¿Un tribunal republicano? Implicaciones postelectorales del nuevo Tribunal Supremo de los EEUU

Por EsadeGeo

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El nombramiento de Amy Coney Barrett como jueza del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en sustitución de la fallecida Ruth Bader Ginsburg ha dado lugar a una abrumadora mayoría conservadora en el seno del alto tribunal estadounidense. La maniobra del presidente Trump y del partido republicano no ha estado exenta de polémica por la rapidez del proceso, agilizado para cerrarse de forma definitiva antes de las elecciones presidenciales del próximo martes.

En este podcast, el investigador de EsadeGeo, Óscar Fernández, habla con José Maria de Areilza, profesor de los departamentos de Derecho y de Dirección General y Estrategia así como titular de la Cátedra Jean Monnet en Esade y senior fellow de EsadeGeo, sobre las implicaciones de este nombramiento respecto a cuestiones tan fundamentales como el derecho al aborto, el Obamacare o incluso el resultado de esta inminente cita electoral.

TRANSCRIPCIÓN

Óscar Fernández: Saludos a todos y bienvenidos a un nuevo podcast de Do Better, la plataforma de contenidos de Esade. Mi nombre es Óscar Fernández y soy investigador sénior de EsadeGeo. Hoy tenemos con nosotros a José María de Areilza, profesor de los departamentos de Derecho y de Dirección General y Estrategia de Esade, senior fellow de EsadeGeo y secretario general de Aspen Institute España. El profesor Areilza nos acompaña a escasos días de las elecciones estadounidenses, a las cuales Do Better está dedicando un ciclo de contenidos, y justo después de que el Senado de los Estados Unidos haya confirmado a Amy Coney Barrett como nueva jueza del Tribunal Supremo, lo cual tiene importantes ramificaciones en el terreno político, como veremos. Es un placer tenerle con nosotros, profesor, en estos días intensos y decisivos para el futuro de los Estados Unidos.

José Maria de Areilza: Un placer estar aquí. Gracias, Óscar.

Óscar Fernández: Usted es miembro del Colegio de Abogados de Nueva York y es Doctor en Derecho por la Universidad de Harvard. De hecho, me consta que, durante su trayectoria en Harvard, coincidió incluso con dos de los miembros actuales del Supremo. ¿Es así?

José Maria de Areilza: Sí, en ese momento estaba de profesor Stephen Breyer, que era muy querido por los alumnos, y coincidí también con el juez Neil Gorsuch, que estaba cursando la carrera de Derecho mientras yo estudiaba en esa facultad.

Óscar Fernández: Bueno, quién mejor que usted, entonces, para explicarnos cuál es la relevancia de todo lo que está ocurriendo en el Supremo en los últimos días, y yo diría en los últimos años. Déjeme que le pregunte, en primer lugar, por una cuestión esencial para situar a nuestros oyentes. Me gustaría que nos contara cuál es el papel que desempeña el Supremo en el sistema institucional estadounidense y a través de qué mecanismos se eligen a los jueces que lo componen.

José Maria de Areilza: Para empezar por lo segundo, el presidente propone a los miembros y estos tienen que ser confirmados por una mayoría del Senado. Es muy importante este mecanismo porque da un enorme poder a cada presidente cuando fallece un miembro de este tribunal. Los nombramientos son vitalicios, para garantizar su independencia, y es el tribunal más poderoso del mundo: no hay nada comparable, ningún tribunal constitucional europeo, ninguna otra corte de ninguna parte del mundo.

Ya al principio de la aventura constitucional americana, la primera democracia del mundo, este tribunal reclamó, por así decirlo, la última palabra en las cuestiones interpretativas de la Constitución. Y no solo aporta claridad, sino que muchas veces actúa como una verdadera tercera cámara, casi como un legislador. Tiene un enorme prestigio. Ha pasado por momentos mejores y peores, pero en los últimos cincuenta años ha disfrutado de un prestigio enorme y está compuesto únicamente por nueve jueces. Se escriben cientos, miles de libros sobre ellos y sobre su relación interna. Es un tema a la vez admirado y muy considerado fuera y dentro de los Estados Unidos.

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos es el tribunal más poderoso del mundo

Óscar Fernández: Como sabrán los oyentes, la magistrada Ruth Bader Ginsburg, que es considerada una de las grandes heroínas progresistas de los Estados Unidos, falleció recientemente y dejó una vacante en el Supremo que el presidente Trump cubrió tan pronto como pudo; de hecho, la nueva jueza Amy Coney Barrett acaba de ser confirmada por el Senado, de mayoría republicana, a muy pocos días de las elecciones. Trump ha nombrado a tres jueces del Supremo en cuatro años, lo cual es un récord para un solo mandato presidencial. Sobre el caso concreto de la jueza Barrett: ¿por qué ha sido tan polémica la decisión de Trump y de los republicanos?

José Maria de Areilza: Como es bien sabido, los republicanos se habían opuesto en 2016 a que el presidente Obama propusiese un juez porque había una vacante, con el argumento de que estaba demasiado cerca de las próximas elecciones. Pues bien, este argumento lo han tirado directamente a la papelera los republicanos, que en pocas semanas han acelerado el proceso, se han saltado muchas normas internas del Senado y han conseguido, como has explicado bien, nombrar a la tercera jueza propuesta por Trump. Este puede ser el verdadero legado de Trump: si pierde las elecciones el 3 de noviembre, habrá orientado el Tribunal Supremo en una dirección conservadora posiblemente durante décadas, y no solamente eso, sino que también ha conseguido nombrar a casi 200 jueces federales también con la misma orientación. Se habla muy poco de ello, pero realmente puede cambiar elementos muy importantes de la vida social, política e incluso económica norteamericana, en ámbitos como el derecho a la vida frente a los derechos reproductivos de la mujer, en la protección del medio ambiente, en el derecho al voto, en la protección de las reformas en materia de sanidad de presidentes anteriores, en el derecho a portar armas, y un largo etcétera. Realmente, se está poniendo muchísimo poder en manos de una mayoría conservadora, que desde hace unas horas es de 6 a 3 en el Tribunal Supremo.

Óscar Fernández: Luego abordaremos algunas cuestiones de largo plazo que ya nos ha ido apuntando, pero, a más corto plazo, ¿le parece que la maniobra de Trump puede acabar movilizando al electorado más progresista y, por tanto, resultando contraproducente para los republicanos?

José Maria de Areilza: En 2016, buena parte de los republicanos se taparon la nariz y votaron a Trump, que es un personaje que consideran incluso muchas veces rechazable y que les cuesta entender, porque iba a nombrar a jueces conservadores en tribunales federales y en el Tribunal Supremo. Ahora puede suceder justo lo contrario, como apuntas: que haya una movilización demócrata no solo del ala izquierda del partido, sino de muchos demócratas que sienten que los republicanos han roto las reglas del juego y han quebrado esos equilibrios que permitían que el Tribunal Supremo funcionase siempre por encima de la política. Ello no quiere decir que no hubiese esas sensibilidades políticas, pero no había un tribunal de partido, teñido de un solo color ideológico.

Muchos demócratas sienten que los republicanos han roto las reglas del juego y han quebrado los equilibrios que permitían que el Tribunal Supremo funcionase siempre por encima de la política

Hay algo muy interesante en los análisis del Tribunal Supremo en los últimos treinta años y es que cualquiera que haya sido la mayoría ideológica, en los grandes temas casi siempre ha tomado las decisiones interpretando el sentir de la mayoría social de los Estados Unidos, es decir, ha sabido interpretar muy bien los consensos profundos de la sociedad americana y puede que esto ya no vuelva a ocurrir. Y, en efecto, puede que, a muy a corto plazo, de aquí al 3 de noviembre, esto movilice a muchos demócratas. Parece que el nivel de abstención va a ser muy bajo comparativamente en estas elecciones; lo que no sabemos es si esos votos son todos demócratas.

Óscar Fernández: Para justo después de las elecciones, puede que el Supremo tenga un papel fundamental; de hecho, se especula con que, a no ser que el candidato demócrata Joe Biden obtenga una victoria aplastante, el resultado se acabe dirimiendo en este tribunal. ¿Por qué se dice que existe este riesgo? ¿Hay algún precedente en la historia de los Estados Unidos al respecto?

José Maria de Areilza: Tenemos un precedente muy cercano, en el año 2000, en el caso Bush vs. Gore, que le dio la victoria a Bush, como sabemos. Cabe esperar que no se llegue a ese punto porque, si el Tribunal Supremo tiene que intervenir en el caso de las elecciones del 3 de noviembre, sería en descrédito de la democracia americana, en medio de tensiones e incluso de episodios violentos que nadie desea. Lo mejor sería, por supuesto, que hubiese un resultado claro la misma noche electoral, pero el problema es que el voto por correo –que también ha alcanzado récords en estas elecciones– no se va a poder contar rápidamente. Y, por tanto, puede que haya unos días de incertidumbre, puede que Trump, en cualquier caso, no acepte una posible derrota, como tampoco lo hizo en 2016.

Si el Tribunal Supremo tiene que intervenir en el caso de las elecciones del 3 de noviembre, sería en descrédito de la democracia americana

Pero si, en último término, el Tribunal Supremo tuviera que intervenir –porque en los Estados Unidos fácilmente se judicializa todo: es el mundo de los abogados y de los litigios–, mi sensación, viendo la trayectoria de este alto tribunal, es que no sería un tribunal de parte. Por ejemplo, yo no creo que la jueza Barrett, que es una jurista destacada, ciertamente muy conservadora, pero también muy inteligente, vaya a dinamitar el prestigio del tribunal –y, por tanto, el suyo propio– en un eventual caso, apoyando sin argumentos –si no los hay– la candidatura de Trump. Yo creo que sería un tribunal imparcial, si se llega a producir esta situación.

Óscar Fernández: ¿Nos puede contar un poquito más sobre lo que sucedió en el año 2000 en las elecciones entre Bush y Gore, y de qué manera contribuyó el Tribunal a resolver esta situación en aquel momento?

José Maria de Areilza: El Tribunal, por así decirlo, no tuvo que hacer la parte del trabajo más difícil, que era establecer los hechos, las pruebas: todo eso se dirimió a escala estatal y ahí sí hubo una batalla sucia, complicada, de la cual nunca sabremos todos y cada uno de sus verdaderos elementos, las famosas “papeletas mariposa”, no sé si se acuerda, que eran papeletas en que era imposible saber qué se había votado; la supresión del voto en algunos precintos… Pero al final fue el Estado de Florida el que proporcionó los datos para que el Supremo se pronunciara, y ahí estaba predeterminado que ganaba por muy poquito Bush y, por tanto, al ganar Florida ganaba también la mayoría del colegio electoral.

Óscar Fernández: Usted ha dicho que, en el caso de las elecciones o de una posible intervención del Tribunal Supremo a posteriori, la ideología de los jueces seguramente no influiría sobre un potencial dictamen, pero existen otras cuestiones en las cuales a buen seguro esta ideología sí tendrá una influencia. Se habla mucho de la corriente originalista o textualista a que se adscribe la jueza Barrett. ¿Puede contarnos en qué consiste esta corriente y qué efectos puede tener en la práctica con respecto a estos asuntos que ha mencionado usted antes, como el ObamaCare, el derecho al aborto o el matrimonio homosexual, que realmente son cuestiones sociales de gran calado en los Estados Unidos?

José Maria de Areilza: El originalismo que practicaba el juez Antonin Scalia, otro de los grandes magistrados que se han ido y del cual se siente discípula Amy Barrett, es una renuncia a entender la Constitución en su contexto histórico. Yo creo que es un método muy poco interesante, muy vacío, cuya utilidad es básicamente afirmar posiciones conservadoras, puesto que en 1787, cuando se redacta la Constitución, los conceptos de privacidad, de protección del medio ambiente o de sanidad pública no están en el debate político. Entonces, en todos los ámbitos donde hay democracias liberales y hay interpretación constitucional, el originalismo es una manera marginal –y desacreditada intelectualmente– de aproximarse a la Constitución. ¿Por qué vamos a seguir una interpretación textual? Primero, ¿qué significa el texto? Y, luego, ¿por qué esa interpretación y no una de nuestro tiempo?

En todos los ámbitos donde hay democracias liberales y hay interpretación constitucional, el originalismo es una manera marginal –y desacreditada intelectualmente– de aproximarse a la Constitución

La gran corriente de interpretación constitucional se inspira precisamente en el texto conectado con el espíritu, con los objetivos de la Constitución y con una renovación conforme al contexto político, social. Por eso decía que el Tribunal ha construido su prestigio gracias a interpretar cuál era ese consenso social profundo en las grandes cuestiones que podían dividir o que siguen dividiendo el país, cuando había ese consenso, o por lo menos a saber aproximarse a esa posición centrada. Por ejemplo, en sanidad, se puede interpretar que en efecto el Gobierno Federal no tiene derecho a una socialización de la medicina, con esta interpretación originalista. Y el derecho a portar armas, incluido en la segunda enmienda para garantizar la seguridad en un momento en que no hay una estructura de Estado, con la policía, con un ejército bien organizado, puede convertirse en un derecho absoluto: de hecho, cada vez hay más armas en los Estados Unidos, y no de caza, sino de guerra en los domicilios, lo cual es muy preocupante. Y ello puede suceder con todas las demás cuestiones que se van a plantear en los próximos años.

Hay una cuestión que a mí me preocupa mucho y que no hemos mencionado, y es la financiación de las campañas. Los dos grandes defectos de esta democracia admirable de los Estados Unidos, y que pueden debilitarla cada vez más, son, por un lado, que no hay límites en la financiación de las campañas –se considera una parte de la libertad de expresión el derecho a apoyar las ideas de un candidato– y, por otro lado, una práctica de todos los legisladores que consiste en hacerse distritos electorales a medida. Es lo que se llama en inglés gerrymandering.

Uno de los distritos electorales de los Estados Unidos es de no creer: se trata de un distrito demócrata que tiene cinco calles de un sitio y luego salta al barrio de al lado y se queda con otras dos calles. ¿Por qué? Porque allí están sus votantes. ¿Y eso qué hace? Radicaliza mucho la política; hace que, para competir contra un congresista o contra un senador, siempre haya que hacerlo desde el ala más radical del partido, con lo cual los centristas cada vez tienen menos que hacer. Pues esta práctica de hacerse los distritos a medida también podría ser anulada por el Tribunal Supremo, pero yo creo que con la actual orientación conservadora no vamos a ver ni limitación de la financiación de las campañas ni tampoco limitación de esta práctica de hacer distritos. Aunque, digámoslo todo: la financiación de las campañas cada vez resulta más fácil para los demócratas y más difícil para los republicanos, porque cada vez la gente con estudios, con más dinero y con más éxito profesional se inclina por el bando demócrata. 

Con la actual orientación conservadora no vamos a ver ni limitación de la financiación de las campañas ni tampoco limitación de la práctica de hacer distritos electorales a medida, el gerrymandering

Óscar Fernández: Por volver a esta corriente originalista que nos ha descrito antes, ¿diría que con el nombramiento de Barrett tenemos una mayoría en el Supremo que se adscribe a esta corriente, o el resto de jueces que han sido nombrados por presidentes republicanos son algo más progresistas a este respecto?

José Maria de Areilza: Yo creo que, por lo menos, tienen una mayor apertura intelectual; por ejemplo, el juez Roberts tiene una visión más contextual, la pregunta no es antes ‘qué es el derecho’, sino qué se puede hacer con esas reglas, qué se debe hacer en este contexto. Esta es una pregunta mucho más interesante, que te abre al argumento, al debate, a la deliberación. Yo creo que Roberts va a acabar siendo un buen presidente del Supremo, porque está más preocupado por el prestigio y por la independencia de su institución que por seguir una agenda ideológica conservadora.

Óscar Fernández: Incluso si Biden acaba obteniendo la presidencia, e incluso si su partido se hace con el Senado –porque no olvidemos que el 3 de noviembre se elige a 35 de los 100 senadores–, los demócratas tendrán serias dificultades para legislar y gobernar con un Supremo tan claramente en su contra. ¿Tendrá tentaciones Biden de ampliar el número de jueces del Supremo para corregir el actual desequilibrio? Sabemos que hay voces dentro del Partido Demócrata que abogan claramente por esto. ¿Le parece que sería una solución viable y, de ser así, sería moralmente aceptable?

José Maria de Areilza: Yo diría, más bien, “políticamente aceptable”. Pero, en efecto, este es un debate que va en contra de Biden porque, cuando se le preguntó en el segundo debate en Nashville si ampliaría el número de jueces en caso de que se aprobase el nombramiento de Barrett, dijo que lo anunciaría antes de las elecciones, es decir, se quitó de en medio, pero ahora tiene que decir algo. Lo último que he leído esta mañana es que quiere nombrar una comisión para que estudie cómo despolitizar el Tribunal Supremo, que es lo que decía Napoleón: si no queremos resolver un problema, nombremos una comisión que lo estudie.

Si Biden hace una declaración que, por ejemplo, va a sumar cinco miembros más al Tribunal Supremo, habría votantes moderados, independientes, que sentirían que Biden está en manos del ala más radical de su partido

Se está quitando de en medio y creo que hace bien. Porque si ahora hace una declaración –todavía puede ser el caso– anunciando, como hizo en su día el presidente Roosevelt, que, por ejemplo, va a sumar cinco miembros más al Tribunal Supremo –y se entiende, por supuesto, que todos van a ser de inclinación demócrata, si hay un Senado favorable–, habría votantes moderados, independientes, que sentirían que Biden está en manos del ala más radical de su partido. Alexandria Ocasio-Cortez, que es representante de esta ala, ya está diciendo en Twitter desde ayer: “Aumentad el número de jueces del Tribunal Supremo, aumentad el número de jueces del Tribunal Supremo”, en una especie de asalto al Supremo (por otra parte, como respuesta al asalto republicano).

En el mundo jurídico norteamericano, se dice en broma que la mayor división que hay dentro del Supremo es entre los jueces que vienen de Harvard y los jueces que vienen de Yale. En los últimos años siempre ha habido más o menos mitad y mitad; ahora, Barrett viene de Notre Dame, una excelente facultad de derecho del centro del país que no está en esa élite.

Yo creo que a la mayoría de los norteamericanos les gusta ese Tribunal Supremo prestigioso, con sus dinámicas internas, que es capaz de situarse por encima de la política. Y Biden se equivocaría si ahora hace un anuncio como hizo Roosevelt en su día –aunque luego se echó para atrás–, en el sentido de aumentar rápidamente el número de nombramientos. Se puede hacer jurídicamente, pero políticamente creo que sería un error.

A la mayoría de los norteamericanos les gusta ese Tribunal Supremo prestigioso, con sus dinámicas internas, que es capaz de situarse por encima de la política.

Óscar Fernández: ¿Está escrito en algún sitio que el Tribunal Supremo deba tener nueve jueces o hay algún precedente en la historia de los Estados Unidos en que la composición del Tribunal Supremo haya sido mayor o menor que ahora?

José Maria de Areilza: No está escrito y sí ha habido precedentes por vacantes, por muertes, por dificultades para volver a nombrar. El número nueve se ha consolidado con el tiempo y se ha convertido en una tradición. De hecho, hay libros que se llaman The Nine y el número nueve es como algo casi sagrado pero, como siempre, las tradiciones se inventan.

Óscar Fernández: Usted señalaba anteriormente que Trump no solo había conseguido nombrar tres jueces del Supremo, sino que durante estos cuatro años ha presumido de haber designado a un número récord de jueces federales. Entre los que ha nombrado para el circuito de apelaciones, dos tercios son varones blancos y la inmensa mayoría tienen vínculos con la Sociedad Federalista, que aboga por esa interpretación originalista de la Constitución que comentábamos antes. ¿Sería posible corregir todo esto con una presidencia de Joe Biden?

José Maria de Areilza: No, se corregiría a lo largo de varias presidencias demócratas o de presidencias republicanas moderadas en el futuro. Pero, en efecto, ese es el gran legado de Trump desde el punto de vista de la carga ideológica: 194 jueces federales nombrados por el presidente, y confirmados por el Senado, de ideas republicanas y con esta metodología (que a mí me parece muy pobre) que consiste en una interpretación muy conservadora y originalista de la Constitución y de las leyes. Además, en este sentido, Trump no ha tenido ningún remilgo. A Trump no le interesa el pensamiento conservador: Trump es una marca, un proyecto totalmente personal de éxito y de ocupación del poder en los últimos años. Y podía haber sido perfectamente un candidato demócrata o un candidato de un tercer partido. De hecho, cuando era empresario, apoyó con dinero las campañas tanto de Clinton como de Kamala Harris, pero el pacto tácito a que llegó con el sector más conservador del partido, de influencia muchas veces evangélica, fue este: los nombramientos judiciales son cosa vuestra; yo firmo donde pongáis los nombres. Y, en efecto, este grupo de presión, que se llama The Federalist Society, y también Heritage, el think tank de Washington, han hecho un trabajo excelente para sus fines de seleccionar jueces muy conservadores y hacer que entren uno tras otro como jueces federales.

El gran legado de Trump desde el punto de vista de la carga ideológica son 194 jueces federales nombrados por el presidente, y confirmados por el Senado, de ideas republicanas.

Óscar Fernández: Con este último nombramiento de la jueza Barrett, los republicanos han nombrado a quince de los diecinueve últimos jueces del Supremo, pese a que solo han ganado el voto popular en las elecciones presidenciales en una de las últimas siete ocasiones. ¿Cree que lo que estamos presenciando en el Supremo con la actual sobrerrepresentación de las posturas conservadoras es solo el principio de una crisis constitucional más amplia en los Estados Unidos? Se calcula que, en veinte años, el 30% de la población estadounidense escogerá al 70% de los senadores. ¿Cómo puede ser que se dé esta circunstancia y de qué manera puede afectar la legitimidad del sistema institucional del país?

José Maria de Areilza: Me parece muy buena pregunta. Yo espero que el Tribunal Supremo se salve de esa crisis constitucional que, desde luego, se puede dar si no hay reformas. Y que lo haga automoderándose, creando otra vez su relato de independencia, de calidad, de excelencia desde el punto de vista intelectual, de capacidad de deliberación. Pero ello depende, en efecto, de estos nueve. La crisis constitucional puede venir de la representación de estados pequeños de mayoría republicana, de la financiación de las campañas… Creo que es muy importante darse cuenta de que un congresista o un senador dedica dos tercios de su tiempo a buscar fondos y que estos fondos provienen, en el 80-90% de los casos, de donantes con unos intereses muy bien expresados, muy concretos, que básicamente deciden cuál es la plataforma sobre la cual trabaja ese legislador. La libertad de un legislador para proponer sus ideas y para trabajar a partir de ellas se está estrechando mucho. Cuando Hillary Clinton perdió las elecciones en 2016, recuerdo que al día siguiente anunció que tenía una reunión con unos 215 donantes que habían aportado el 50% de los fondos de su campaña. Ello supone una deuda inmensa. Entonces, ¿cómo se pone límite a esta especie de segregación del ciudadano de a pie, que sabe que sus preferencias no van a llegar a esas plataformas sobre las cuales se deciden las posiciones, los votos y el día a día de los legisladores?

La libertad de un legislador para proponer sus ideas y para trabajar a partir de ellas se está estrechando mucho

Óscar Fernández: En el caso concreto del Senado, me parece interesante reflexionar sobre la propia composición de la cámara y cómo cada Estado tiene un número fijo de senadores, que es el mismo entre Estados, independientemente del total de la población. ¿Le parece que esto añade también un nuevo componente que acaso va en contra de las tendencias demográficas de los Estados Unidos y de la voluntad popular de la ciudadanía, y puede contribuir a esta sensación de frustración que se pueda estar instalando?

José Maria de Areilza: Yo creo que la mayor frustración que hay en los Estados Unidos es la desconfianza en las instituciones, y no solo en el Senado. El Senado representa los territorios a partir de un principio de igualdad: es la cámara alta. En la Cámara de Representantes, que representa a los ciudadanos, sí que hay proporcionalidad con respecto a la población y se supone que uno equilibra al otro. Y hay Estados que eran republicanos, como Colorado o Georgia, y que ahora posiblemente empiezan a girar, es decir, eso tampoco es algo totalmente inmutable y totalmente fijo. Yo creo que el gran reto de los Estados Unidos –y también de Europa– es cómo hacer que los ciudadanos vuelvan a confiar en sus representantes y evitar esta desintermediación tan perversa de la política a través de las redes sociales, a través de los mensajes populistas que denigran a los jueces, a los expertos. Cómo logramos restaurar las bases de una democracia liberal sin dejar atrás a nadie y sin convertirla en una tecnocracia, pues este ha sido el riesgo fruto quizá de una cierta arrogancia demócrata en administraciones anteriores.

Óscar Fernández: Creo que podemos quedarnos con esta reflexión para cerrar el podcast. Muchísimas gracias, profesor Areilza, por su tiempo hoy y por ayudarnos a entender un poco mejor cuál es la realidad de los Estados Unidos y, en concreto, de lo que está sucediendo con respecto a una institución tan importante como el Tribunal Supremo, y más en este momento tan crucial justo antes de las elecciones presidenciales.

José Maria de Areilza: Gracias a ti, Óscar. Ha sido un placer y, como estamos en un momento tan fluido de la política americana, creo que puede aplicarse la frase de Mark Twain sobre el tiempo en Nueva Inglaterra. Decía Twain: “Si no te gusta el tiempo en Nueva Inglaterra, espera cinco minutos”; así pues, si no te gusta lo que pasa en la política americana, espera cinco minutos.

Óscar Fernández: Muchas gracias, profesor. Y, a los oyentes, también muchísimas gracias por estar ahí, como siempre. Les emplazamos a seguir los otros podcasts o los demás contenidos que publicaremos en Do Better dentro de este ciclo que estamos dedicando a las elecciones presidenciales. Muchas gracias y un saludo a todos.

José Maria de Areilza: Muchas gracias.

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