El punto de inflexión para los emprendedores que apuestan por la economía circular

Oriol Alcoba

La economía circular es uno de esos conceptos que surgen y hacen fortuna gracias, en buena parte, a que sintetizan en un par de palabras toda una filosofía, una manera de hacer las cosas y, en algunos casos, un nuevo paradigma.

Otro ejemplo clásico es el de la innovación abierta, expresión que acuñó en 2013 Henry Chesbrough, profesor de Berkeley, y que difundió a raíz de la publicación de un libro que tituló así. Enseguida, casi sin ser conscientes de ello, todo un conjunto de empresas, instituciones, administraciones públicas y académicos empezaron a utilizar el “nuevo” concepto.

Lógicamente, lo que había hecho magistralmente Chesbrough había sido observar unos casos concretos de empresas que estaban haciendo las cosas de un modo distinto a lo habitual: en lugar de innovar a partir del conocimiento interno y después trasladar estas innovaciones a sus mercados, estas empresas identificaron unos activos potencialmente útiles para sus negocios, independientemente de si se hallaban dentro o fuera de la organización.

Además, lograron buscar unos modelos de negocio alternativos, en colaboración con otras empresas e instituciones, con el fin de explotar algunos activos internos “latentes” o que habían sido desarrollados para otro fin. Contribuyó a su éxito la ya clásica representación de la “innovación abierta” como un embudo poroso de proyectos en el cual las tecnologías van madurando a medida que van pasando a través de él (la empresa) hasta que acaban impactando en una diana (un mercado) que no siempre es su objetivo tradicional.

Cuando aparece un nuevo concepto, como en el caso descrito, además de reconocer casos existentes, se produce un efecto muy interesante: otras empresas comprenden, de repente, la nueva tendencia y tratan de trasladarla a su realidad, con más o menos fortuna. Se inicia una fase indefinida de ensayo y error, en que algunas organizaciones logran los objetivos que se plantean y otras (la mayoría) no.

Cuando aparece un nuevo concepto, otras empresas tratan de trasladar la nueva tendencia a su realidad, con más o menos fortuna

Es normal: al fin y al cabo, la incorporación a un nuevo paradigma implica cambios sustanciales en todos los ámbitos relacionados con la gestión, las operaciones, el modelo de negocio e, incluso, los recursos con que cuenta la empresa. Por ello, cuando se caracteriza un nuevo concepto, se crean unas expectativas que, a corto plazo, suelen fracasar. Es decir: un empresario descubre, leyendo un libro o una revista especializada, o asistiendo a un curso de formación, que existe la innovación abierta y cree que esta va a ser la solución a todos sus males. Pero, al intentar implementarla, se da de bruces con la realidad y, sin saber muy bien por qué, vuelve al punto de partida.

Haciendo una analogía con el conocido ciclo de sobreexpectación (hype cycle) de Gartner, que caracteriza la evolución de las tecnologías hacia su difusión masiva en los mercados, los nuevos paradigmas de gestión pasan por un "valle de desilusión" en cuanto fracasa la primera oleada de supuestos early adopters. Sin embargo, los conceptos que tienen un fundamento sólido, académico y a la vez pragmático acaban imponiéndose, llegan a extenderse masivamente y finalmente se interiorizan de forma casi natural en las organizaciones.

Uno de los conceptos que está superando el “valle de la desilusión” y empieza a difundirse masivamente es el de la economía circular. Este paradigma está enraizado en unas tendencias sólidas y coherentes, relacionadas con la sostenibilidad y, más concretamente, con un consumo responsable, ético y neutral con el medio ambiente.

Los nuevos paradigmas de gestión pasan por un 'valle de desilusión' en cuanto fracasa la primera oleada de supuestos early adopters

A menudo, se relaciona con temas ampliamente estudiados, como las 3 “R” de la valorización de residuos: reducir, reutilizar y reciclar. La economía circular logra sintetizar, en dos palabras, mucho más que estas tres actitudes ante los residuos producidos. De hecho, si nos sumamos a esta nueva “tendencia”, procuraremos no producir residuo alguno: diseñaremos nuestros productos pensando en su ciclo de vida, desde la compra de las materias primas para su producción hasta el tratamiento responsable de sus restos, una vez agotada su vida útil.

La transformación integral que necesita acometer una empresa para poder abrazar este nuevo concepto sin reparos es complicada. Como ya hemos comentado, requiere transformar las operaciones, el catálogo de productos o servicios, su comercialización, etc. En cambio, casi en paralelo, se están dando actualmente dos fenómenos interesantes que demuestran que no existe marcha atrás:

Por un lado, las administraciones públicas están adoptando este concepto y lo están promoviendo a través de planes, ayudas, programas y apoyo a proyectos concretos.

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Europa se ha marcado el objetivo de ser lograr la neutralidad climática en 2050, y para ello ha establecido un plan dotado de un presupuesto extraordinario: un billón de euros. Además, la economía circular es consustancial a políticas tan relevantes como la del fondo Next Generation EU, dotado con 750.000 millones de euros, cuyo objetivo es recuperar y transformar la economía europea tras la pandemia de la covid-19 (el 37% de los fondos deberán destinarse a proyectos relacionados con la transición ecológica y energética).

Los motivos por los cuales la UE está apostando claramente por la economía circular y por la sostenibilidad no son únicamente ambientales. También están relacionados con la competitividad de la economía y con la voluntad de compartir un riesgo evidente, asociado a la necesidad de transformar las organizaciones para adaptarlas a este nuevo paradigma. Lo que Europa está planteando (y llevando a la práctica) es, como diría la economista Mariana Mazzucato, una auténtica misión transformadora, con la voluntad de movilizar, alinear e impulsar la generación de conocimiento y arrastrar a una gran diversidad de sectores hacia un objetivo común.

Por otro lado, están surgiendo nuevas organizaciones (start-ups) que llevan la economía circular integrada en su ADN. No parten de una situación previa ni de unas operaciones o unos compromisos difíciles de adaptar. Su legado es prácticamente inexistente y les resulta natural aplicar los principios rectores de la economía circular a sus modelos de negocio, a sus operaciones y a sus productos.

La economía circular es consustancial a políticas tan relevantes como la del fondo Next Generation EU

Además, otras start-ups han identificado un mercado emergente en el ámbito de los servicios de apoyo a las organizaciones “tradicionales” (llamémosles así), que comprenden el fenómeno pero les cuesta integrarlo. Gracias a las tecnologías digitales y a la convergencia con otros nuevos conceptos, como el de la “industria 4.0” o el de la “transformación digital”, estas start-ups se están posicionando rápidamente como agentes de apoyo en la transformación.

Como todas las start-ups, también las que incorporan desde el principio la economía circular en su propia esencia se enfrentan al “valle de la muerte”, eso es, a la escasez de financiación, a errores en la concreción de los modelos de negocio sostenibles, etc. Y, además, a un mercado todavía inmaduro: la Administración pública les ofrece estímulos, pero la mayoría de las empresas se muestran aún reacias al cambio.

Podríamos concluir señalando que es solo cuestión de tiempo que se consolide este mercado emergente y que incorporemos la economía circular en el tejido empresarial, igual que hicimos con la innovación abierta. Sin duda, el tiempo jugará a nuestro favor, pero, para trazar el camino, necesitamos concretar unos programas de apoyo que formen, complementen y consoliden los proyectos en marcha. La economía va cambiando a través de los incentivos (ayudas, información y formación) y de las presiones (legislación restrictiva): si queremos mover el ratón, ¡movamos el queso!

Afortunadamente, en los últimos años están confluyendo diferentes políticas, programas, recursos y proyectos a escala internacional (los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas), europea (el Green New Deal, el fondo Next Generation EU, etc.), nacional (la estrategia “España Nación Emprendedora”, la Estrategia Española de Economía Circular 2030, el plan “España Puede”, etc.), regional y local (el programa “Circular Talent”, el observatorio Catalunya Circular, la Estrategia Local de Economía Circular de la Federación Española de Municipios y Provincias, etc.). Incluso el nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, como puede verse entre las numerosas reformas urgentes que ha anunciado poco después de jurar el cargo, está apostando decididamente por esta materia, regresando al Acuerdo de París y tomando medidas concretas para preservar el medio ambiente.

Así pues, tenemos una oportunidad única ante nosotros: Europa quiere ser el early adopter de la economía circular. Y, ante la aparición de esta “demanda sofisticada”, podemos ver florecer un auténtico enjambre de start-ups y organizaciones que, apoyadas convenientemente, consigan generar un impacto sin precedentes, tanto en el ámbito ambiental como en el económico y, en definitiva, en términos de prosperidad.

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