El Chips Act prometía el 20 % de la producción mundial de semiconductores para 2030. Europa, actualmente, apenas roza el 8 %. Xavier Ferràs explica qué falló y cómo debería ser la próxima estrategia.

Marta Barquier (Do Better Team)

La Ley Europea de Chips, que entró en vigor en septiembre de 2023, tenía un objetivo muy claro: que Europa produjera el 20 % de los semiconductores del mundo en 2030. Este reglamento se propuso como parte de un paquete más amplio de medidas para reforzar el ecosistema de semiconductores de la UE. Cinco años después de aprobarse, la cifra real ronda el 8 %.

Mientras Bruselas prepara ya una segunda versión de la ley, Xavier Ferràs, decano asociado del Executive MBA de Esade y profesor titular de Dirección de Operaciones, Innovación y Data Sciences, sostiene que el fracaso no es solo cuestión de presupuesto: es el resultado de ochenta años en los que Europa decidió no hacer política industrial.

Analizamos con él por qué falló el primer intento y qué tendría que cambiar en el segundo.

Un objetivo que nunca fue realista

Ferràs es conciso a la hora de atajar la situación: comparado con lo que han hecho Estados Unidos y China, el Chips Act "claramente ha fallado". Europa, recuerda, no tiene hoy capacidad real de producir semiconductores avanzados, y la pandemia dejó claro lo que eso significa: desde el termostato de la ducha hasta los aviones, pasando por los semáforos o los coches, prácticamente todo lleva un chip dentro. Si esos componentes —fabricados básicamente en Asia— dejan de llegar, "Europa se va al Paleolítico". El Chips Act uno nació como reacción a ese pánico, con un objetivo muy concreto: alcanzar el 20 % de la producción mundial de semiconductores en 2030. Cinco años después, Ferràs calcula que la cifra real no llega ni al 8 %.

¿Era realista ese objetivo desde el principio? Para el profesor, no. Construir una cadena de suministro de semiconductores —o, más propiamente dicho, un ecosistema completo en torno a ellos— es "un trabajo de décadas", que exige una visión a largo plazo, estabilidad política y un esfuerzo constante por atraer los tres vectores que él identifica como la clave del poder y el progreso en el siglo XXI: tecnología, talento y capital. Japón empezó hace 80 años. Corea del Sur, hace 60. Taiwán, hace 30. Los tres lo han conseguido, pero ninguno lo hizo en un lustro.

"Es imposible que Europa recupere el tiempo perdido en tres años."

Lo realista, defiende Ferràs, no era prometer un 20 % para 2030, sino fijar una visión a largo plazo que eclosione en 20 años. El problema, admite, es que ese horizonte encaja mal con los tiempos de la política: un objetivo a cuatro años es mucho más fácil de convertir en eslogan que una estrategia a dos décadas.

Ochenta años de ingenuidad tecnológica

Para entender por qué Europa llega tarde, Ferràs se remonta mucho más atrás del Chips Act. Durante 80 años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el continente apenas ha hecho política tecnológica ni industrial. La razón, dice, tiene nombre: "ingenuidad". Europa confió en los economistas norteamericanos, muy neoliberales en su momento, que insistían en que no había que intervenir porque el mercado decidiría por sí solo en clave de coste. Y el mercado, en efecto, decidió: facilitó que buena parte de la actividad tecnológica se trasladara a Asia en busca de cadenas de suministro más baratas.

La paradoja, señala Ferràs, es que mientras los economistas estadounidenses predicaban el laissez-faire, los ingenieros de su propio país hacían lo contrario: mandaban cohetes a la Luna y, con ello, sostenían de facto una política tecnológica agresiva en sectores estratégicos. Europa, mientras tanto, ignoró ese terreno durante ocho décadas. Solo con la pandemia, cuando se cortaron las cadenas de suministro, las élites europeas —dice Ferràs— "entraron en pánico" al descubrir que no eran independientes ni tecnológica, ni industrial, ni energética, ni militarmente. La respuesta fueron planes ambiciosos, pero mal dotados y demasiado cortoplacistas para un tipo de política que solo da resultados en el largo plazo.

Lo que puede aprender Europa de Asia (sin copiar el modelo)

¿Debería Europa limitarse a copiar la fórmula asiática? Ferràs cree que no, y explica por qué observando cómo llegaron hasta aquí Japón, Corea del Sur, Taiwán y, más recientemente, China. Su camino siguió siempre la misma secuencia: primero atraer manufactura básica, por pura cuestión de coste; después copiar productos de otros países; más tarde desarrollar tecnología propia —así nacieron marcas como Sony o Panasonic—; y, por último, generar ciencia propia. En dos décadas, recuerda Ferràs, China ha recorrido ese mismo camino, desde las cadenas de suministro de electrónica low cost hasta el control de la física de los semiconductores.

Es un modelo muy distinto al estadounidense, que Ferràs describe como impulsado desde arriba pero por otra vía: la de las políticas estratégicas vinculadas a defensa y al espacio, combinadas con unos mercados financieros ultrarrápidos capaces de hacer crecer cualquier startup a toda velocidad. Ninguno de los dos modelos, sostiene el profesor, encaja del todo con lo que es Europa. Y ahí está, precisamente, la oportunidad: el continente tiene piezas propias con las que construir un camino distinto. Una red muy densa de pequeñas y medianas empresas. Una capacidad de pensar a medio y largo plazo mayor que la de Estados Unidos, al estar menos condicionada por la presión de los mercados financieros. Y una ciencia de muy buen nivel. El problema, resume Ferràs, es que Europa "tiene todas las piezas, pero desencajadas".

Atraer fábricas no es suficiente: hace falta ecosistema

¿Debe Europa priorizar fabricar chips o diseñarlos? Para Ferràs, la pregunta está mal planteada: no es un tema de elegir una apuesta u otra, sino de consistencia y visión a largo plazo. La propia Unión Europea lleva desde el año 2000 hablando de "tecnologías habilitadoras" —aquellas con capacidad de impactar al conjunto de la economía—, entre las que sitúa la microelectrónica, los semiconductores, los nuevos materiales, la biotecnología, la fabricación avanzada y, ahora también, la inteligencia artificial. No se trata de apostar por una sola, sino de crear un ecosistema capaz de atraer talento, movilizar capital y desarrollar tecnología en todas ellas a la vez. Es, a la vez, una cuestión normativa, presupuestaria y de mentalidad.

La receta concreta que propone Ferràs empieza por algo que Asia hizo hace décadas: atraer inversión extranjera. Europa, dice, todavía puede volver a atraer fábricas de Intel, plantas de TSMC o centros de investigación de Nvidia, del mismo modo en que Estados Unidos está haciendo ahora mismo, atrayendo agresivamente plantas de fabricación de TSMC y Samsung para construir su propia plataforma industrial. Desarrollar tecnología propia desde cero, advierte, sería extremadamente difícil; anclarse primero en tecnología extranjera, en cambio, es un camino ya probado. Pero no basta con asegurar el suministro: hace falta impulsar la investigación y desarrollar proveedores sofisticados propios que, con el tiempo, puedan llegar a superar a la propia tecnología extranjera que los hizo posibles. Es, en palabras de Ferràs, "un camino paralelo al que hizo Asia hace unos años": atraer una gran empresa ancla, dejar que a su alrededor crezca una red densa de proveedores y, de esa red, ver emerger a los líderes industriales del futuro.

La próxima versión del Chips Act: menos eslogan, más disciplina

Si algo queda claro en la conversación con Ferràs es que, para él, ningún ecosistema tecnológico surge de manera espontánea. La próxima versión del Chips Act, sostiene, tendrá que apoyarse en políticas top-down y en marcos presupuestarios que estén realmente a la altura del objetivo, con una intervención "muy importante" de los gobiernos y con inversiones igual de importantes detrás.

"No solo son decisiones o apuestas, es también disciplina presupuestaria."

Europa, insiste el profesor, todavía está a tiempo de construir su propio modelo de éxito en semiconductores. Lo que no está a tiempo de hacer es recuperar en tres o cuatro años el terreno perdido en ocho décadas. Y ahí queda la pregunta de fondo que plantea el propio Ferràs: si el problema de origen fue prometer resultados a corto plazo para algo que solo funciona a largo plazo, ¿será capaz Europa de sostener una estrategia a veinte años en un sistema político que piensa en ciclos de cuatro?

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