Coronavirus: la gestión del riesgo en las cadenas de valor globales

Por Luis Torras

El inicio del año se ha visto sumamente marcado por la epidemia de neumonía con epicentro en la provincia china de Hubei. Se trata de una nueva mutación de coronavirus, de la misma familia que el brote vírico del SARS que ya desestabilizó la economía de esta región en 2003, pero mucho más contagiosa.

La gran diferencia con respecto a otras crisis sanitarias similares es que esta cepa en concreto se contagia incluso antes de que una persona afectada por el virus presente los síntomas.

Basta una comparación con lo que sucedió en 2003 para entender la enorme preocupación por el tema.

Entonces, el SARS llegó a afectar a poco más de 8.000 personas en los nueve meses en que tardó en controlarse el brote, con una tasa de mortalidad del 9,6 %. Desde que se registró el primer caso del nuevo coronavirus en Wuhan en los últimos días de 2019, en menos de dos meses ya se han reportado –que sepamos– más de 60.000 casos y se especula que podrían ser más.

Debido a la naturaleza del contagio del virus, las autoridades chinas se han visto obligadas a cerrar ciudades enteras y a limitar enormemente la libre circulación de personas y mercancías.  

El parón industrial de parte de China podría tener consecuencias muy importantes en términos de coste y suministro para el conjunto de la economía mundial

Por otro lado, el contexto de esta nueva crisis sanitaria en China es radicalmente diferente al de entonces. 

En 2003, China únicamente representaba el 4 % del PIB mundial y, pese a que ya era la fábrica del mundo, las cadenas de producción no eran tan globales como hoy: mal que bien, el eje formado por Estados Unidos y Europa dominaba el plano político global, que tampoco estaba tan fragmentado como hoy, en un escenario en que Occidente está aun tremendamente afectado por la resaca de la crisis financiera

Hoy, China representa el 18 % del PIB mundial y su demanda es esencial en la evolución de prácticamente cualquier materia prima, además de concentrar buena parte de la capacidad fabril en muchos sectores: el textil, el industrial, el de la automoción y, cada vez más, el tecnológico, como una potencia importante.

Coronavirus laboratory
Pasajeros en un tren de Wuhan durante el brote de coronavirus en Hong Kong (Foto: Matt Leung/iStock)

La conjunción de estos dos elementos explica el estado de preocupación generalizada por los costes que puedan derivarse de esta crisis, cuyas consecuencias podrían alargarse todavía en el tiempo.

También existen los costes concretos en la partida del consumo, que siempre tienen una incidencia menor ya que una porción de este consumo irá a otras partes de la economía o podrá recuperarse con el tiempo. Por ejemplo, la persona que la semana pasada no se pudo comprar un teléfono móvil o un coche, probablemente lo haga cuando la economía se normalice. 

Hay un tipo de consumo que muchas empresas están perdiendo irremediablemente: por ejemplo, los cafés que no se han tomado en los Starbucks en estas últimas tres semanas, por estar cerradas las tiendas, ya no se recuperarán.

Esta cuarentena drástica para tratar de cortar de raíz la expansión del virus arroja una alargada sombra sobre todas las cadenas de valor globales

Los efectos verdaderamente relevantes los encontramos en la dimensión de los bienes de capital y en el sector industrial. Como es sabido, cuando una fábrica interrumpe su actividad incurre en unos costes que pueden llegar a ser muy elevados. Se paran las líneas de producción, se cancelan pedidos y se dejan de servir unos componentes que sirven de insumos a lo largo de la cadena de valor.

Estos procesos pueden verse o no afectados directamente por el coronavirus pero, en cualquier caso, se verán afectados si se les cierra el suministro.

Ante esta situación, toca tirar de existencias, y en ello las cadenas de valor globales, cada vez más acostumbradas al just-in-time, van muy justas, hasta el punto de que igual ellas también tendrán que realizar parones o ajustes más o menos importantes de producción. 

Si el parón se alarga, se verán obligadas a buscar alternativas, sin duda a precios más elevados. Se trata de una dinámica inflacionista pero que también tiene un recorrido, ya que estos stocks también acabarán por agotarse, con lo cual pondrán en riesgo una parte muy relevante del sector industrial y del comercio global.

Ahora, la clave de todo es contener la epidemia y restaurar la salud pública

Contener la epidemia y restaurar la salud pública debería ser la primera y única preocupación de las autoridades chinas

Esta debería ser la primera y única preocupación de las autoridades chinas, siempre opacas ante la fiscalización de sus políticas. 

El segundo elemento importante de la ecuación son los tiempos. Como ya hemos dicho, esta cepa vírica, a diferencia de otras similares, se caracteriza porque es muchísimo más contagiosa, lo cual ha obligado a limitar la movilidad de las mercancías y de las personas para contener el brote.

Como han mostrado diferentes corresponsales estos días, muchas ciudades de la provincia de Hubei y de otras áreas afectadas de las zonas más fabriles del país se han cerrado a cal y canto. 

Esta cuarentena drástica para tratar de cortar de raíz la expansión del virus arroja una alargada sombra sobre todas las cadenas de valor globales, cada vez con unos stocks más limitados a medida que se va alargando el parón industrial de parte de China. Y que, llegado el momento, podría tener unas consecuencias muy importantes en términos de coste y suministro para el conjunto de la economía mundial.

Esperemos que antes de llegar a esta situación de estrés máximo en los diferentes eslabones de la cadena de producción, las autoridades sanitarias chinas hayan logrado contener el número de infectados y que el sector farmacéutico haya dado con una vacuna o un tratamiento paliativo que mantenga controlada la ratio de mortalidad de la infección, para evitar un escenario potencialmente desestabilizador.

La epidemia del coronavirus ha estallado en un momento caracterizado por un endeudamiento récord a escala global

Y, por si todo lo anterior no fuera ya una situación tremendamente delicada, la epidemia del coronavirus ha estallado en un momento caracterizado por un endeudamiento récord a escala global, principalmente del sector público, en que todos los bancos centrales están inyectando liquidez a unos niveles nunca vistos.

La Fed hace ya casi tres meses que ha expandido de nuevo su balance, inundando los mercados financieros de liquidez.

Recientemente, y como parte del paquete de medidas de contención de los efectos del coronavirus, el gobierno chino ha anunciado un nuevo bloque de medidas expansivas, tanto en el ámbito fiscal como en el monetario. Es un nuevo impulso a la liquidez en un momento de gran inflación de los activos financieros que obliga a los gobiernos y a los bancos centrales a asumir aún más riesgo como “mal menor”, piensan, antes de dejar seguramente la economía global a las puertas de una nueva recesión.

Finalmente, el análisis del momento del ciclo económico también resulta complejo ya que, si bien en el anterior ciclo expansivo los riesgos se concentraron en el sector privado y luego experimentaron un ajuste severo, lo cierto es que en el ciclo actual, que arranca a finales de 2012, los salarios reales han permanecido planos y los excesos en la gestión del riesgo vienen por el lado del déficit público, crónico en muchos países, y del crecimiento de los balances de los bancos centrales.

Una dinámica insólita, de final incierto y que hace que, en definitiva, la incertidumbre por el coronavirus sea como llover sobre mojado.

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