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10 reglas para ser mejores personas

Víctor Lapuente

¿Eres una buena persona? Seguramente, en tu afán por mejorar, habrás ojeado, en la librería del aeropuerto o en alguna biblioteca, libros sobre cómo triunfar en el trabajo, en el amor o en las redes sociales, o sobre cómo engordar tu cuenta corriente o tu cuenta de seguidores en las redes. De esos libros hay a montones. Pero ¿cuántos has encontrado sobre cómo ser mejor persona, cómo ir por la vida de forma ética? Posiblemente, casi ninguno. Y es por este motivo que he escrito el Decálogo del buen ciudadano. Tras tanto libro de autoayuda, ¡pensé que necesitábamos alguno de autodestrucción!

Tenemos que domar ese ego gigantesco que nos insuflan desde la infancia (“tú eres especial”; “puedes hacer lo que quieras”) hasta la edad adulta (“nada es imposible”), desde los pupitres del colegio hasta los divanes de los psicólogos “pop”. La cultura contemporánea se caracteriza por lo que los psicólogos (no “pop”) califican como la “epidemia de narcisismo”. Nos creemos excepcionales, más que ninguna otra generación que haya existido jamás sobre la faz de la Tierra. Y, si ello nos condujera a la felicidad, ¡adelante! Pero ocurre lo contrario: vivimos más angustiados que nunca porque continuamente la vida nos recuerda que, por mucho esfuerzo que pongamos, nuestros planes de engrandecimiento personal se van frustrando constantemente.

Nos hemos endiosado porque hemos matado a los viejos dioses

Nos hemos endiosado porque hemos matado a los viejos dioses. La nueva derecha surgida en los años setenta mató al Dios democristiano: ya no había preceptos religiosos o morales que se interpusieran entre el ser humano y el enriquecimiento total. La única responsabilidad social de la empresa era producir beneficios para sus accionistas, como señalaba Milton Friedman en un famoso artículo publicado en el New York Times en 1970. Su “Greed Is Good” se convirtió en el lema. Los viejos y aburridos líderes democristianos a este lado del Atlántico y los republicanos “compasivos” al otro lado han sido sustituidos por políticos como Silvio Berlusconi, Boris Johnson o Donald Trump. Algunos tienen conflictos con la justicia; otros se vanaglorian de no pagar impuestos. Y todos extienden un neoliberalismo nihilista.

La nueva izquierda también mató al equivalente progresista del Dios cristiano: la patria como comunidad política, como nación inacabada. Y si, durante décadas, la nueva derecha ha estado impulsando el individualismo económico, la nueva izquierda ha hecho lo propio con el individualismo cultural: no le debemos nada a nuestro país. No nos pidas, como hacían antaño los socialdemócratas, que cumplamos con el servicio militar –que hoy podría ser civil– al alcanzar la mayoría de edad. Todo lo contrario: ahora queremos que el Estado nos dé algo, una herencia universal o esos más de 100.000 euros que todo ciudadano debería recibir a los 25 años, según el economista Thomas Piketty. Se acabó pedir sacrificios a los ciudadanos. Ahora la política progresista consiste simplemente en ofrecer derechos a unos ciudadanos cada vez más endiosados.

Si la nueva derecha ha estado impulsando el individualismo económico, la nueva izquierda ha hecho lo propio con el individualismo cultural

¿Cómo “desendiosarnos”? No creo que exista una receta mágica, pero en mi libro propongo diez reglas concretas, diez pautas para construir carácter, utilizando la definición clásica de ética del mundo griego. Y el carácter se construye no con una sola pieza, sino con muchas. El carácter es un equilibrio de virtudes, ponderando unas con otras, permanentemente. Si solo perseguimos una virtud, esta se convierte en un vicio.

Mis diez reglas son una destilación del saber de hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, en períodos muy distintos –pero más turbulentos que el nuestro–, reflexionaron sobre el sentido de su existencia. Son estas:

  1. Busca al enemigo dentro de ti.
  2. No te mires al espejo.
  3. Agradece.
  4. Ama a un dios por encima de todas las cosas.
  5. No adores a falsos dioses.
  6. Da a dios lo que es de dios y al césar lo que es del césar.
  7. Cultiva las siete virtudes: coraje, templanza, prudencia, justicia, amor, fe y esperanza.
  8. Ponte en la cabeza de tu adversario.
  9. No te sientas víctima.
  10. Abraza la incertidumbre.

En el primer capítulo, defino el que considero que es el problema fundamental de nuestro tiempo: el individualismo desintegrador. A partir de ahí, voy describiendo los efectos de ese hiperindividualismo: la soledad, la desconfianza de los demás... Y, lo que es más importante: la consecuencia de un individualismo excesivo es que muchos acabamos abrazando los tribalismos más rudimentarios, como los fundamentalismos religiosos y los nacionalpopulismos.

Para revertir esta situación, tenemos que recuperar la creencia en un proyecto o en un ente trascendental, como un dios o una patria. Sin embargo –y esta es la piedra angular del argumento del libro–, este ideal trascendental tiene que ser abstracto y difuso, para evitar que el líder religioso (o político) de turno se apropie de la interpretación inequívoca de los designios de ese dios o ente trascendental. La esencia del dios bueno es que ningún individuo, ningún faraón, emperador o líder revolucionario, se crea dios, por encima de los demás.

El libro es, en definitiva, tanto una reivindicación de la religión (confesional o cívica, como el patriotismo) como una crítica a sus usos torticeros en beneficio de unos colectivos concretos.

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