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Enrique Rueda-Sabater

El envejecimiento de la población es una de las tendencias futuras que se destacan más a menudo y habitualmente se utiliza el grupo de los mayores de 65 años para ilustrar la magnitud creciente de esta dinámica. Sin embargo, este umbral de edad parece obsoleto, mientras que otro aspecto de esta dinámica –la longevidad– merece mucha más atención y exige adoptar una nueva perspectiva de análisis. Las personas se mantienen en activo cada vez durante más años y ello tiene graves consecuencias para la dinámica social y política –y para todo tipo de mercados y negocios.

El porcentaje de población de 65 años o más es el descriptor común del envejecimiento de la población. En la actualidad, las personas mayores de 65 años representan poco más del 9 % de la población mundial –frente al 6 y al 7 % de 40 y 20 años atrás, respectivamente. Naturalmente, son valores promedios que enmascaran grandes diferencias en todo el mundo –como lo ilustran claramente los casos extremos de dos países muy poblados: el Japón, donde los mayores de 65 años son el 28 % de la población, y Nigeria, donde son solo el 3 %. China es el país que más contribuye al envejecimiento de la población, tras haber casi doblado (hasta llegar al 20 %) el porcentaje de personas de más de 65 años en veinte años, mientras que numerosos países africanos están incrementando muy moderadamente el porcentaje de la población de más de 65 años: la velocidad difiere, pero la dirección es similar en todo el mundo, como consecuencia de la combinación de unas bajas tasas de nacimiento y una longevidad creciente.

La longevidad puede analizarse cuantitativamente observando la evolución de la esperanza de vida a la edad de 65 años. Pese a que también en este caso existen diferencias significativas entre los distintos países (relacionadas, en gran parte, con los niveles de ingresos per cápita), la longevidad creciente es un fenómeno generalizado e históricamente sin precedentes. En los países de rentas medias (habitados actualmente por tres cuartas partes de la población mundial), las personas mayores de 65 pueden esperar vivir 16 años más –frente a la esperanza de vida de 10 años que había seis décadas atrás y de 14 años, veinte años atrás. La pandemia de la COVID-19 es probable que haya reducido la esperanza de vida –especialmente entre las personas mayores–; sin embargo, este shock puntual (esperemos), solo es significativo en sentido estadístico y es poco probable que haya afectado a la dinámica fundamental relativa a la longevidad.

longevidad

Las proyecciones demográficas medias de las Naciones Unidas muestran este incremento continuo a escala global a un ritmo de un año más de vida cada década. Sin embargo, existe mucha incertidumbre en torno a estas hipotéticas proyecciones. Por una parte, dado el mayor incremento de la longevidad registrado en las últimas décadas, ahora puede que estemos entrando en una fase de planicie –o de más pandemia. Por otra parte, el gran gap aún existente en cuanto a la esperanza de vida entre los países de rentas altas y los demás países, junto al potencial de mejora que puede experimentar la atención médica en estos, permiten indicar que podrían concurrir muchos aspectos positivos que harían incrementar aún más rápidamente la esperanza de vida a los 65 años en todo el mundo. Para muchos sectores y organizaciones, será importante observar no solo la evolución real de longevidad, sino también las normas, las prácticas y las percepciones en torno a ella.

Gran parte del debate acerca del porcentaje creciente de población mayor de 65 años se centra en las consecuencias fiscales relacionadas con las pensiones (dependencia) y en el impacto sobre el sistema financiero de la disminución gradual de los ahorros. Pero estas cuestiones no son debidas a la longevidad, sino a las actuales normas y convenciones sobre el papel clave que tienen los 65 años como umbral que marca el inicio de la jubilación y pone fin a la actividad remunerada, así que vale la pena explorar qué podría implicar establecer otros umbrales para la jubilación obligatoria y voluntaria.

Vale la pena explorar qué podría implicar establecer otros umbrales para la jubilación obligatoria y voluntaria

La relación potencial entre la población activa y la no activa (potential support ratio, PSR) es un indicador útil al respecto, puesto que mide la población en edad laboral y la compara con la población que ya ha superado el umbral de la jubilación. La medida tradicional establece el umbral de los 15 años como el inicio de la edad laboral y los 65 como el del comienzo de la jubilación. Por su estructura demográfica, los países de rentas bajas registran una PSR muy alta (en la actualidad, por encima de 16, y se prevé que disminuya muy gradualmente), pese a que se enfrentan, naturalmente, al reto de tener que generar oportunidades económicas para un gran volumen de gente joven.

En los países de rentas altas, la PSR ya es tan solo de 3,5 y, según las proyecciones de las Naciones Unidas, caerá hasta 2,4 en 2040 –lo cual plantea graves problemas, debido a la carga fiscal de las pensiones. Cambiar estos umbrales por los valores cada más realistas de 20 y 70 años daría una PSR prevista de 3,2 en 2040 –cifra todavía preocupante, especialmente en aquellos países en que la población potencial en edad de trabajar incluye a muchas personas desempleadas o que están fuera de la población activa.

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Los mayores cambios se esperan en los países de ingresos medios –donde vive el grueso de la población mundial. La PSR actual, si se mantienen los umbrales convencionales, se sitúa en 8,2, pero se prevé que caiga muy rápidamente –hasta un preocupante 4,7 en 2040. En cambio, desplazar el umbral de la jubilación hasta los 70 años (para reflejar el esperado incremento de la longevidad) situaría la PSR en 7,5 en 2040. Los ejemplos del Brasil y China ilustran la tendencia y el impacto que supone elevar este umbral de los 65 a los 70 años.

Entender la dinámica y los indicios de cambio con respecto a los umbrales de la edad laboral (incluyendo los conflictos de intereses intergeneracionales) y la naturaleza de la incertidumbre sobre los efectos que va a tener la longevidad en distintos ámbitos ayudará a identificar oportunidades de negocio y a gestionar los riesgos. A la hora de hacer el seguimiento de estas dinámicas, conviene observar que los cambios normativos se verán influidos por el incremento del porcentaje de personas mayores entre la población votante, puesto que en muchos países la participación de la población de más de 65 años es mucho mayor que el resto de los votantes –y, por tanto, su influencia política es más acentuada. Veamos, por ejemplo, los índices de participación en las elecciones presidenciales estadounidenses del año 2020, que se ilustran en la tabla adjunta.

Grupo de edad

Participación

65+

78%

50-64

75%

40-49

68%

30-39

63%

18-29

53%

Las consecuencias de una mayor longevidad son muy amplias. A continuación, enumeramos algunos ejemplos relativos a distintos ámbitos de la actividad económica que invitan a reflexionar:

  • En el ámbito de los consumidores, ya se han analizado sus consecuencias en numerosos mercados, pero un mayor incremento de la longevidad puede acelerar los cambios y hacerlos más profundos, por ejemplo, cambiando los productos por experiencias, haciendo evolucionar las razones de la fidelidad a una marca o ampliando la oferta de viajes sin preocupaciones (además y más allá de los cruceros).
  • En el ámbito financiero, una mayor longevidad puede alterar más que de lo que cabe prever el relativo atractivo de los ahorros y los instrumentos de inversión, y redefinir el concepto de “seguro”, por ejemplo, a través de unos enfoques más flexibles y fiables que la hipoteca inversa.
  • En el terreno laboral, el potencial del cambio dependerá de lo flexibles que sean las normativas del gobierno, las posiciones sindicales y las prácticas empresariales a la hora de reconocer la realidad de la longevidad. Aquellos países y empresas que logren flexibilizarlas más podrán obtener unas recompensas más significativas –desde desgravaciones fiscales hasta unas plantillas más diversas y un emprendimiento más sensible con las cuestiones de la edad.
  • En el terreno de la salud, existe un potencial enorme en torno a una concepción más amplia de bienestar: desde una mayor atención a los aspectos relacionados con la prevención –por parte de los proveedores de servicios médicos y, especialmente, de las personas–, hasta una mayor concienciación del papel de la dieta y el ejercicio. Durante los períodos más duros de la pandemia, los sistemas de asistencia y las comunidades de convivencia han aprendido algunas lecciones que pueden llevarlos a modificar su manera de proceder, así como la oferta y la demanda de esos servicios e instalaciones.
  • Finalmente, en el ámbito tecnológico, caben muchas novedades si crece la brecha digital generacional, como se ha demostrado con el incremento de la actividad online durante los confinamientos ocasionados por la pandemia. Tanto la oferta (con opciones más amigables) como la demanda (con usuarios más habituados a la tecnología) pueden contribuir a acelerar notablemente la adopción de la tecnología por parte de las generaciones más veteranas, abriendo nuevas vías y mejorando la confianza en las existentes.

Dejar de focalizarnos básicamente en las cargas derivadas del envejecimiento de la población (centrado en el umbral de los 65 años) y adoptar una dinámica más abierta, relacionada con la longevidad, va a ayudarnos para modificar unas normas y unas prácticas que parecían muy consolidadas pero que pueden resultar obsoletas debido al cambio demográfico y social. Desde esta perspectiva más amplia, la “economía plateada” puede descubrir todo un mundo de oportunidades y un amplio potencial de negocio, en beneficio de todo el mundo.

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