Hace cincuenta años, cuando estudiaba bachillerato y mi profesor de ciencias me preguntaba si la composición de carbono en la atmósfera era constante, la respuesta debía ser sí. Cincuenta años más tarde, ya no lo es.

Por Rafael Sardá

La composición de carbono en la atmósfera aumenta, año tras año, debido a la emisión humana de unos gases que absorben la radiación térmica del planeta y producen un efecto invernadero que calienta inexorablemente los cuatro componentes de la Tierra (la atmósfera, la hidrosfera, la biosfera y la litosfera), provocando un cambio generalizado en el clima, el cambio climático.

En las últimas décadas hemos alterado un proceso terrestre que se ha mantenido en equilibrio durante miles de años, el balance energético, mediante el cual la misma energía que entraba en la Tierra salía de ella. Un proceso sin el cual no se entiende el éxito de la especie humana en el planeta.

La Tierra
La composición de carbono en la atmósfera aumenta año tras año (Foto: NASA/Unsplash)

A principios de los años ochenta, la ciencia del cambio climático ya estaba clara y ya se sabía que el planeta se calentaba. Quizás no teníamos claro el por qué. Quizás no había preocupación, pues los cambios no eran significativos y existía un consenso general que, en un futuro, la tecnología permitiría adaptarnos fácilmente a sus posibles consecuencias.

A principios de los años ochenta ya se sabía que el planeta se calentaba, pero no se le dio prioridad

No había miedo alguno y nos centrábamos en otras preocupaciones. Quemar combustibles fósiles estaba en la base del bienestar humano y la prosperidad económica permitía abaratar costes y generar progreso. No se tenían en cuenta las posibles consecuencias futuras, las posibles externalidades. Pudimos haber solucionado el problema entonces, pero no se le dio prioridad y no se midieron bien sus posibles consecuencias.

Veinte años más tarde, muchos científicos ya tenían los datos atmosféricos de concentración de carbono oficiales en sus ordenadores y hacían proyecciones sobre su evolución futura en modelos climáticos. Era (y es) fácil hacerlo con una simple hoja de cálculo, los datos son públicos. Se modelizaba un incremento del carbono atmosférico, año tras año, y se observaba un claro proceso de aceleración.

Globa warming in Iceland
El deshielo de los glaciares en Islandia continúa acelerándose (Foto: Roxanne Desgagnés/Unsplash)

Naciones Unidas puso en marcha una convención para encontrar soluciones (la United Nations Framework Convention of Climate Change) y se creó un panel internacional de científicos para estudiar el problema y hacer recomendaciones (el Intergovernmental Panel of Climate Change). Se definió un objetivo básico: estabilizar las concentraciones de gases invernadero en la atmósfera para prevenir las peligrosas interferencias antropogénicas en el sistema climático.

Posteriormente, la ciencia puso los números; mantener el incremento de temperatura global planetaria por debajo de los 2 ºC, lo cual va ligado a una concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera no superior a 450 ppm (se miden en partes por millón), con un objetivo ideal: no superar la temperatura de 1,5 ºC.

Las políticas climáticas de los estados definidas hasta el año 2025 no solucionan el problema

Se firmó un primer acuerdo internacional global, el Protocolo de Kioto que, sin solucionar prácticamente nada, al menos tuvo la osadía de poner el problema en el aparador. Finalmente, en 2015 firmamos un acuerdo mayor y más global, el Acuerdo de París, esperando poder, por fin, atajar el problema. 

Las malas noticias de hoy en día. Aún dentro del Acuerdo de París, las políticas climáticas de los estados definidas hasta el año 2025 no solucionan el problema. De momento, en espera de nuevas noticias de la Cumbre del Clima (COP25) de Chile-Madrid, tampoco se atisba un cambio radical para los siguientes cinco años después de 2025.

Manifestación contra el cambio climático
Manifestantes contra el cambio climático en Birmingham (Foto: Callum Shaw/Unsplash)

En estas circunstancias, los modelos climáticos nos dicen que superaremos el umbral de 1,5 ºC de calentamiento del planeta en el año 2030 (siempre con referencia a la temperatura existente al inicio de la primera revolución industrial, hace 250 años). Alrededor del año 2030, también alcanzaremos los 450 ppm (ahora mismo estamos en 412 ppm y creciendo a un ritmo de 2,4 ppm por año, con una clara tendencia incremental).

Si sobrepasamos los 450 ppm en el año 2030, proyectaremos un futuro en el cual, entre los años 2040 y 2045, superaremos los 2 ºC de calentamiento global. Ello expondrá a la humanidad a desafíos muy importantes en temas de salud y seguridad humana, no solo de nuestras vidas, sino de una gran parte de la biosfera y del futuro crecimiento económico. Estas perspectivas han hecho que Europa declarara, hace unas semanas, el estado de emergencia climática.

Sobrepasar los 2º C de calentamiento global expondría a la humanidad a desafíos muy importantes en temas de salud y seguridad humana

Pero, basta de malas noticias, seamos positivos. Hay que crear un futuro nuevo y hay que crear ese futuro nuevo ya, de forma decidida. No actuar o dejar que pase otra década, no haría más que agravar lo que hemos comentado en el párrafo anterior. Basta ya de negacionismos o dudas.

Necesitamos un cambio en el modelo tecno-económico actual. Entramos en la cuarta revolución industrial, una transición a nuevos procesos productivos con un alto componente tecnológico y digital. Esta revolución de la innovación tecnológica debe imperiosamente ir de la mano de la búsqueda de soluciones a la degradación de los procesos sistémicos del planeta como, por ejemplo, el balance energético.

Parafraseando a la compañía energética Enel, el futuro no solo estará basado en la innovación, sino en la innovación y la sostenibilidad, en lo que han llamado “innovabilidad”.

En ese futuro deberíamos ser capaces de aumentar el bienestar social y la prosperidad económica manteniendo, al mismo tiempo, la resiliencia de los procesos sistémicos del planeta Tierra. Debemos recordar que el cambio climático, aunque ahora se presenta como la gran problemática a resolver, no es el único problema ambiental del planeta.

Las soluciones reales tienen que surgir de las empresas

Un antiguo secretario de la UNFCCC, Yvo de Boer, dijo en una ocasión: “Siempre he sostenido que, aunque los gobiernos implementen las políticas necesarias, las soluciones reales tienen que surgir de las empresas". Estoy de acuerdo; las soluciones pasan hoy por las grandes corporaciones y es aquí donde debemos actuar lo antes posible. Esperar a que la sociedad lo pida a partir de nuevas políticas públicas sería esperar demasiado.

En este sentido, observamos signos de esperanza y un cierto “CEO-activismo” muy necesario. La semana pasada un grupo notable de empresarios americanos lanzaba el memorandum Joint Labor Union and CEO Statement on the Paris Agreement, en el que se pone de manifiesto la necesidad de encontrar soluciones al cambio climático y que apoya otra proclama anterior sobre la redefinición del propósito de las grandes corporaciones para afrontar los desafíos socio-ecológicos actuales. 

Restablecer el balance energético es uno de los elementos básicos del Acuerdo de París. En las empresas, ya no vale limitarnos a reducir nuestra huella de carbón (reducir nuestro impacto). Debemos reducirla acorde con los valores recogidos en el acuerdo, lo que implica realizar reducciones drásticas, disruptivas.

En las empresas, ya no vale limitarnos a reducir nuestra huella de carbón

Las empresas deberán también desarrollar nuevas lógicas para responder a los mercados, cambiando radicalmente la forma en que hacen negocios a lo largo de toda la cadena de valor; ampliando sus límites de intervención a las cadenas de suministro, su relación con el consumidor y la gestión de sus desperdicios más allá de las normas.

Las empresas deberán efectuar "innovabilidad" en productos y servicios, así como transformar o desarrollar sus modelos de negocio, teniendo en cuenta que algunos de estos modelos, aunque hoy parezcan importantes, se pondrán en entredicho o deberán desaparecer.

Finalmente, todo ello (reducciones radicales para estabilizar procesos globales, trabajar las cadenas de valor o los procesos de innovabilidad) no será posible si no se establecen acuerdos de colaboración para hacer que las industrias sean finalmente eco-efectivas. Este debería ser el siglo de la colaboración.

El cambio climático es una realidad ya visible y lleva implícito tres aspectos básicos: es un cambio global (no hay lugar en el planeta donde no se observe), es un cambio persistente (ha venido para quedarse y nos acompañará durante décadas) y es un cambio muy incierto (genera mucha incertidumbre, ya que nunca antes hemos vivido algo similar).

Si no actuamos para remediarlo, podemos poner a la humanidad al borde del colapso. Si actuamos, podemos construir un futuro nuevo y mejor.

El cambio climático nos va a exponer a grandes riesgos, pero también nos brinda la oportunidad de establecer una colaboración global entre sociedades en busca de una meta común y ello, también debiéramos verlo como un valor en sí mismo.

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