiente por sí sola ni tienen por qué ser excluyentes. Ante problemas complejos, no caben soluciones simples, y nos conviene disponer de la mayor diversidad posible de técnicas, de sistemas productivos e, incluso, de dietas complementarias. Las distintas condiciones y realidades (físicas y sociales) existentes a escala local determinarán cuál puede ser la mejor forma de combinar, por ejemplo, los modelos intensivos de alta tecnología con los de pequeños productores ecológicos y de proximidad.

Sin embargo, en este campo, ante todo, hay que tocar con los pies en la tierra (en sentido literal). Y la realidad es que hoy en día el 95% de la producción mundial de alimentos depende del suelo, un recurso no renovable a escala humana que se sigue destruyendo a un ritmo vertiginoso. En muchos lugares del mundo, los agricultores tienen que labrar con un tractor de cadenas y regar con una tubería rota, que, con suerte, logra conectarse a un canal de regadío. La tecnoagricultura está aún muy lejos de poder implantarse masivamente, cuando menos en los países y en las regiones más pobres, y no podemos embelesarnos con visiones futuristas que no tomen en consideración la realidad actual.

Segundo plato: nuestra oportunidad

Nos enfrentamos, pues, a unos desafíos sin precedentes para la seguridad alimentaria y para el equilibrio planetario. Y, aunque la buena noticia es que sabemos qué hay que hacer, nos falta todavía averiguar cómo hacerlo, y sobre todo, tener la voluntad real y el compromiso para hacerlo.

En este contexto, emerge con fuerza una nueva generación de start-ups que ofrecen múltiples soluciones para producir alimentos de forma más eficiente y sostenible o para evitar su pérdida y desperdicio. Los sectores AgTech y FoodTech están suscitando un gran interés entre muchos inversores y España, con más de 400 start-ups que cubren toda la cadena agroalimentaria, se encuentra entre los países que generan más empresas de alto valor tecnológico.

Varias regiones, como Catalunya, Andalucía y el Valle del Ebro, destacan como polos de RDI agroalimentarios potencialmente muy competitivos. Estos ecosistemas de innovación cuentan con los elementos necesarios para posicionarnos como líderes en sistemas alimentarios sostenibles en todo el Mediterráneo. Para hacer realidad esta visión, contamos con un tejido productivo y empresarial sólido y competitivo a escala internacional, con una amplia red de universidades y centros de generación de conocimiento, con tecnología y con una larga tradición innovadora, que confluyen ahora con un gran dinamismo emprendedor y un creciente interés y concienciación de la sociedad en relación con la alimentación y sus impactos.

El prestigio de nuestros alimentos y el reconocimiento del valor de nuestra gastronomía, y de la dieta mediterránea en general, también juegan a nuestro favor. Buena prueba de ello es que este año Barcelona haya sido nombrada la Capital Mundial de la Alimentación Sostenible. Este otoño, la capital catalana acogerá el 7º Foro Global del Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán, en que se darán cita más de 200 ciudades de todo el mundo para reivindicar el papel estratégico de las ciudades en el desarrollo de sistemas alimentarios sostenibles, un mayor acceso a los alimentos saludables y el impulso de la lucha contra el desperdicio indiscriminado de alimentos.

Se trata también de una oportunidad inestimable para aunar esfuerzos y desplegar una estrategia ambiciosa, que contribuya a reconectar a la ciudadanía con el proyecto europeo. Un proyecto cuyos orígenes están muy vinculados al modelo y a las políticas de producción alimentaria y que ahora, en el marco del Green Deal y de la estrategia de recuperación europea, aspira precisamente a convertir nuestro continente en líder mundial en sostenibilidad. La transformación de los sistemas alimentarios constituye una de las palancas más poderosas para hacer realidad esta nueva revolución social y tecnológica, en aras de la sostenibilidad y la resiliencia, que incorpore en su seno los grandes retos sociales y planetarios, plasmados en los ODS.

Postres y café: nuestra responsabilidad y su futuro

Días atrás, unos cuantos amigos quedamos para cenar (¡cómo no!) y charlar sobre innovación. Uno de los comensales nos explicó que hace siete años un grupo de emprendedores planteó, sin éxito, a diversas administraciones y empresarios un proyecto para la producción de baterías eléctricas en Barcelona, que nos habría situado en el mapa. En aquel momento, debió parecer más interesante seguir ordeñando el sector del automóvil convencional. No debemos volver a perder el tren: ahora es el momento de invertir en serio en esta esta nueva oportunidad para poder mañana recoger sus frutos.

Hoy podemos aspirar a convertirnos en referentes en innovación de sistemas alimentarios sostenibles, promoviendo de forma solidaria su transformación desde la cuenca mediterránea. En ello, nos jugamos nuestro pan y, sobre todo, el de nuestros hijos.

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