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Koldo Echebarria

Los vínculos políticos y económicos entre Estados Unidos y América Latina han ido bajando de intensidad en las dos últimas décadas. Por un lado, China y su apetito por las materias primas ha irrumpido con fuerza, convirtiéndose en el principal socio comercial de los países del Sur y en una fuente importante de financiamiento. Además, países como Canadá, España y los propios países latinoamericanos entre sí han ido ganando influencia económica.

Por otro lado, tras el fin de la guerra fría y el declive del llamado Consenso de Washington, Estados Unidos está lejos de ofrecer un referente político con el que muchos países latinoamericanos se encuentren cómodos; con la excepción de los problemas de narcotráfico y emigración en el llamado "triángulo norte", la atención geopolítica de Washington está muy alejada de la región.

En paralelo, América Latina ha ganado peso en la política interna estadounidense. El voto latino ha ido adquiriendo más importancia para decantar el resultado en algunos estados del Sur de Estados Unidos. Un voto que era tradicionalmente demócrata pero que se ha ido dividiendo, haciendo bueno el vaticinio de Reagan de que los latinos eran republicanos pero aún no se habían dado cuenta de ello.

El voto latino ha ido adquiriendo más importancia para decantar el resultado en algunos estados del Sur de Estados Unidos

El origen de los migrantes es también un factor relevante, orientando a la órbita republicana a los provenientes de países como Cuba, Venezuela o Nicaragua, que buscan una política dura para los gobernantes de estos países. Esto, como veremos más adelante, acapara una parte desproporcionada de la atención y no ayuda a una relación constructiva.

En los países de la región, a pesar de lo que decíamos en el segundo párrafo, Estados Unidos sigue ocupando una posición central en el imaginario político. Representa muchas cosas al mismo tiempo y no coherentes entre ellas. Estados Unidos es el país al que la mayoría de los ciudadanos desearía emigrar, el que eligen para estudiar los hijos de la élite o el destino vacacional soñado por las clases medias.

Al mismo tiempo, para la izquierda latinoamericana, sigue siendo el chivo expiatorio de todos los males que aquejan a los países, al que acuden continuamente para desviar la atención de sus errores. Para las clases más acomodadas o los gobernantes a la derecha del espectro político, Estados Unidos es el ancla a la que todavía fían sus expectativas de estabilidad y seguridad.

Biden presidency
Es esperable que la presidencia de Biden desactive algunas de las medidas de la Administración Trump hacia Cuba y trate de rebajar la tensión con Venezuela (Foto: @stingrayschuller/Flickr)

Eso hace que la atención relativa que Estados Unidos y América Latina se prestan mutuamente sea muy asimétrica, baja del primero a la segunda y muy alta en sentido contrario. Y, además de asimétrica, los énfasis son muy diferentes por cada lado. Estados Unidos presta una atención desmesurada a lo que afecta a la seguridad y a lo que podemos denominar problemas pendientes de la guerra fría, empezando por Cuba y sus seguidores, como Venezuela.

Por su parte, los países latinoamericanos siempre han mirado a su vecino del norte como el motor económico de su desarrollo, buscando alianzas comerciales, flujos de capital e inversión, que, sin embargo, nunca han colmado sus expectativas. Estados Unidos nunca ha desempeñado el papel que, por ejemplo, Alemania ha jugado en Europa.

En los países de la región, Estados Unidos sigue ocupando una posición central en el imaginario político

La presidencia de Trump ha sido una buena muestra de esa relativa intrascendencia de la región para Washington. La mayor parte de sus gestos han estado marcados por las demandas de su política interna, como la obsesión inmigratoria y la satisfacción de sus votantes de origen cubano o venezolano. La mejor noticia ha sido la aprobación de un nuevo Tratado de Libre Comercio con México, inseparable de los intereses de las empresas norteamericanas. Más allá de eso, no ha habido noticias.

Es esperable que la presidencia de Biden desactive algunas de las medidas de la Administración Trump hacia Cuba y trate de rebajar la tensión con Venezuela. También cabe esperar que la mirada hacia la emigración sea más ponderada, aunque avanzar hacia cambios de fondo no va a resultar fácil. Por otra parte, no soy optimista en que la atención de Washington se vuelque en las necesidades de la región. Quizás llegue algún gesto, como una ampliación de capital para el BID, pero los intereses estratégicos de Washington están muy lejos.

Recuerdo una conversación con Fernando Henrique Cardoso en la que alguien lamentaba la falta de interés y compromiso de Washington con América Latina. Cardoso reaccionó diciendo que no siempre la atención era deseable y que existía el riesgo de que se produjera por razones incorrectas o lejanas a los intereses de la región. Abogaba por que América Latina dejara de preocuparse tanto por Estados Unidos e hiciera el trabajo de desarrollo económico y político que dependía directamente de los países latinoamericanos. Mi opinión es coincidente. América Latina haría mejor en mirar más hacia sí misma y avanzar en mecanismos funcionales de trabajo conjunto.

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