Joan M. Batista-Foguet
Carlos Royo

Actualmente, hay interés en comparar el liderazgo de Volodimir Zelenski con el de Vladímir Putin. Y, aunque ha habido intentos, esto no es posible. Veamos por qué. Estaremos de acuerdo en que liderazgo se refiere a un proceso mediante el cual una persona influye en un grupo de individuos para lograr un objetivo común. Así pues, entendemos que el liderazgo no existe sin influencia. Estaremos también de acuerdo en que, a diferencia de otros constructos, el liderazgo requiere ser evaluado por “los otros”, los sujetos que puedan darnos información sobre el grado de influencia que perciben o sienten: este es el único indicador observable.

Las teorías del liderazgo pueden distinguirse según cómo observen esta influencia. Así, pueden verla en función de los rasgos característicos del líder, su comportamiento, la contingencia de su intervención, el tipo de relación que establece, el grado de motivación intrínseca que promueve, la proximidad percibida, el grado de sintonía que logra, las emociones y los sentimientos que suscita y gestiona e, incluso, los medios que utiliza para comunicarse con los demás. En este caso, ¿qué papel jugarían virtudes como la integridad, el hecho de merecer confianza, la honestidad, la transparencia, la capacidad de ser visionario/a, inspirar, dar sentido, motivar, animar, aunar, convencer, sentir empatía, compasión...?

Observando nuestra realidad, detectamos que muchos supuestos líderes obvian estas virtudes y todo lo basan en la comunicación. En las últimas décadas, los “líderes” de los partidos políticos, aprovechándose de su visibilidad y habiendo descubierto el papel crucial que juegan las emociones negativas en la capacidad de influir, han optado exclusivamente por azuzarlas. Trump y Bannon se centraron en ellas al diseñar su estrategia para llegar al Capitolio. Y ahora la guerra, que todos padecemos en mayor o menor medida, se inicia y se fomenta desde estas emociones negativas.

Muchos supuestos líderes obvian las virtudes asociadas al liderazgo y todo lo basan en la comunicación

Con Trump, podíamos referirnos a un estilo disonante de liderazgo que, al plantear una situación de poder asimétrica con sus colaboradores, hacía que estos tuvieran cada vez menos espíritu crítico y fueran más dependientes (rehenes) del líder. Con esta desconexión de las necesidades del otro, le resultaba fácil obviar cualquier disfuncionalidad en la gestión de su equipo y orientarse exclusivamente a la consecución de sus objetivos.

Sin embargo, su amigo Vladímir se sitúa en otro paradigma. Inicia un casus belli que pone en riesgo la patria, la religión o la seguridad (en sus múltiples formas), lo cual activa en los ciudadanos todos los mecanismos del miedo que “justifican” cualquier acción de defensa. Todo ello parecería justificar el único modelo de liderazgo que probablemente conoce: el autoritario.

Decíamos que solo parecería un liderazgo autoritario porque el contexto construido allí es idóneo para controlar, que es lo opuesto de liderar. El “líder” que alienta el miedo no lidera, manipula, puesto que en lugar de inspirar la actuación fomenta evitarla. Este supuesto “líder” lo tiene fácil: una organización jerarquizada, una cadena de mando clara, unos colaboradores con poca autonomía y sin la posibilidad de tomar decisiones y, por ello, sin ninguna responsabilidad.

El contexto construido en Rusia es idóneo para controlar, que es lo opuesto de liderar

El líder es omnipresente para evitar que el equipo se relaje al no sentir la presión del castigo (lo que le ocurre al hijo adolescente). Sin duda, las dinámicas de premio-castigo generan cambios y resultados inmediatos. Además, cuanto más se ejerce la autoridad despótica, más dependientes se vuelven los equipos y más necesitados están de instrucciones, normas y organización. ¡Cuántos ejemplos a lo largo de nuestra historia del último siglo! ¡Cuantos “líderes salvadores” del desgobierno han contribuido a autocumplir la profecía de “evitar el caos”!

Así pues, el supuesto líder solo debe: 1.º Servirse de narrativas nostálgicas que idealicen el pasado; 2.º fomentar teorías conspiranoicas que despierten temores sobre un futuro amenazante, inseguro y frustrante, para que se tienda a buscar al “líder protector” cuya retórica atenuará miedos; 3.º camuflarse en un paternalismo “sobreprotector” en el cual subyace aquello de “si haces lo que te digo y como te lo digo no habrá castigo, te protegeré y premiaré”; 4.º aparentar coraje y decir lo que uno piensa y, claro está, ofrecer soluciones simples, que no admiten discusión; 5.º ocultar información y ser fiel a una narrativa. En la era de la posverdad, los hechos cuentan poco, si uno es coherentemente maniqueo: blanco o negro, ellos o nosotros, conmigo o contra mí.

No perdamos de vista el objetivo. Si empiezo disparando o bombardeando; si, en cualquier momento, puedo presionar el “botón”... de las emociones negativas, aquellas que hacen que el sistema nervioso simpático dirija nuestros pensamientos y reacciones, las que propician confrontación o huida, ¿qué necesidad tengo de liderazgo, de comunicar, de convencer, de fomentar la autonomía y la responsabilidad o de promover una motivación intrínseca?

Por todo ello, en este contexto no es posible utilizar el término liderazgo. Es obvio que no se ajustaría a ninguna definición del término, ni permitiría aproximarnos a su métrica, que, como decíamos, implicaría necesariamente la percepción “del otro” y, por tanto, estaría mediatizada por la amígdala. No habría criterio; solo algunas emociones básicas: tristeza, ira y, sobre todo, miedo.

Pero ¿y si en lugar de movilizar las emociones negativas, que generan una cohesión artificial basada en el miedo, fuésemos capaces de ir hacia un mundo que considere al ciudadano como un ser con capacidad para elegir y en que se potencien las emociones positivas que inspiran y dirigen a la acción? Entonces, seríamos capaces de crear espacios de reflexión que permitieran adoptar otras perspectivas desde las cuales resultara posible razonar, evaluar, entender e incluso diagnosticar.

Todo el contenido está disponible bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional.