Año 2020. Toda Europa se ha confinado para combatir la crisis de la Covid-19.... ¿Toda? ¡No!

Víctor Lapuente

Un país poblado por irreductibles políticos resiste todavía y siempre la tendencia general, con una poción mágica que les hace invencibles: delegarlo todo a los científicos. El epidemiólogo de referencia de Suecia, Anders Tegnell, es autor de una investigación impresionante sobre las medidas que han funcionado mejor en la lucha contra pandemias. Sin embargo, la excesiva dependencia de los científicos puede paradójicamente haber sido perjudicial para Suecia al afrontar la amenaza del coronavirus.

Como ya decía Aristóteles, toda virtud llevada al extremo degenera en vicio. Ciertamente, las políticas deben basarse en criterios científicos, pero no exclusivamente. Y es que, en los últimos años, los criterios científicos se han vuelto tan estrictos que, de hecho, ninguna de las medidas intervencionistas que se desplegaron al inicio de la pandemia contaba con el suficiente aval empírico para que mereciera el apoyo de los científicos más exigentes.

Schools in Sweden
Un grupo de niños de una guardería durante la pandemia de Covid-19 en Liljeholmen (Foto: Alexander Farnsworth/iStock)

Tomemos, por ejemplo, el caso del cierre de las escuelas. El único país que ha mantenido la mayoría de los centros educativos abiertos ha sido, precisamente, el del epidemiólogo Tegnell, que ha llevado a cabo una de las investigaciones más relevantes sobre los efectos de cerrar las escuelas durante la pandemia. En su estudio, Tegnell señala que este cierre puede resultar efectivo, pero que depende de varios factores, muchos de ellos desconocidos cuando estalló la pandemia. Así pues, una interpretación estricta de sus conclusiones indicaría que, desde el punto de vista estadístico, no podría asegurarse que el cierre escolar resultara totalmente efectivo. En consecuencia, Suecia decidió no cerrarlas.

En cambio, otros países europeos no se basaron en los datos cuantitativos (inexistentes) sobre la efectividad de cerrar las escuelas u obligar al confinamiento, sino en los datos cualitativos de los países asiáticos que ya habían sido golpeados por la pandemia, donde parecía que efectivamente la imposición de medidas más severas había funcionado. Así que ellos también optaron por aplicarlas.

Las políticas deben basarse en criterios científicos, pero no exclusivamente

Otros países occidentales han priorizado el conservador principio de la prudencia frente al más riguroso de la ciencia. Todas las autoridades se han enfrentado al mismo dilema: o bien optar por una actitud expectante, de costes inciertos pero potencialmente gigantescos (el virus descontrolado matando a miles de ciudadanos); o bien escoger una actitud draconiana, de costes seguros (la parálisis económica), pero no tan dramáticos.

El principio de prudencia nos invita a evitar el peor escenario (una cifra enorme de muertes) a cualquier precio, y es lo que eligieron la mayoría de naciones.

Sin embargo, Suecia siguió estrictamente un principio de inferencia estadística: las desventajas de la solución draconiana eran muy claras (la imposición del confinamiento en el país impactaría en la economía), mientras que las de adoptar una actitud expectante eran difusas (nadie sabía cuánta gente podría morir). Así pues, Suecia optó por tomar ese riesgo.

Sweden
La tasa de mortalidad en Suecia es hoy entre 5 y 10 veces superior a la de sus vecinos (Foto: Hanif Jivraj/Twenty20)

Los estudiosos de las políticas públicas no estamos capacitados para valorar las razones científicas que explican por qué Suecia eligió una actitud tan arriesgada, pero podemos observar que otros países con unas características socioeconómicas, políticas, culturales, geográficas y climáticas similares, como los países nórdicos, están obteniendo unos resultados muy distintos en un mismo ámbito de actuación. En efecto, la tasa de mortalidad en Suecia es hoy entre 5 y 10 veces superior a la de sus vecinos. Todo indica que algo se ha hecho mal.

Los politólogos no estamos en condiciones de valorar si Suecia tiene unas características particulares (ya sea su sistema de asistencia a las personas mayores o su peculiar distribución de la densidad de población) que justifiquen que haya adoptado una actitud distinta no solo con respecto a los demás países nórdicos, sino básicamente al resto del mundo.

No son las medidas concretas adoptadas por el Gobierno sueco lo que nos preocupa, sino el cómo se han tomado.

En particular, nos preocupa la arrogancia y el sentimiento de superioridad frente al mundo entero que han exhibido los promotores de la política sueca. Nos llegaron a decir que las autoridades sanitarias de todo el planeta era científicos amateurs que se fiaban de las advertencias dudosas y exageradas publicadas en artículos poco contrastados, sin peer-review. Al parecer, solo los suecos estaban científicamente cualificados. Y eso es lo inquietante. Porque hemos observado en los científicos estatales suecos la actitud del fundamentalista, de quien cree excesivamente en sus propias ideas.

Hemos observado en los científicos estatales suecos la actitud del fundamentalista, de quien cree excesivamente en sus propias ideas

Tres meses atrás, muchos empezamos a intranquilizarnos en las redes sociales por la actitud más bien relajada que estaba adoptando el Gobierno sueco a la hora de combatir la pandemia, que confiaba (ingenuamente) en la responsabilidad individual de los ciudadanos, quienes adoptarían voluntariamente todas las precauciones necesarias para minimizar la propagación del virus.

Ya entonces dijimos que ojalá estuviéramos equivocados. Y esperábamos que, pese a que los datos ya reflejaban desde el primer momento la magnitud de la tragedia, la actitud de Suecia quizá podría traducirse en un caso de éxito a medio-largo plazo, incluso un modelo a seguir sobre cómo contener la pandemia sin el impacto socioeconómico de un confinamiento. Sin embargo, cada día que pasa resulta más evidente que Suecia estaba cometiendo un error.

Con todo, desde el punto de vista de la ciencia política, el problema no es este. La auténtica medida de un liderazgo político no es acertar, sino saber modificar el rumbo cuando te has equivocado. ¿Cómo? No sabemos exactamente qué medidas deben adoptarse, pero es evidente que han de realizarse algunas actuaciones públicas en todo el país, especialmente en regiones como la de Västra Götaland, que están registrando un incremento preocupante de los casos de Covid-19. La razón es tan simple como cruel: en ciudades como Gotemburgo se están muriendo personas que, si vivieran en Oslo o en Copenhague, no verían peligrar sus vidas. Así pues, ha llegado el momento de que el país más conocido en el mundo por proteger a sus ciudadanos haga honor a su fama.

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