A cinco años del horizonte marcado por la Agenda 2030, los avances son insuficientes y desiguales. ¿Sigue siendo la sostenibilidad una narrativa movilizadora?

Equipo Do Better

La Agenda 2030 prometía un horizonte compartido, un rumbo claro hacia un modelo de desarrollo más justo, sostenible y resiliente. Pero a cinco años del horizonte fijado, los datos sugieren un viraje preocupante. Tensiones geopolíticas, crisis climáticas, retroceso del multilateralismo y presiones económicas han puesto en duda la viabilidad de sus objetivos. ¿Está fracasando como estrategia? ¿Sigue siendo útil para orientar el rumbo de empresas y gobiernos?

El octavo informe la Contribución de las empresas españolas a los objetivos de desarrollo sostenible elaborado por la Cátedra de LiderazgoS y Sostenibilidad de Esade y Fundación “la Caixa” aporta un diagnóstico crítico y riguroso sobre el estado de los ODS y su cumplimiento por parte de las empresas. Además, aborda cómo recientemente la sostenibilidad ha dejado de ser un consenso global para convertirse en una variable que genera controversia, especialmente en relación con la competitividad.

Un diagnóstico global

Menos del 20 % de los ODS están en vías de cumplirse. Objetivos como la erradicación del hambre o la biodiversidad han retrocedido respecto a 2015. Aunque metas vinculadas a servicios básicos e infraestructuras han mostrado avances, su ritmo también se ha ralentizado. En este contexto, España ocupa el puesto 15 del ranking mundial y Europa lidera gracias al empuje nórdico, mientras Asia ha progresado notablemente. Sin embargo, las desigualdades aumentan: los países más pobres quedan rezagados y los más ricos tienden a generar impacto negativo.

La brecha entre discurso y acción es evidente. El informe constata que muchos compromisos en sostenibilidad no se traducen en resultados efectivos, sobre todo en aquellas metas que no ofrecen retornos inmediatos a corto plazo.

Policrisis, incertidumbre y desglobalización

El retroceso de la Agenda 2030 se enmarca en un estado de policrisis: la superposición de guerras, crisis climáticas, disrupciones económicas y sociales, genera incertidumbre, desorientación y fragmentación política. En clave operacional aparecen nuevas tendencias como el “nearshoring” y el “friendshoring” frente a la deslocalización de la producción de años anteriores. Además, el informe identifica otros factores de la desglobalización:

  • Recesión geopolítica: el debilitamiento en la respuesta de las instituciones internacionales frente a las crisis, sumado al auge de potencias revisionistas y la reconfiguración de los bloques de poder.
  • Declive del multilateralismo: con una evidente falta de consenso en las cumbres globales, evidenciado en los escasos avances de las recientes COP sobre el clima o biodiversidad.
  • Guerra comercial: acrecentada por la imposición de nuevos aranceles, causantes de tensiones entre grandes potencias, como el “efecto dominó” generado por la administración Trump.
  • Carrera tecnológica: por el liderazgo y la hegemonía global en disrupciones como la IA, los microchips, la computación cuántica o la energía verde.

Aunque esta desaceleración no borra el hecho de que el mundo ha alcanzado un nivel de interdependencia difícilmente reversible, sí asistimos a un cambio de marcha hacia una “slowbalization” que afecta a la sostenibilidad como proyecto global.

¿Coste o valor? La narrativa de la sostenibilidad a cuestión

En este contexto la sostenibilidad se ha convertido en un terreno de discrepancia. La narrativa del “coste” gana terreno: los estándares ESG son percibidos como cargas que afectan a la competitividad, lo que ha motivado aplazamientos regulatorios.

Sin embargo, el informe señala que no hay evidencia empírica de que reducir las exigencias sostenibles mejore la competitividad. Más aún, limitarse al cumplimiento mínimo puede atrapar a las empresas en una lógica reactiva, mientras que aquellas que integren la sostenibilidad como palanca de valor podrán fortalecer su resiliencia y diferenciarse en el mercado.  

Este cambio de enfoque —o de percepción— no se da en el vacío. El auge de fuerzas políticas de extrema derecha ha instrumentalizado la sostenibilidad como tema ideológico, debilitando consensos y ralentizando los avances.

ESG backlash

En Estados Unidos, el llamado ESG backlash ha provocado un retroceso tangible. Algunos estados conservadores han impulsado leyes anti-ESG, eliminado inversiones públicas con criterios sostenibles y promovido litigios y campañas mediáticas que asocian el ESG a una “agenda woke”. Esta polarización ha generado incertidumbre y debilitado la coherencia de los marcos globales.

Europa, por su parte, ha comenzado a recalibrar: la Ley Ómnibus, el Plan Draghi y la Brújula de Competitividad apuntan a un desplazamiento del foco desde la sostenibilidad pura hacia el equilibrio con la competitividad industrial, relajando ciertas exigencias y priorizando sectores estratégicos.

China representa otro modelo. Aunque es el mayor emisor de CO2 del planeta, lidera en inversión verde: invierte un 70 % más en transición energética y presenta aumentos récord en capacidad solar (+35 %) y eólica (+40 %) en 2022. Con un modelo centralizado y estatal, sus planes combinan sostenibilidad y estrategia industrial a gran escala.

Escenarios para 2027

El informe describe cuatro posibles escenarios globales a corto plazo, en función de la evolución de las relaciones geopolíticas y las políticas económicas:

  • Autosuficiencia: un repliegue nacionalista, menos comercio, menor cooperación.
  • Segunda guerra fría: bloques ideológicos enfrentados y un retroceso del multilateralismo.
  • Los amigos primero: alianzas selectivas (friendshoring) con avances y acuerdos comerciales entre países afines, dentro de los bloques.
  • Globalización light: una cooperación moderada con avances más selectivos.

En todos ellos la sostenibilidad deja de ser una prioridad global y pasa a estar supeditada a los intereses estratégicos de cada bloque.

Un nuevo rumbo narrativo

El gran interrogante que se desprende del informe no es solo si la Agenda 2030 va camino de fracasar, sino si el relato que la sustentaba ha perdido capacidad de movilización. La narrativa del coste —sostenibilidad como carga— va ganando peso sobre la narrativa del valor —sostenibilidad como innovación, eficiencia, progreso y legitimidad social—.

La pregunta no es si la sostenibilidad es rentable, sino si podemos permitirnos ignorarla en un mundo donde los riesgos sistémicos son ineludibles. En este contexto en el que las rutas trazadas pueden variar de un año a otro, redefinir el rumbo no es una opción, es una necesidad. Y el liderazgo, más que certezas, requiere una dirección.

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