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Imaginación y pensamiento contrafáctico: nuestras tecnologías más avanzadas

Alberto González Pascual

La tecnología ideal no reside en un software ni en una plataforma ni en un algoritmo de inteligencia artificial (IA), sino que continúa estando en el interior de nuestra mente. Hace millones de años que los seres humanos comenzaron a hacer uso de ella. Su esencia la conocemos bajo la denominación de “imaginación” y, dentro de ella, el proceso cognitivo más sofisticado lo calificamos como “contrafáctico”. 

La imaginación es la habilidad adaptativa que desarrollamos para crear el patrón mental de algo que no existe todavía. Los estímulos que captamos a través de nuestros sentidos y las conexiones neuronales que estos mismos activan dentro de nuestro cerebro provocan que podamos crear, imitar o distorsionar objetos o realidades en el plano del pensamiento abstracto, los cuales no necesariamente tienen que ser representaciones miméticas de cómo es el mundo exterior. De ahí que la imaginación armonice, con bastante coherencia, el mundo científico con el mundo de la fantasía. 

La imaginación se convierte en la savia dulce, la especia picante o la sangre salada que corre por nuestro ser y que activa el motor de la creatividad y la innovación en cualquier tipo de organización social. La imaginación es, además, un fenómeno protohistórico con respecto al momento en que culminan los descubrimientos o las invenciones de productos o servicios, dado que ella transporta el potencial generativo para transformar o hacer evolucionar la mentalidad con que opera un grupo humano. La imaginación permite que nos planteemos una pregunta insólita que trasciende la naturaleza de cualquier máquina (que se limita simplemente a correlacionar datos para extraer conclusiones): ¿Por qué suceden las cosas en el modo en que suceden?

Un lenguaje que aspira a la plena objetividad, enfocado a aprender que un hecho sucede de un modo concreto sobre la base de la frecuencia con que se repite

Nuestra ventaja evolutiva ha sido siempre plantearnos los porqués y ello dio lugar, no hace mucho, al nacimiento de un proceso científico que todavía está en fase de mejora: la inferencia causal, algo que biológicamente comenzamos a practicar desde que somos niños al darnos cuenta de que ciertas circunstancias causan otras y que alterando en lo más mínimo las primeras se modifican igualmente las segundas. A medida que las sociedades han ido progresando, este mecanismo de inferencia causal ha dado lugar a un lenguaje matemático sumamente original: el de las probabilidades. Un lenguaje que aspira a la plena objetividad, enfocado a aprender que un hecho sucede de un modo concreto sobre la base de la frecuencia con que se repite. Pero ¿qué ocurre con las excepciones, las sorpresas y lo absolutamente inesperado?

Ahí comienza el territorio del pensamiento contrafáctico. Un desierto mortal para unos y un edén vivificante para los alumnos más aventajados. Se trata de una facultad que estadísticamente solo germina en nosotros, las personas de carne y hueso: somos capaces de pensar o imaginar que podemos cambiar nuestra realidad, tanto la pasada como la futura. 

¿Cómo habría sido mi vida si hubiera estudiado otra carrera, o si me hubiera preparado unas oposiciones, o si no hubiera roto una relación sentimental tan precipitadamente con aquella persona de la cual todavía tengo recuerdo? Y, del mismo modo, construimos lo que estaría por venir a nuestro encuentro: ¿Cómo sería mi vida si alcanzase el éxito en mi carrera profesional? ¿Qué decisiones tendré que tomar para materializarlo o cómo debería prepararme para alcanzar los objetivos que me conducen a la felicidad? Ante nosotros, se abre un universo de escenarios múltiples en los cuales cada detalle es reconstruido y adquiere un lugar y un significado. Repasamos constantemente lo que hicimos ayer en las conversaciones cotidianas con nuestros superiores, compañeros o seres queridos, y generamos mentalmente nuevos relatos sobre cómo podríamos haber respondido mejor o actuado de otra forma. 

El pensamiento contrafáctico no nos permite la indolencia ni tampoco rendirnos ante la incertidumbre

Por consiguiente, el pensamiento contrafáctico no nos permite la indolencia ni tampoco rendirnos ante la incertidumbre. Es un esfuerzo sobrehumano por extraer un propósito de los avatares de la vida, a pesar de que esta sea, por definición, caótica e incontrolable. Se trata, en definitiva, de una disciplina para aprender continuamente de nuestros errores e intentar hacer realidad que nos ocurra aquello que tanto deseamos, aunque sea altamente improbable.

El método del pensamiento contrafáctico responde a una construcción del lenguaje sobradamente conocida y practicada por todos (seguramente sin tener la suficiente convicción o ambición de lo que puede aportarnos): se respalda en escribir mentalmente un tipo de oración que combina la cláusula subordinada “Y si…”, a la cual después le sigue una cláusula antecedente “sucediera x”, y finalmente le seguirá una cláusula consecuente implicada en la anterior, “entonces ocurriría y”. Esta fórmula admite múltiples variaciones sintácticas y gramaticales. A los autores clásicos de la literatura griega les gustaba diferenciar, dentro de esta estructura sencilla, entre el momento de la prótasis y el de la apódosis. El primero consiste en recrear la realidad a partir del “Y si…”; es el instante en que el mundo queda sustituido por otra posibilidad pendiente de indagar, como cuando una puerta se abre. En la apódosis, la puerta ya ha sido atravesada y se dan los primeros pasos en otro mundo, creando lo que causalmente puede suceder, aunque se trate de posibilidades prohibidas, de tabúes o de acciones alejadas del alcance de cualquiera. 

Muchos siglos después, el brillante y controvertido filósofo alemán Martin Heidegger ilustró su simpatía por los presupuestos contrafácticos planteando una pregunta seminal: “¿Por qué hay algo situado ahí en vez de no haber nada?” Su siguiente paso lógico fue formular la hipótesis de cómo podría ser el mundo si no hubiera nada en él. Sin duda, un modo intrigante de desocultar lo que cada cosa es en cada momento de su existencia. Esta era su receta para tantear una solución factible para la incógnita de qué es verdad. La imaginación se convierte así en la tecnología punta para desvelar lo que hay en las profundidades de la mente, configurándose en una herramienta científica de primer nivel para psicólogos, sociólogos y cuantos investigadores necesiten desentrañar los porqués y las consecuencias del comportamiento humano en cualquier momento histórico. Una magnífica asunción para motivar a un grupo de personas adecuadamente preparadas y comprometidas para resolver problemas que a priori se consideran inabarcables.

Emily Dickinson escribió un poema que exhalaba una voz genuinamente contrafáctica: “Lo que puedo hacer, lo haré, […] lo que no puedo ha de ser desconocido a la posibilidad.” Podríamos interpretarlo como que lo que nos resulta desconocido realmente no es porque no se encuentre en el lugar al cual dirigimos nuestra mirada, o porque hayamos adoptado la creencia previa de que no existe, sino porque se mantiene invisible a nuestra percepción. En efecto, si admitimos que lo que no vemos puede estar ahí, ante nuestro cuerpo y mente, hay que dejar entrar la subjetividad en el juego para poder recrear así las posibilidades remotas. O, dicho de una forma más simple, como suscribiría cualquier autor de libros de autoayuda: no te cierres ningún camino, porque eres capaz de llegar muy lejos a poco que te lo propongas realmente.

Lo que sucede en una situación que nos afecta es solo una posibilidad de entre todas las que podrían estar sucediendo

Para la ciencia, esta aseveración significa admitir la conexión bayesiana: un modelo estadístico de inferencia causal en que se calculan todas las excepciones a las reglas (todo lo que marginalmente podría suceder). Partiendo de una red de probabilidades en que se contempla una creencia determinada (aquella que nos parece más plausible), este modelo nos invita a considerar otras variables y las dependencias que se deriven de ellas, por lo cual deberíamos estar abiertos a recopilar nuevas pruebas que, a su vez, nos permitan revisar nuestras creencias hasta sus cimientos. Se trata de un razonamiento que no se conformará con obtener los fríos datos de un suceso, ni con hallar sus causas primeras, ni tampoco con imaginar sus consecuencias futuras, sino que pretende hilarlo todo para después aceptar un principio esencial, lo cual es un shock para cualquiera que tenga aspiraciones de comprender el funcionamiento del mundo: lo que sucede en una situación que nos afecta es solo una posibilidad de entre todas las que podrían estar sucediendo. 

El pensamiento contrafáctico es la tecnología humana más decisiva para el progreso, simplemente porque permite que una tensión entre lo dado y lo que podría ser posible, con independencia de la infrecuencia de lo que no está o de que no hayamos sido capaces de descifrar el mensaje. La imaginación bien empleada nos permite dejar de lado el “yo creo” para tomar las decisiones desde el “yo sé”.

¿Qué nos aporta el pensamiento contrafáctico? Libertad. La semilla originaria del optimismo y de la innovación. Ya viene siendo el momento de que tanto la esfera académica como la empresarial sistematicen este pensamiento como un hábito mental fundamental, como la competencia profesional más preciada para la nueva economía. 

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