Sexo: rompiendo tabúes para abordar la cuestión esencial

Por Jaap Boonstra

El dilatado proceso de fusión en que participé resultó muy tenso. Y no solo para mí. Había incertidumbre entre los directivos y los empleados sobre qué acabaría pasando. Lo que estaba claro es que cambiarían muchas cosas. La ambición era poner fin a la compartimentación de los departamentos para poder mejorar el servicio al cliente. Analizando los procesos empresariales, todo apuntaba a que lo mejor sería fusionar los departamentos dedicados a operaciones comerciales. El análisis había sido realizado con sumo detenimiento.

“No, es muy imprudente fusionar estos departamentos”, me dijo el director de uno de ellos. “Estás uniendo unos procesos que sería mejor mantener separados, desde el punto de vista del control y la separación de funciones. Los responsables contables jamás lo van a aceptar”. Este era un punto de vista que yo no había tomado en consideración, de modo que volví a analizar los procesos empresariales y consulté a los contables.

“Esta fusión no es ningún problema, en absoluto”, fue la respuesta del contable a mi pregunta. “De hecho, es una buena idea. Contribuirá a mejorar la eficiencia y supondrá un respaldo mucho mayor para la administración. Yo lo aprobaría”.

Volví a hablar con el director del departamento que antes me había expresado sus objeciones. “Pero es un mal plan. Estás uniendo unos procesos que exigen unos sistemas totalmente distintos; además, estás mezclando actividades a corto plazo con actividades a largo plazo. Las actividades a largo plazo sufrirán la presión de las actividades a corto plazo. ¡Por algo organizamos estos departamentos por separado! ¿No crees?” El director del departamento esgrimía sus argumentos cada vez con más vehemencia, así que decidí volver a analizar la situación.

Las cosas que parecen racionales no siempre lo son y algunos argumentos a veces ocultan los problemas que realmente preocupan

Mi detallado análisis no avalaba los argumentos del director del departamento. Es más, la adquisición de un nuevo sistema integrado posibilitaría la simplificación, mejoraría los servicios y los costes acabarían siendo significativamente más bajos. Mis análisis me hacían sentir incomodidad: cada vez que los revisaba a fondo, los beneficios de la fusión resultaban más y más evidentes. Sin embargo, los argumentos contrarios a esta operación también se expresaban con más firmeza. Así que decidí encontrarme de nuevo con el director del departamento. Busqué un momento tranquilo al final de la tarde para conversar con él.

“No, es que realmente no va a funcionar; esta fusión es la cosa más estúpida que puedes hacer”. El director del departamento seguía mostrándose totalmente en contra de la fusión.

“¿Qué hay de imprudente en todo esto?”, le pregunté con calma.

“Bueno, simplemente, no estamos en ello; es una mala idea; estás poniendo en peligro todas las operaciones comerciales”. No me proporcionó ningún argumento de peso, pero el tono de la conversación era cada vez más emocional.

“No lo entiendo. Ya he analizado el tema hasta tres veces y cada vez me parece más sensato unir estos departamentos. Explícame por qué consideras que es tan difícil, en tu opinión”.

Existe siempre una historia tras los argumentos irracionales

Entonces, se produjo un momento de silencio. El director del departamento me miró. Estaba molesto. “Mira, es difícil de explicar... No puedo hablar de ello... Tiene que mantenerse en secreto”.

“Te prometo que quedará entre tú y yo, puedes confiar en mí”, le respondí.

Tras alguna vacilación, me reveló la verdad: “Como sabes, estoy casado, felizmente casado, y tenemos dos hijos que son un encanto. Pero mantengo relaciones sexuales con una persona de otro departamento. No lo sabe nadie. Y no sé qué haría si se fusionaran estos dos departamentos y yo pasara a ser su jefe. La cosa no funcionaría”.

Al final, los departamentos se acabaron integrando y el director de aquel departamento pasó a ser el director del departamento de nueva creación. Y su amante logró una buena posición en otro departamento. El nuevo departamento funciona mejor que antes. El director del departamento me pidió disculpas y me agradeció que lo hubiera tomado en serio y que me hubiera puesto a trabajar en ello cada vez, sin trasladar el tema más arriba. Se mostró satisfecho de haber confiado en mí, porque la integración de los departamentos era una buena medida para las operaciones de la empresa, pero no había sabido cómo gestionar aquella situación y ello le había tenido muy preocupado.

Este caso ha enriquecido la visión que yo tenía de la organización. No todo es racional en las empresas. Las apariencias engañan. Las cosas que parecen racionales no siempre lo son y algunos argumentos a veces ocultan los problemas que realmente preocupan.

Existe siempre una historia tras los argumentos irracionales. La cuestión es si podemos lograr que esta historia salga a la luz tomándonos en serio a su relator y lo que nos explique. Algunos temas son difíciles de abordar en una conversación. El sexo es uno de ellos. A través de esta experiencia, descubrí que el sexo en el trabajo es un elemento más frecuente de lo que pensaba.

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