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Un nuevo paradigma económico para un mundo más sostenible

No hay marcha atrás. La COVID-19 es la naturaleza que nos manda un mensaje; una señal de SOS a la empresa humana, que subraya la necesidad de vivir en el “espacio operativo seguro del planeta”. Por obligación, por necesidad o por responsabilidad con el planeta y con las generaciones futuras. De no hacerlo, las consecuencias ambientales, sanitarias y económicas serán desastrosas e irreversibles.

Independientemente de lo lejos que hayan llegado las economías del planeta, hay algo que no debemos olvidar: nuestras economías dependen de la naturaleza y nosotros, como seres humanos, también. Tan solo reconociendo esta realidad y actuando sobre ella podremos proteger y aumentar la biodiversidad, al tiempo que mejoramos nuestra prosperidad económica. Estos son algunos consejos de los directores del programa online Gestión Sostenible y Agenda 2030 para lograrlo.

Proteger la biodiversidad, el mejor seguro de vida

El año 2020 trajo consigo una situación inimaginable para muchos. De un día para otro, nuestra vida dejó de ser la que era y el constante flujo de información en los medios de comunicación viró hacia un solo tema. Aunque para la mayoría de la población mundial fue una sorpresa, desde 2019 un grupo formado por científicos de todo el mundo —en total, 11.000 expertos— ya había augurado una emergencia sanitaria derivada del desgaste climático.

Informes anuales publicados por entidades como WWF y GPMB en 2019 ya advertían de la vinculación existente entre la emergencia climática y posibles crisis sanitarias. Las nuevas formas de urbanización y la explotación continuada de los bosques; el tráfico de especies exóticas que acaban conviviendo con los seres humanos; los mercados de animales, que incrementan el peligro de contaminación, o el aumento de la propagación de infecciones de especies animales al hombre son solo algunos de los factores que han deteriorado nuestros ecosistemas y que han facilitado, año tras año, el descenso constante de la biodiversidad en la naturaleza.

Ahora estamos más indefensos y más expuestos a nuevas pandemias. Por tanto, cuidar nuestros ecosistemas constituye una inversión y la mejor vacuna contra el cambio climático, que no solo tiene repercusión sanitaria, sino también económica y social.

Hacia una nueva hoja de ruta

Los últimos modelos han demostrado que aún estamos a tiempo de detener y de revertir la pérdida de biodiversidad terrestre provocada por la acción y por la destrucción sistemática del hombre. Aprovechando el contexto global en que vivimos, la sostenibilidad ha de ser un propósito común ineludible.

C. Otto Scharmer, profesor del MIT, ha señalado la necesidad de introducir cambios en la hoja de ruta de la especie humana, pues estamos inmersos en una triple fractura: social y política, es decir, en las relaciones y los vínculos entre los seres humanos; ecológica y económica, en las relaciones entre los humanos y la naturaleza, y espiritual o de autoconocimiento.

Abordar cada problemática por separado es un error, pues están vinculadas de forma inextricable. Por tanto, para sanar nuestro sistema, tenemos que observarlo desde la misma óptica y transitar por un cambio de mentalidad conjunto: alcanzar una sociedad más prospera, al tiempo que reconectamos con la naturaleza.

Apuestas con valor

Si comenzamos por el final, llegamos a una conclusión muy clara: necesitamos modelos de negocios más responsables y sostenibles para que las empresas mejoren su desempeño empresarial en el siglo XXI, al tiempo que crean valor para sus grupos de interés y contribuyen a la prosperidad social.

Esta meta tan solo puede alcanzarse si los líderes, los ejecutivos y los directivos marcan un cambio de ritmo desde sus organizaciones. Para ello, disponen de tres brújulas: la economía circular, la Agenda 2030 y la “economía del donut”.

La economía circular, que aporta posibilidades de innovación y cambios, es un nuevo modelo de producción cuyo fin es un crecimiento sostenible. Promueve la optimización de recursos, la reducción del consumo de materias y el aprovechamiento de residuos para alargar el ciclo de vida de los productos que consumimos. En su búsqueda constante por imitar la naturaleza, pretende que los residuos se conviertan en un nuevo recurso, manteniendo un perfecto equilibrio entre el progreso y la sostenibilidad.

La “economía del donut” —desarrollada hace aproximadamente una década— ha dado lugar a una iniciativa transformadora en que la economía se mueve entre dos límites: el techo medioambiental y una base social. Busca satisfacer las necesidades de todas las personas, garantizando el respeto para hacer de la economía un entorno más justo e inclusivo, y siempre dentro de los límites del planeta.

Por su lado, la Agenda 2030 —aprobada por todos los países que integraban las Naciones Unidas en 2015— está compuesta por 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que incluyen desde la eliminación de la pobreza hasta la lucha contra el cambio climático, la educación, la igualdad de la mujer, la defensa del medio ambiente o el diseño de nuestras ciudades. Se trata de una hoja de ruta holística e integral, que marca el ritmo y los pilares a alcanzar para que la economía avance al ritmo del planeta y de las personas.

Estos tres paradigmas, que se complementan al compartir la misma misión, han sido adoptados por múltiples empresas de diferentes sectores. En este sentido, los líderes de las 180 empresas más importantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) —impulsados por manifiestos publicados por medios como el Financial Times o en el último Foro de Davos— han propuesto un cambio en la forma en que se han concebido hasta hoy las empresas, pues el propósito de estos entes ha de ser contribuir a un mundo más próspero, generando riquezas, pero respetando los medios que nos mantienen con vida.

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