La responsabilidad nos hace dignos

Por César Arjona

Foto: Leviathan/British Library

Recientemente he leído unas palabras de Arnie Kantrowitz, un profesor de literatura de Nueva York y uno de los primeros activistas gay, que me han fascinado por su candor. Kantrowitz vivió una vida de promiscuidad elegida y consciente durante la época dura del SIDA. En un artículo de mediados de los 80 hablaba sobre sus experiencias desde la tristeza de muchos muertos y de mucha herida causada por los que volcaban en la enfermedad un lacerante prejuicio contra su homosexualidad. Parafraseando a estos se preguntaba: "¿Cuáles son las malas noticias? ¿Acaso Dios ha desatado su venganza cósmica contra nosotros? No. Las malas noticias consisten simplemente en que debemos asumir la responsabilidad por nuestros actos".

Resulta ciertamente fascinante que este activista por los derechos de su comunidad llegue a la conclusión en la que ya estábamos con Kant hace dos siglos. O con Platón hace más de dos milenios. Lo cual indica la problemática evolución moral del ser humano: parecería que nos encontramos siempre en el mismo sitio, algo que puede resultar desalentador, pero que no debe necesariamente serlo. Tiene su belleza y su pedagogía.

Un compatriota de Kantrowitz, el famoso juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos O.W. Holmes decía que el ser humano necesita "más educación en lo obvio que investigación de lo oscuro". Es un buen lema, sobre todo en tiempos de crisis.

Supreme Court
Oliver Wendell Holmes en 1924 (Foto: National Photo Company/Wikipedia)

Los pesimistas dirían que nos movemos siempre en círculos. Los optimistas que lo hacemos en espiral. La imagen de la civilización como una línea de progresión unidireccional la vamos descartando como una antigualla ilustrada, y es mejor asumir que a menudo la actualidad y el origen, la excelencia y el punto de partida, están conectados, a punto de tocarse.

Volvamos a la cita del comienzo. ¿Es realmente una mala noticia tener que asumir la responsabilidad por los propios actos?

Para Kantrowitz lo era, y es difícil no empatizar con sus sentimientos cuando veía morir a sus amigos defendiéndose de la humillación pública. Pero desde una posición menos emocional, ni siquiera es mala la noticia. Es la que es y nada se puede hacer para cambiarla. Es la base y origen de la ética, y en la medida en que el ser humano es un animal ético, el eje central de nuestra vida.

La felicidad genuina desconoce la dificultad o el dolor

Un filósofo griego iría más allá y nos diría que precisamente la felicidad consiste en asumir esa responsabilidad. Puede que sea un proceso difícil y doloroso, sin duda, pero nadie dijo que la felicidad genuina desconoce la dificultad o el dolor. Y si la felicidad exigiera suprimir este y eludir aquella mal haríamos en ponérnosla como objetivo, pues son estos elementos inevitables de la vida humana, y luchar contra lo inevitable solo puede conducir al fracaso.

Para mucha gente los tiempos actuales son difíciles y dolorosos. Los que lo viven así porque han sufrido personalmente las consecuencias de la enfermedad merecen la misma simpatía que cualquier bien nacido le profesaría a Kantrowitz.

Pero más allá de estos casos, la percepción de la dificultad de los tiempos tiene que ver en buena parte con el deber de someterse a unas obligaciones que son muy exigentes, que violan nuestro sentido básico de ciudadanía con derechos (voy donde quiero, me reúno con quien quiero, compro dónde, cuándo y lo que quiero) y que además son impuestas y no escogidas. Es más, que son inmerecidas, pues al fin y al cabo yo individualmente no he hecho nada para ponerme en la situación en la que ahora estoy. Y en general llevamos muy mal el inmerecimiento. Lo solemos llamar injusticia. ¿Por qué tengo yo que asumir una responsabilidad por algo que no he hecho?

En general llevamos muy mal el inmerecimiento

La respuesta es por dignidad. Estamos acostumbrados a vincular la dignidad con los derechos, más particularmente con los llamados derechos fundamentales o derechos humanos. Y quizás por eso no estamos tan acostumbrados a preguntarnos qué es lo que nos hace merecerlos. Por ejemplo: ¿por qué merece el pederasta confeso derecho a un juicio justo?, o ¿por qué merece el terrorista el derecho a no ser sometido a tortura?

 A veces hago esta pregunta a mis alumnos y es frecuente que muchos vacilen a la hora de encontrar una respuesta, y que varios reconozcan sin tapujos que no los merecen. Ocasión para un buen momento docente en el que yo les respondo sin acritud alguna que no creen en los derechos humanos. No pasa nada, no hay por qué avergonzarse de lo que uno piensa, es simplemente una cuestión conceptual. Si al terrorista le quitamos el derecho a no ser sometido a torturas precisamente porque es terrorista es que no hemos entendido nada. O no nos lo creemos.

European Human Rights
Estamos acostumbrados a vincular la dignidad con los derechos humanos (Foto: Ivan Chopyk/ELSA International, Flickr)

En realidad el pederasta merece tanto o tan poco el derecho a un juicio justo, y el terrorista tanto o tan poco el derecho a no ser sometido a torturas, como todos los demás merecemos (tanto o tan poco) esos y los demás derechos civiles y políticos cuya conculcación hace que inmediatamente nos indignemos. Lo único que hemos hecho para merecerlos es haber nacido humanos. Y esa es la definición misma de derechos humanos: los que se le atribuyen a un ser por el mero hecho de ser humano, sin ninguna otra consideración. Por pertenecer a la especie, algo que ni merecemos ni dejamos de merecer, algo que las tradiciones espirituales conciben como un don o un milagro, pero que también significa ser parte del mayor agente de destrucción que existe en el planeta.

Con el poder, y con la capacidad de hacer daño, vienen las responsabilidades

Con el poder, y con la capacidad de hacer daño, vienen las responsabilidades. Y a ese poder, y a esa capacidad de hacer daño, no podemos renunciar, por mucho que queramos. No podemos renunciar como especie, ni como individuos que formamos parte de esa especie. Crisis éticas como las provocadas por el cambio climático o por la pandemia global lo ponen en evidencia.

Nuestras insignificantes acciones individuales, o incluso nuestra propia existencia como entidad biológica, nos hacen peligrosos a causa de la agregación. Peligrosos para nuestro entorno, peligrosos para nosotros mismos. Potencialmente devastadores. Asumir eso debe ser, en los tiempos de la sociedad global, la base del pensamiento ético.

Derechos y deberes no son dos conceptos antagónicos, sino al contrario, dos dimensiones de lo mismo. No puede haber los unos sin los otros, como nos demuestra la teoría jurídica más elemental. Es fácil ver que si yo firmo un contrato de compraventa para adquirir un bien, tengo un derecho a ese bien porque hay un deber proporcional impuesto sobre el vendedor de entregármelo. Un deber el suyo que corresponde a la vez con mi deber de pagarle la cantidad pactada, a la que él tiene derecho.

Nuestras insignificantes acciones individuales nos hacen peligrosos a causa de la agregación

Lo mismo pasa con los derechos fundamentales. Si yo tengo derecho a algo tan básico como la inviolabilidad de mi domicilio es porque existe una obligación igualmente básica y que afecta a todo el mundo de no entrar en mi domicilio contra mi voluntad. Por cierto, la misma que tengo yo de no entrar en los domicilios de todos los demás, y de aquí el famoso eslogan liberal según el cual la libertad de uno termina donde empiezan las libertades de los otros.

En resumen, un derecho (cualquier derecho) existe solo en la medida en que existe un deber equivalente que hace su contenido posible. Esto está dicho desde Aristóteles, quien lo demostraba mediante geometría, para subrayar que esto de los derechos y los deberes no es un desiderátum, sino pura racionalidad.

Aristoteles
Aristóteles demostró que los derechos y los deberes son pura racionalidad (Foto: Vladislav Zolotov/iStock)

Muchos siglos después, otro filósofo que confiaba mucho en la razón, Thomas Hobbes, imaginó cómo sería el mundo si solo hubiera derechos, si todos tuviéramos un derecho ilimitado a todo. El resultado de su especulación es conocido: la guerra de todos contra todos, el hombre como lobo para el hombre, y la necesidad de un Estado totalitario, que evita la sangrante anarquía de los derechos dejándolos de lado para imponer autoritariamente los deberes. Una pesadilla política.

No es casualidad que las medidas adoptadas por diversos gobiernos a la hora de gestionar la crisis del Covid hayan supuesto un grito de alerta ante la amenaza de un retroceso en los derechos fundamentales y las libertades democráticas. La retórica belicista utilizada por estos mismos gobiernos ayuda a alimentar la sospecha.

Pero hay razones incluso más profundas para preocuparse. La constatación de que cualquiera de nosotros es potencialmente peligroso como un agente de contagio del virus, de que la unidad de medida relevante no es el individuo sino el colectivo, supone un inmenso reto a la manera de ver las cosas propia de la filosofía liberal.

Como nunca antes en la historia moderna, la crisis actual nos ha mostrado que los individuos somos partes infinitesimalmente pequeñas de una gran masa biológica

Como nunca antes en la historia moderna, la crisis actual nos ha mostrado que los individuos somos partes infinitesimalmente pequeñas de una gran masa biológica. Las medidas de precaución que nos han pedido y nos siguen pidiendo las autoridades públicas no van tanto destinadas a la protección de nuestras personas como sobre todo a prevenir el potencial peligro causado por esa masa biológica, esa entidad que somos todos. Este escenario es conceptualmente inquietante. Trae a la mente la multitud apelotonada de pequeñas figuras humanas que constituyen el cuerpo metafórico del Leviatán en la famosa portada del libro de Hobbes, legitimación de cabecera del totalitarismo.

No queremos eso. Sí queremos que nuestros derechos se tomen muy en serio. Pero porque queremos que nuestros derechos se tomen muy en serio, sería bueno que nos tomáramos nuestros deberes muy en serio. Porque en ambos casos se trata de lo mismo: de tomarnos nuestra dignidad muy en serio. Y la dignidad humana no reside en los derechos. Se manifiesta en los derechos, eso es correcto, pero proviene de algo más profundo, algo que tiene que ver con nuestra capacidad de actuar libremente y con nuestro inmenso poder para hacer el bien y sobre todo para perpetrar el mal. No hay más dignidad en exigir que se nos respete que en respetar a los demás. Y hay mucha dignidad en actuar conscientemente para evitar el daño que somos capaces de hacer, como individuos por supuesto, pero también como especie.

Técnicamente los deberes son los que hacen posibles los derechos. Éticamente los deberes son los que les dan sentido a los derechos. Sin asunción de responsabilidades, los derechos se nos quedan sin fundamento, no son más que una lista en un papel que alegamos cuando nos interesa. Y ya sabemos que el papel está llamado a desaparecer. 

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