César Arjona

Hace unos años trabajé durante un tiempo codo a codo con un colega norteamericano. Los dos éramos juristas y dábamos clases en facultades de Derecho, la suya una de las más prestigiosas de la costa este.

Los dos contábamos con una formación académica complementaria, en su caso en medicina, en el mío en filosofía. Él era una autoridad en temas de medicina legal y ética del personal sanitario. Teníamos una buena relación personal y profesional, pero había un punto en el que siempre chocábamos: la enseñanza de la ética.

El me decía que los problemas éticos a los médicos se les presentan a las tres de la mañana en un quirófano de urgencias y sin tiempo para poder reflexionar, y que en ese escenario lo que decían Aristóteles o Kant vale para poco.

Yo opinaba lo contrario, que cuando a ese médico le pillase la urgencia a las tres de la mañana era preferible que, cuando no era de madrugada y había dormido bien, estaba relajado y tenía tiempo, hubiese leído o pensado o reflexionado o discutido sobre lo que decían Aristóteles y Kant.

En medio de la crisis, no es el mejor momento para la reflexión seria, sino que es el momento de actuar

En otras palabras, cuando nos coja una crisis, mejor que nos coja ya pensados. Porque mi colega tenía razón: en medio de la crisis, no es el mejor momento para la reflexión seria, sino que es el momento de actuar. Por eso, una metáfora teatral nos puede servir.

Declan Donnellan, uno de los referentes globales en pedagogía actoral, dice que los actores hacen dos tipos de trabajo: el visible y el invisible.

Theater play
Foto: Evgeniy Shkolenko/iStock

En aquellos lejanos tiempos de hace dos semanas en que íbamos al teatro, admirábamos a una actriz por cosas como su capacidad de representar a un personaje, su dicción, sus tonos, su vitalidad y dominio de la escena, y toda una serie de características evidentes al espectador que constituyen lo que Donnellan llama el trabajo visible de aquella actriz.

Pero ese trabajo no es más que la punta del iceberg en cuya parte subacuática, mucho más grande, está el trabajo invisible, realizado durante horas de estudio, ensayo y maduración personal.

Ahí es donde la actriz ha encarnado al personaje de verdad, se ha impregnado del mismo, lo ha respirado, ha recreado sus circunstancias, su personalidad y sus pensamientos más allá de lo que dice el texto, se ha documentado sobre su época y su sociedad, ha vivido sus relaciones con los otros personajes en todas sus posibles variantes, ha especulado sobre sus motivos, ha hipotetizado sobre sus alternativas, ha sufrido por sus miedos y ha soñado sus anhelos.

La humanidad se encuentra en medio de una crisis urgente, de madrugada, sin haber dormido, y sin tiempo para pensar

Todo ese trabajo no se realiza en el escenario a ojos del público, pero es ese trabajo previo de meses o años el que va a hacer que el público admire a esa actriz y, aunque no sea muy entendido, la sepa distinguir de su compañera que no lo ha hecho (o lo ha hecho peor) y cuya representación, sin que sepamos bien por qué, nos resulta aburrida, plana, confusa, incoherente o falta de carisma.

Ahora, la humanidad entera se encuentra en la situación que imaginaba mi colega americano: en medio de una crisis urgente, de madrugada, sin haber dormido, y sin tiempo para pensar. O por seguir con la metáfora teatral: nos han lanzado de un empujón al escenario, telón levantado, luces dentro, y resulta que la obra es una tragedia.

Lo que hagamos en estas circunstancias será nuestro trabajo visible. Pero lo bien o mal que lo hagamos dependerá del trabajo invisible, de lo que hayamos pensado, leído, reflexionado, discutido y sentido cuando la crisis no absorbía todas nuestras energías. Ese tiempo anterior es el tiempo de la educación ética. No se puede improvisar y no se puede hacer de urgencia.

Me temo que como sociedad estamos poco pensados. Que el trabajo invisible lo llevamos mal, yendo de crisis en crisis a salto de mata, con mucho ruido y poca consciencia.

Pronostico que a corto y medio plazo vamos a tener una sobrecarga de artículos, posts, vídeos, libros, entrevistas, conferencias y demás, sobre las cuestiones éticas implicadas en la gestión de la pandemia global.

La ética no proporciona respuestas urgentes para salvar a la humanidad, pero nos hace más humanos y mejores personas

Algunos de mis colaboradores, que son más jóvenes que yo, piensan que esto son muy buenas noticias y que esta va a ser una oportunidad para reforzar la sensibilidad ética de la sociedad, que estamos viviendo un momento de esos que hacen época, que marcan un antes y un después.

Deseo de todo corazón que estén en lo cierto, aunque soy más escéptico. Cuando pienso en la previsible saturación de nuestras bandejas de entrada y redes sociales, me viene a la cabeza el ejemplo de un actor que interpretando el papel de Enrique VIII dedica el poco tiempo libre entre representaciones a leer apresuradamente libros sobre la historia de los Tudor. Llega tarde, eso había que haberlo hecho antes. Igual que el médico al que se refería mi colega del comienzo no se va a poner a leer a Kant en la sala de operaciones. No querríamos que lo hiciera entonces. Por eso no habría estado de más que lo hubiese hecho antes.

La ética no da respuestas urgentes para salvar a la humanidad. Pero nos hace más y mejores humanos, y nos puede salvar un poco a cada uno de nosotros.

Y somos nosotros, y solo nosotros, los que en el quirófano de urgencias, en el consejo de ministros, o decidiendo en nuestras casas si nos saltamos o no el confinamiento, gestionamos la crisis. Ese es nuestro escenario, y cómo actuamos dependerá del trabajo ético, del trabajo invisible, que solo se puede hacer con la sala vacía y los focos apagados.

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