Del cumplimiento normativo a las expectativas de los 'stakeholders'

Enrique Rueda-Sabater

This article is part of EsadeGeo's series on transformational dynamics

Tradicionalmente, el cumplimiento se ha centrado en la normativa vigente y las empresas usualmente lo han combinado con las funciones relacionales o con los asuntos de gobierno. Pero, a raíz de las expectativas crecientes de un número cada vez mayor de stakeholders, acaso deba sustituirse este estrecho enfoque con una visión periférica más amplia que contemple unos horizontes a más largo plazo. La omnipresencia de las redes sociales está facilitando la movilización de los interlocutores y las presiones que ejerce el cambio climático también juegan un papel relevante. Una manifestación prominente de esta nueva dinámica de los stakeholders es la atención generalizada que se está a los criterios y a las métricas en torno a los objetivos medioambientales, sociales y de gobernanza (ESG).

La normativa –básicamente la nacional, pero también la de algunos acuerdos internacionales– se ha ampliado a medida que el mundo de los negocios se ha ido convirtiendo en una realidad más compleja e interconectada. Ello se ha producido en prácticamente todos los sectores (aunque su impacto ha sido mayor en algunos de ellos, como el financiero, el sanitario y el de los servicios públicos) y ha conducido a la creación de unidades de cumplimiento. Además del cumplimiento, una forma usual de gestión de los stakeholders se ha realizado bajo la forma de la “responsabilidad social corporativa”, que también refleja una visión de los stakeholders que ahora resulta demasiado estrecha, puesto que se espera que las empresas rindan cuentas ante un conjunto creciente de actores de la sociedad civil y satisfagan sus expectativas. La imagen de marca y otros aspectos de la reputación corporativa también han sido, a menudo, objeto de atención –especialmente en las empresas con mayor exposición directa a los mercados de consumo– y han sido gestionados por los departamentos de relaciones públicas.

La palabra stakeholders se ha utilizado tradicionalmente para designar aquellas instituciones o colectivos que tenían un interés en las operaciones o las actividades de una empresa, o que podrían verse afectados por las consecuencias de estas. Los stakeholders primarios o más directos son los miembros del consejo, los empleados y los inversores, mientras que los secundarios o indirectos pueden ser los clientes, los acreedores o los proveedores, así como las organizaciones de la sociedad civil y los gobiernos de los países en que opera la empresa (incluyendo los que podrían denominarse burdamente “stakeholders autodesignados”). Los accionistas son un tipo único de stakeholders, en el sentido de que tienen un interés financiero en la empresa y votan las principales decisiones relativas a la organización y a los negocios de la empresa.

El modelo de stakeholder ha ido evolucionando en importancia y sofisticación, y ampliando la visión tradicional del propósito comercial de las empresas

El modelo de stakeholder ha ido evolucionando en importancia y sofisticación, y ampliando la visión tradicional del propósito comercial de las empresas. En 2019, la Business Roundtable reveló su nuevo modelo de stakeholder señalando que las empresas existen para servir a múltiples stakeholders –entre ellos los clientes, los empleados, las comunidades, el entorno y los proveedores–, además de los accionistas. Este nuevo modelo fue apoyado públicamente por 181 CEO de grandes empresas y fue reconocido como un “cambio importante de filosofía” (“a major philosophical shift”, Wall Street Journal), que “acababa con décadas de arraigada ortodoxia corporativa” (“breaking with decades of long-held corporate orthodoxy”, New York Times).

Queda por ver si este pronunciamiento y reconocimiento es algo más que un impulso momentáneo o, efectivamente, constituye un punto de inflexión, pero por lo menos viene a confirmar que actualmente las empresas deben hacer frente a las expectativas de un grupo bastante más amplio de stakeholders –y de temas– que hasta hace poco. El reconocimiento de este hecho puede tener un impacto sustancial en el diseño de los incentivos corporativos y sus métricas, en la comunicación y en otras áreas de gobierno –y va a implicar reformular los procedimientos de rendición de cuentas, incluyendo a los accionistas, de formas no diluyentes.

Dos manifestaciones muy visibles de la nueva influencia de los stakeholders giran en torno al pacto ESG: una es el desplazamiento masivo de activos hacia los fondos denominados ESG; la otra es la rápida aceptación del reporte de los criterios ESG por parte de las principales empresas. Tras estas dos tendencias está la búsqueda de una métrica y de unas credenciales que respondan a las expectativas de los stakeholders de forma paralela a las métricas financieras en que se basan los accionistas a la hora de tomar decisiones de comprar o vender acciones de la empresa.

Etiquetar o reconvertir los fondos como sostenibles desde el punto de vista medioambiental les permite aprovechar una gran demanda inversora y justificar mejor las comisiones que cobran por realzar selecciones activas de valores

Las definiciones ESG –y sus correspondientes marcos de evaluación– son muy fluidas y es probable que pasen algunos años antes de que surjan y se consoliden unos estándares en que se pueda confiar de forma similar al papel que desempeñan las convenciones contables en el campo de las finanzas. La mayoría de las definiciones cubren los siguientes aspectos de cada uno de los tres componentes:

  • Medioambiental (con frecuencia denominado también con el término sostenibilidad). Se refiere a los programas de acción contra el cambio climático (incluyendo las emisiones de carbono y el uso de fuentes energéticas renovables), la contaminación, la biodiversidad, el estrés hídrico y el uso de otros recursos naturales.
  • Social, probablemente, es el componente que tiene menos definido su alcance, pero en general se refiere a las políticas y a los programas relacionados con el trabajo (como la seguridad, la diversidad y la inclusión) y con las comunidades (como las oportunidades, los derechos humanos y la protección de la intimidad).
  • Gobernanza. Se refiere a la ética, a la integridad, a la remuneración de los directivos y a la protección de los denunciantes, como también a otras cuestiones de gobierno corporativo más tradicionales, como la transparencia, la composición del consejo y su independencia, o la protección de las minorías y de los accionistas.

El interés por los productos asociados a los criterios ESG ha ofrecido una oportunidad propicia para los gestores de activos. Etiquetar o reconvertir los fondos como sostenibles desde el punto de vista medioambiental les permite aprovechar una gran demanda inversora y justificar mejor las comisiones que cobran por realzar selecciones activas de valores. Pero los fundos ESG indexados y de bajo coste crecen más rápidamente que los gestionados activamente que impulsaron el movimiento de la inversión ESG. Los activos totales de los casi 6.000 fondos ESG que existen en todo el mundo (según datos de Morningstar, publicados por el Financial Times) alcanzaron prácticamente los 3 billones de dólares a finales de 2021 –el triple del volumen que tenían dos años antes. Tres de cada cuatro eran activos europeos, pero el crecimiento registrado en 2021 fue mayor en el resto del mundo, especialmente en los Estados Unidos (donde gran parte de las carteras de fondos ESG están en valores tecnológicos –lo cual significa que su valor de disparó en 2021 y ha experimentado episodios de volatilidad y algunos contratiempos a principios de 2022).

ESG-Compliance

Dada la fluidez de la definición de los criterios ESG, no debe sorprender que parte del crecimiento de los activos ESG sea debido a una “inflación en su clasificación”. En la UE, la normativa sobre la divulgación de información relativa a la sostenibilidad, que se basa en alcanzar los objetivos del Acuerdo de París sobre el clima, introdujo nuevas exigencias de divulgación de información para los fondos, que se clasifican en diferentes categorías según su grado de orientación a la sostenibilidad. En consecuencia, poco después de hacer públicas sus últimas estadísticas, Morningstar está revisando a fondo qué fondos gestionan activos que considera que se orientan a la sostenibilidad y, al parecer (según el Financial Times), más de un billón de dólares de los fondos europeos podrían desaparecer de las estadísticas ESG. De forma similar, varias valoraciones de think tanks han encontrado que muchos fondos ESG y climáticos no están alineados con los objetivos del Acuerdo de París.

Otra manifestación de las expectativas crecientes de los stakeholders es la rápida adopción de las prácticas de reporte de los criterios ESG. Los informes ESG se consideran con frecuencia un instrumento de comunicación que puede desempeñar un rol importante para convencer a los observadores más escépticos de que los planes y las acciones de una empresa se toman en serio las cuestiones ESG. La importancia de los informes ESG es debida a la presión de los accionistas, de los potenciales inversores y de otros stakeholders para que las empresas den a conocer más información sobre sus estrategias de sostenibilidad y sobre su desempeño en materia medioambiental, social y de gobernanza.

Un análisis realizado en 2021 por CAQ observó que 279 empresas del S&P 500 habían publicado últimamente (en 2020 o en 2021) un informe ESG y que otras 195 disponían de informes anteriores (la mayoría, de 2019), de modo que solo el 5% de las empresas carecían de dicho informe.

ESG-Compliance

Los informes ESG generalmente divulgan información tanto cualitativa de los planes y enfoques de la empresa, como cuantitativa, de las métricas que se aplican para medir su desempeño con respecto a los objetivos ESG. Incluye algunos aspectos de cumplimiento de ciertas normas específicas (en los Estados Unidos, por ejemplo, la Clean Air Act regula las emisiones y la Equal Pay Act pretende evitar la discriminación salarial y de remuneración, mientras que, en la UE, el Reglamento sobre divulgación de información relativa a la sostenibilidad establece unas fases para cumplir con los objetivos de reporte que deben alcanzarse en 2023). Pero sobre muchos componentes ESG, no existe una regulación activa o unos objetivos formalmente establecidos, y son las expectativas de los stakeholders las que están llevando a las empresas a adoptar nuevas políticas y prácticas al objeto de que sean percibidas como socios preferentes por los inversores, por los consumidores y por sus posibles empleados.

No sabemos con certeza qué presión van a ejercer las expectativas ESG ni qué grado de concreción alcanzarán, pero tanto el escrutinio de las “credenciales” ESG de los fondos de gestión de activos como el foco de atención en los informes ESG marcan el difícil equilibrio a que se enfrentan las empresas y los gestores de los fondos cuando intentan responder a las expectativas de los stakeholders –anunciando planes y fines que parezcan suficientemente receptivos y ambiciosos sin hacer promesas que difícilmente van a poder cumplir.

La posible brecha que pueda darse entre las promesas ESG y su ejecución efectiva puede convertirse en un nuevo riesgo importante que gestionar y en muchas empresas va a obligar a reformular sus capacidades organizativas con respecto al cumplimiento, a los asuntos de gobierno, a las relaciones públicas y a la responsabilidad social corporativa, en un nuevo marco de gestión que integre a los stakeholders como parte integrante de la estrategia corporativa, para garantizar que las promesa en materia ESG se formulan de modo que sean viables y estén en sintonía con las operaciones comerciales básicas de la empresa.

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