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Por un mundo equitativo, neutro en carbono y positivo en biodiversidad

Rafael Sardá

Hace unos días, Antonio Cerrillo, el excelente periodista de La Vanguardia especializado en temas de cambio climático, escribía un tuit sobre sus lecturas pendientes ahora que llega la Navidad, entre ella “The decade we could have stopped climate change”. Esta narrativa fue publicada en el magazine de The New York Times en verano de 2018 por Nathaniel Rich y aún se puede leer allí. El texto se refiere al período de 1979 a 1989, una década decisiva en que ya conocíamos todo lo necesario sobre el cambio climático para actuar al respecto y estuvimos a punto de hacerlo, eso es, de dar con una solución, pero que al final no lo hicimos.

Si bien en los años setenta ya sabíamos toda la ciencia básica acerca del cambio climático, acaso no disponíamos entonces de los modelos actuales y algunos científicos aplicaban el principio de la incerteza. Pero, como ahora, había otras preocupaciones que parecían más prioritarias y finalmente las decisiones sobre la crisis climática se dejaron en “stand-by”, para más adelante. Ahora sabemos lo difícil que será estabilizar las temperaturas conforme a los objetivos suscritos.

Han transcurrido casi cuarenta años desde entonces; el mes pasado, concluyó la COP26, la Conferencia de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC), que se había aplazado el año pasado debido a la COVID-19. Evaluando sus conclusiones, se podrá ver el vaso medio lleno o medio vacío, aunque deberíamos ser positivos, pues desde la positividad los mensajes llegan mejor… Pero lo cierto es que la Conferencia no ha servido para incrementar el nivel de ambición de los países hasta donde era necesario, al menos de aquellos países que pueden y debieran actuar al respecto, y aún estamos lejos de poder aspirar a lograr los objetivos firmados en el Acuerdo de París.

El artículo “A Nature-Positive World: The Global Goal for Nature”, abogaba por unos objetivos de protección de la biodiversidad que deberían alcanzarse en los próximos años o décadas

Podríamos analizar los avances de la COP26, que los ha habido; la reducción (finalmente se ha optado por no utilizar la palabra eliminación) progresiva del carbón como fuente energética, la reducción sin concreción (que no eliminación) de los subsidios a los combustibles fósiles, la reducción de las emisiones de metano (un 30% en 2030), los acuerdos de cooperación entre países o las cuestiones urgentes relacionadas con el incremento de la financiación y las ayudas tecnológicas, un campo en que entrará con más fuerza el sector privado, que está llamado a ser decisivo, tarde o temprano. Sí, podríamos hacerlo. Pero ahora quisiera centrarme en otro de estos grandes acuerdos de la COP26, el primero en ser adoptado: frenar la deforestación para 2030 o, lo que es lo mismo, proteger (en positivo) la biodiversidad.

En 2021, se publicó un artículo muy influyente, firmado por representantes globales y agentes destacados de la sociedad civil –la International Union for Conservation of Nature (IUCN), el World Business Council for Sustainable Development (WBCSD) o las ONG más importantes del planeta: WWF, Yukon Conservation, Imagine y Nature Conservancy, entre otras. El artículo, titulado “A Nature-Positive World: The Global Goal for Nature”, abogaba por unos objetivos de protección de la biodiversidad que deberían alcanzarse en los próximos años o décadas: “Zero net loss of nature from 2020, net positive by 2030, and full recovery by 2050”, y daba respuesta a un mensaje aún mayor de la sociedad civil, un mensaje que las Naciones Unidas hizo suyo y envió a todos los jefes de Estado: la necesidad de avanzar hacia un mundo equitativo, neutro en carbono y positivo en biodiversidad para 2050 (“equitable, carbon-neutral, nature-positive world for 2050”) como gran reto de la humanidad para la primera mitad del siglo XXI.

Con relación a la variable ambiental de este objetivo, existe una emergencia climática, sí, pero también una emergencia relacionada con la biodiversidad, y ambas emergencias caminan hoy asidas de la mano. El problema con la biodiversidad es tan crítico como el climático y ambos están relacionados, como bien indican los trabajos sobre los límites planetarios (planetary boundaries). Como bien señalaba el secretario general de las Naciones Unidas en diciembre de 2020: “Humanity is waging a war on nature. This is suicidal. Making peace with nature is the defining task of the 21st century. It must be the top, top priority of everyone, everywhere”. Debemos actuar.

El problema con la biodiversidad es tan crítico como el climático y ambos están relacionados

La aplicación de este concepto puede conducirnos a situaciones paradójicas y a la necesidad imperiosa de mejorar los procesos de comunicación ambiental. Combatir el cambio climático es necesario, sin duda, pero combatir el cambio climático no puede significar dar pasos atrás en la protección de la biodiversidad, y más cuando existen otras alternativas. Permítanme que les ponga un ejemplo de aquí, en Cataluña. Recientemente, se ha anunciado la hoja de ruta de la energía eólica en España y, con ella, de la eólica marina. Una vez aprobada esta hoja de ruta, se ha anunciado un parque eólico marino frente a la bahía de Roses, en su plataforma continental. La industria ve posibilidades de negocio en este campo y transmite un mensaje relacionado con la variable climática “energía limpia, de punto cero y con sostenibilidad ambiental”.

Sin embargo, históricamente esta zona se ha destinado a la conservación de la biodiversidad y está ampliamente protegida; es un área muy dinámica, como consecuencia precisamente del viento y del aporte de nutrientes procedentes del Ródano, que propicia una zona de alta productividad que alberga la mayor riqueza ecológica del Mediterráneo noroccidental (un hotspot de biodiversidad). Es, pues, una plataforma continental que actúa de “nursery” de especies para la pesca comercial, la cual está vedada para proteger precisamente ese hábitat, que es el sustento de importantes poblaciones de muchas especies y de aves marinas, algunas muy protegidas –como, por ejemplo, la pardela balear, en estado crítico (que figura en la “red list” de la IUCN). Se trata de un conector importante para las áreas marinas “estrictamente protegidas” que la bordean, por donde circulan los nutrientes que generan la alta producción biológica de nuestros cañones submarinos, donde abundan los corales fríos y el krill, pequeños crustáceos que son la base alimenticia de las ballenas que nos visitan cada año.

En esta zona, no deberíamos incrementar la presión humana sobre el ecosistema, sino todo lo contrario, disminuirla, y proteger el área en consonancia con lo que acabamos de comentar. No es un área que requiera un proceso de industrialización, sino más bien una zona donde debería habilitarse una mayor zona de protección, algo así como el “Parque Nacional de los Cañones del Ampurdán”, en mayúscula, para gestionar correctamente las actividades humanas y poder así mantener para el futuro los bienes y servicios que obtenemos de su ecosistema. Además, España ha firmado recientemente la política europea de protección del 30% de nuestro medio natural, que también incluye el marino (en la actualidad, solo protegemos alrededor del 10%). No todo es compatible y, si hay alternativas, deben buscarse, y en materia energética las hay. Las dos emergencias –la climática y la de la biodiversidad– van juntas y, en la búsqueda de soluciones, deben tenerse ambas en consideración.

España ha firmado recientemente la política europea de protección del 30% de nuestro medio natural, que también incluye el marino

Faltan pocos días para Navidad. Hemos entrado en otra década decisiva, pero a la acción climática se le ha sumado la acción de protección de la naturaleza. Necesitamos crear un mundo que sea equitativo, donde las personas puedan vivir bien –no olvidemos la variable social de la sostenibilidad–, pero necesitamos crear también un mundo neutro de carbono y que restaure (no que destruya) la biodiversidad que perdimos; todo junto. Si nuestra neutralidad en carbono se basa en degradar más el funcionamiento de nuestros sistemas naturales, no solucionaremos el problema, sino que irá a peor; si la variable ambiental no va de la mano de la igualdad y la justicia social, dará lugar a más conflictos. Además, las poblaciones humanas solo pueden funcionar bien si el hábitat que las alberga funciona adecuadamente.

Hacer un mundo equitativo, neutro en carbono y positivo en biodiversidad ha de ser posible. Este objetivo también debiera ser básico en la formación de los valores, las capacidades y los conocimientos de los ejecutivos del futuro, nuestros actuales estudiantes, pues son ellos quienes realmente tendrán que gestionar y dar respuesta a los problemas que hemos creado por no haber solucionado algo que desde hace muchos años sabíamos que llegaría. Como profesor e investigador, sería para mí muy triste que mis nietos leyeran algún día algo así como “The decade we could have stopped the loss of biodiversity” y pensaran por qué no lo hicimos.

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