Covid-19: una nueva amenaza para la seguridad y la defensa europea

Por Ana Sánchez Cobaleda

En el 2020 toda Europa, así como el resto del mundo, se ha visto azotada por la mayor crisis de salud pública de los últimos cien años: la pandemia de la covid-19. Declarada como tal por la Organización Mundial de la Salud (OMS) a comienzos del 2020, esta enfermedad ha dejado en stand-by a países enteros, y con ellos, a sus ciudadanos y economías.

En el momento de redactar este artículo, todavía se desconoce la magnitud de las consecuencias de esta tragedia que, en términos humanos, ha causado estragos en todo el continente, y cuya sombra se empieza a proyectar tan alargada como parecían predecir los peores augurios.

La seguridad y la defensa, así como la industria militar y las políticas encaminadas a desarrollar el sistema de seguridad europeo van a verse, en consecuencia, afectados y es esperable una fuerte sacudida en las tendencias de evolución del sector.

Si bien es complicado hacer predicciones sobre el impacto de la crisis del coronavirus en la seguridad europea en general, estudiar el papel desarrollado por algunas de las instituciones que la componen –OTAN, UE, FFAA nacionales– puede dar algunas indicaciones sobre un posible futuro próximo.

Covid-19 security
Las pandemias y enfermedades contagiosas son importantes amenazas que, previsiblemente, seguirán materializándose como consecuencia del mundo globalizado y los daños medioambientales (Foto: Pasquale Senatore)

En cualquier caso, conviene tener presente que "los grandes acontecimientos aceleran el ritmo de la historia, no le dan un giro de 360 grados", tal y como recordaba recientemente Josep Borrell, el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y Vicepresidente de la Comisión Europea, de manera que esta crisis viene a exacerbar y ahondar en los problemas ya presentes en el sector con anterioridad a la pandemia.

Efectivamente, la de la covid-19 es, para todas las instituciones, una crisis –probablemente la más grave en décadas– que viene a sumarse a otras crisis de menor o diferente envergadura que existían antes de la pandemia.

Tanto la UE como la OTAN tienen retos internos que, aunque puedan parecer que pasen a un segundo término por motivo de la urgencia con la que la pandemia ha irrumpido en sus esquemas, en la realidad no solo siguen presentes, sino que, en muchos casos, se verán agravados por las consecuencias de la crisis sanitaria.

Entre las muchas dificultades que puede plantear la crisis de la covid-19, destacan tres:

En primer lugar, se prevé que tanto los Estados individualmente, como las organizaciones internacionales dedicadas a la seguridad y la defensa, acusarán la falta de prioridad en la asignación de fondos a sus presupuestos. Ante las grandes carencias del sistema sanitario y de prevención que ha destapado la crisis de la covid-19, y ante la evidencia de que las pandemias y enfermedades contagiosas son importantes amenazas que, previsiblemente, seguirán materializándose y propagándose como consecuencia, entre otras cosas, del mundo globalizado y los crecientes daños medioambientales, es de esperar que la prioridad de los gobiernos sea la de invertir en sus sistemas de salud, en mecanismos de prevención y en la recuperación de las sociedades y economías devastadas tras esta crisis.

Sin duda, las proyecciones económicas posteriores a la crisis son desalentadoras para todos los sectores, incluido el de la seguridad y defensa que, debilitado ya por tensiones geopolíticas con anterioridad a la pandemia, acusará también el impacto.

Se prevé que tanto los Estados individualmente, como las organizaciones internacionales dedicadas a la seguridad y la defensa, acusarán la falta de prioridad en la asignación de fondos a sus presupuestos

Ni en foros internacionales ni en parlamentos nacionales va a ser fácil comprometer el 2 % del PIB en defensa, entendida como capacidades militares. Difícilmente podrá lograrse cumplir con los compromisos ya asumidos, por lo que, con mayor motivo, costará asignar nuevos y más amplios presupuestos a la seguridad y la defensa.

Podrá esperarse un incremento en hospitales, prevención y preparación. Ahora bien, las ambiciones de defensa que en el marco de la UE o de la OTAN requieren de inversiones por parte de los Estados no van a ser prioritarias, al estar estos ahora lógicamente centrados en frenar la pandemia. Si la obtención de recursos ya estaba sometida a presión anteriormente, cabe esperar que esta presión solo aumente ante la disyuntiva de destinar a defensa aportaciones que pudieran beneficiar a la sanidad.

En segundo lugar, es posible que se reavive el debate referente a la necesidad de redefinir lo que se entiende por "seguridad". Son varias las voces que, en el contexto de la crisis sanitaria actual, se levantan para plantear una nueva definición de este término.

Ello no debería sorprender, en tanto que, al fin y al cabo, esta amenaza de enorme envergadura y profundísimo impacto, no siempre está cubierta por la definición de seguridad que se basa en la vertiente militar del concepto. Y, en consecuencia, los medios e instrumentos militares tradicionales no resultan efectivos para dar respuesta a una crisis de esta naturaleza, por mucho que hayan abundado –sobre todo en los medios de comunicación– las referencias bélicas a la "guerra contra el virus".

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Los medios e instrumentos militares tradicionales no resultan efectivos para dar respuesta a una crisis de esta naturaleza (Foto: P. Prevost/Twenty20)

Efectivamente, el enfoque principal desde el que se han aportado soluciones a esta pandemia no es el de la seguridad y defensa, sino el de la sanidad y la salud pública. El multilateralismo y la cooperación internacional tienen mucho que aportar y, en este caso, han sido las organizaciones dedicadas a la salud y la medicina (con la OMS desempeñando un rol central) quienes han propuesto las respuestas.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que la seguridad biológica entra de lleno en el concepto de seguridad militar que está perfectamente amparado por los parámetros de lucha contra la no proliferación de armas nucleares, biológicas y químicas (NBQ) establecidos por la OTAN.

Si bien la defensa NBQ forma parte del mandato de la Alianza Atlántica o de los ejércitos nacionales, al no ser la covid-19 un ataque biológico intencionado, alianzas político militares como la OTAN, los mecanismos de seguridad y defensa de la UE, o las propias Fuerzas Armadas (FFAA) nacionales se han convertido en meros colaboradores en los esfuerzos realizados contra el virus. 

Prácticamente todos los Estados de la UE han recurrido a sus FFAA ya sea para construir hospitales, habilitar refugios, distribuir alimentos, evacuar y repatriar ciudadanos o transportar suministros médicos y equipos de protección.

Asimismo, la OTAN ha asistido a los aliados y a sus asociados a través de su centro euro-atlántico de coordinación de respuestas ante desastres y su iniciativa Rapid Air Mobility (RAM), para enviar equipos y suministros esenciales. Todas ellas tareas fundamentales y loables al servicio de la salud y bienestar de la sociedad, y a la vez, alejadas del contexto belicista de "campo de batalla" en el que se presupone la presencia del ejército.

Prácticamente todos los Estados de la UE han recurrido a sus FFAA ya sea para construir hospitales, habilitar refugios, distribuir alimentos, evacuar y repatriar ciudadanos o transportar suministros médicos

Efectivamente, puesto que con este virus no se acaba con un tanque, puede que esta crisis contribuya a la expansión de esa noción de "seguridad" más amplia que incluye la dimensión humana del término, que hace referencia directa a la resiliencia y que siempre tiene en consideración la dimensión civil de la seguridad –como, de hecho, ya hacen organizaciones como la UE o la OSCE–, sin atender al origen de la amenaza e independientemente del sector del que provenga la solución.

El tercer y último aspecto aquí destacado es, posiblemente, el más preocupante de los tres para las organizaciones internacionales: el cuestionamiento por parte de –quizás amplios– sectores de la sociedad de la utilidad del multilateralismo y la cooperación internacional. Este argumento podría jugar particularmente en contra del proyecto de integración europeo en su conjunto, más que en contra de la OTAN.

Esta última tiene su mandato muy definido y los tres pilares en los que se sustenta –defensa colectiva, gestión de crisis y seguridad cooperativa– no van a verse tan afectados por el coronavirus, en tanto que las amenazas para las que la OTAN fue creada continúan vigentes y pueden ser combatidas haciendo uso del mandato recogido en el Tratado de Washington (aunque puede haber lugar para cuestionar los elevados costes del mantenimiento de una alianza militar de esta envergadura si, ante una amenaza no militar pero también letal, resulta impotente).

La falta de supuesta solidaridad durante la pandemia no sería atribuible a la UE, la cual –conviene recordar–, no tiene competencia en materia de sanidad

Ahora bien, ese cuestionamiento, esa falta de confianza en la cooperación multilateral, puede hacer mella especialmente en las instituciones de la UE. Y ello no deja de resultar paradójico, ya que el valor añadido de la UE como proveedor de seguridad se podría haber puesto de manifiesto, esto es, poniendo en práctica su enfoque integrador (comprehensive), basándose en entidades civiles, en una concepción de la seguridad más amplia que la meramente militar (incluyendo la dimensión humana), enfatizando el trabajo conjunto de prevención y planeación... En definitiva, empleando las muchas herramientas (toolbox) de las que dispone para hacer frente a esta crisis que, precisamente, no es militar.

Pero, en la práctica, la primera reacción fue descoordinada, desigual y percibida en muchos Estados como insolidaria. Ahora bien, esa falta de supuesta solidaridad no sería atribuible a la UE, la cual –conviene recordar–, no tiene competencia en materia de sanidad, por lo que tales actitudes corresponderían, en su caso, a determinados Estados miembros de la UE.

En cualquier caso, posteriormente, llegaron los primeros cambios desde la UE, tratando de rectificar el daño causado por la falta de respuesta inicial. Así, a lo largo de los pasados meses, esta ha ido tomando las medidas que estaban a su alcance, ofreciendo propuestas en el marco de la Comisión, el Banco Central Europeo e, incluso, el Consejo Europeo, que, en última instancia, ha tomado decisiones determinantes en el ámbito económico.

El reciente acuerdo del Consejo Europeo, conforme al cual los Estados miembros movilizan en común gran cantidad de recursos económicos en beneficio de los países más afectados por la pandemia, pone de manifiesto no solo una evidente apuesta por la solidaridad, sino la continuación del proceso de integración europeo.

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