Robots: ¿Puede existir la conciencia artificial?

Por Josep F. Mària, SJ

Josep es un estudioso de las tecnologías y de cómo pueden influir en la vida social del futuro. Una de las tecnologías más desarrolladas en los últimos tiempos es la de los robots.

La palabra robot viene del checo robota y significa trabajo o trabajo duro. Según Josep, la mejor caracterización de lo que es un robot es: “Aquel ingenio mecánico que nos ayuda a pensar en qué nos hace propiamente humanos”.

Afinemos. Hay muchos tipos de ingenios mecánicos: algunos sin autonomía (por ejemplo, los robots de cadenas de montaje que repiten acciones), y otros programados con técnicas de inteligencia artificial (IA), que les dan una cierta autonomía para resolver problemas.

Los robots más avanzados son ingenios mecánicos programados con IA y diseñados con una forma más o menos humana.

Los robots con inteligencia artificial aplican programas mucho mejor que los humanos

De hecho, los robots con inteligencia artificial aplican programas mucho mejor que los humanos. Por ejemplo, ahora ya no hay ningún humano que gane a un programa de IA de ajedrez.

También hay robots que procesan el lenguaje humano oral en toda su complejidad, incluyendo los dobles sentidos y las ironías. Por lo tanto, si lo que nos hiciera propiamente humanos fuera la capacidad de resolver eficazmente problemas racionales en base a programas, entonces los robots no solo serían humanos, sino más que humanos...

Pero los humanos, además de inteligencia, tenemos capacidad de intimidad con los demás humanos. Esta intimidad está relacionada con nuestro cuerpo y su historia, es “la conciencia encarnada, la experiencia en primera persona, en mente y cuerpo” (Marco Schorlemmer, IA - CSIC).

La propia corporalidad y su historia nos permiten conectar con nuestra intimidad y la de los demás: con su historia física, su historia psicológica, su historia social y cultural. Pienso que los robots no pueden conectar con la intimidad humana porque ellos mismos no tienen cuerpos de carne y hueso que hayan crecido con estas historias. Como dice la socióloga Sherry Turkle, “no habrá nunca una época de la intimidad artificial”.

Hay robots que procesan el lenguaje humano oral en toda su complejidad, incluyendo los dobles sentidos y las ironías

En segundo lugar, los humanos tenemos conciencia del origen gratuito de la propia existencia. Conciencia de que fuimos engendrados por un acto de intimidad entre nuestros progenitores, y de que hemos crecido gracias a actos repetidos de intimidad hacia nosotros por parte de nuestra familia, nuestros amigos, nuestra escuela, etc.

Conciencia que no estamos diseñados ni educados con una finalidad exclusivamente utilitaria. Y es esta conciencia la que nos hace percibirnos con gozo y nos hace percibir con gozo a los demás humanos, a pesar de las limitaciones propias de la corporalidad y a pesar de los errores que cometemos y que un robot… no cometerá jamás.

En tercer lugar, los humanos somos capaces de meditar; es decir, de percibir, de manera a la vez profunda y perspectiva, la intimidad y la gratuidad del propio origen:

“Los humanos somos capaces de silenciarnos, de desaferrarnos de nuestros pensamientos, de nuestras imágenes, de nuestros modelos, y es en este silenciamiento absoluto donde brilla plenamente la libertad y la creatividad de la realidad, y que dejamos que nos atraviese. Los sistemas computacionales de procesamiento de la información siempre serán eso: procesadores de información, no son capaces de desprenderse de las formas y abrazar la no forma, la no-dualidad. En breve: una inteligencia artificial no medita.” (Marco Schorlemmer).

Los robots solo proyectan y mejoran nuestra racionalidad, no nuestra intimidad

Entonces, ¿por qué construimos robots? Quizás dotamos de forma humana a ciertos programas de inteligencia artificial, porque nos queremos proyectar como humanos: “Son nuestros espejos. En realidad, al mirarlos, nos miramos” (Ken Goldberg, catedrático de Robótica en UC Berkeley).

Queremos proyectarnos en todo lo que hacemos. Pero los robots solo proyectan (y mejoran) nuestra racionalidad, no nuestra intimidad.

Al fin y al cabo, como dice Mia Levitin, “el riesgo no es que haya robots que se parezcan a personas, sino que las personas empiecen a parecerse a los robots”. El riesgo es que, en nombre de la racionalidad, expulsemos de nuestras relaciones la intimidad (corporalidad, gratuidad, silenciamiento-meditación) que las hace profundamente humanas.

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