Por Rafael Sardá

Una potente borrasca atlántica, bautizada con el nombre de Gloria, combinada con una situación atmosférica de grandes presiones en el norte de Europa, desvió recientemente hacia el sureste de la península ibérica un frente de tormentas.

Este frente, al girar en el Mediterráneo de forma ciclónica (en sentido contrario a las agujas del reloj en nuestro hemisferio), alimentado por unas aguas más cálidas de lo normal (TV3 había mostrado la semana anterior a personas bañándose en las playas de Barcelona), proyectó hacia el noreste del Mediterráneo español un “excepcional” temporal marítimo, con vientos del este y del noreste.

Gloria fue un temporal muy extenso (afectó toda Cataluña), muy intenso (con precipitaciones medias superiores a los 300 l/m2, olas sostenidas de 3-5 m y vientos de más de 70-80 km/h, con puntas extremas) y muy duradero (cuatro días).

Thunderstorm Gloria
La borrasca Gloria en el océano Atlántico (Foto: National Oceanic & Atmospheric Administration)

Este temporal, al caer sobre un territorio con un modelo de ocupación anárquico y poco planificado, ha tenido unas consecuencias desastrosas, incluyendo la pérdida de vidas humanas, y unos costes económicos muy importantes.

Si estas consecuencias no han sido más devastadoras es gracias a que los sistemas de protección civil, bomberos, guardia urbana y vigilancia han funcionado muy bien al servicio del interés público.

Ahora, pasados unos días, seríamos estúpidos e irresponsables si no aprendiéramos algunas lecciones de este episodio “excepcional”.

En primer lugar, nunca nos hemos preocupado demasiado por ocupar unos espacios que forman parte de los procesos biofísicos que sigue la naturaleza para cumplir sus funciones ecológicas ancestrales. 

  • Los ríos son ríos (además de proveernos de agua, su caudal aporta nutrientes y sedimentos al mar, entre otros elementos).
  • Los litorales son litorales (además de ofrecernos un espacio para colocar las toallas, nos protegen del mar amortiguando una energía que el ser humano no puede ni podrá dominar jamás).
  • Los deltas son deltas (además de ser tierras fértiles, actúan como planas de inundación cuando los cauces fluviales no pueden desplazar el agua que ha caído sobre ellos).

Los ríos, los litorales y los deltas son sistemas naturales dinámicos y conectados, unos hábitats que albergan ecosistemas milenarios; no entenderlo es ponernos a nosotros mismos y a los demás en riesgo.

Los deltas y los humedales (se ha hablado mucho de ellos) son planas fértiles donde históricamente han desarrollado sus actividades agrícolas personas que conocían el medio; en el pasado, se habían inundado repetidamente, y nada indica que ello no vaya a repetirse en el futuro. Industrializar estas actividades o ubicar en estos lugares actividades industriales o terciarias es situarlas premeditadamente en una zona de riesgo. No somos ni seremos inmunes a estos riesgos.

Históricamente, hemos gestionado muy mal nuestro medio natural

En segundo lugar, debido a estas ocupaciones, hemos desnaturalizado en exceso nuestros sistemas naturales.

Hemos estrechado playas, ríos, deltas, zonas de lagunas y, en general, cualquier humedal. En muchos ríos y deltas, las zonas afectadas se hallan algunos kilómetros aguas arriba, más que en la desembocadura, donde las zonas inundables ya están ocupadas. Las usamos para nuestras necesidades humanas, olvidando sus funciones ambientales, como si no tuvieran la menor importancia.

El río es responsable de formar las playas arrastrando sedimentos al mar; el río aporta nutrientes que son indispensables para la productividad de la zona costera; el río forma un cauce ideal y conforma un hábitat natural para un sinfín de especies que cumplen numerosas funciones en la naturaleza; el río encauza el agua y nos permite tener suelo firme a su alrededor.

Un río no es solo agua para beber, para cosechar, para enfriar las calderas o para introducir en productos de consumo. Históricamente, hemos gestionado muy mal nuestro medio natural.

En tercer lugar, esta gestión inapropiada es hoy una gestión impropia. Las directivas y las recomendaciones europeas sobre el medio natural cambiaron su filosofía y sus objetivos generales a finales del siglo pasado y ello también hizo cambiar nuestras leyes. 

La Directiva de inundaciones señala que vigilemos mucho o, directamente, que no permitamos actividades en zonas inundables. La Directiva de ríos dispone que gestionemos los ríos con el objetivo prioritario de garantizar su caudal ecológico. La Directiva de hábitats establece que mantengamos los ecosistemas funcionales. La Directiva sobre la estrategia marina dispone que garanticemos el buen estado medioambiental de los litorales…

Y nosotros, como si oyéramos llover, limitamos la aplicación de estas normas a la mínima expresión, al mínimo común denominador, con lo cual falseamos su cumplimiento.

Los modelos climáticos del futuro nos indican que los episodios extremos serán más frecuentes

Todas estas normas recomiendan u obligan a realizar una gestión adaptada al ecosistema allá donde desarrollemos actividades que afecten el medio natural, pero ello no se aplica. Hace diez años, España suscribió un documento vinculante que obliga a realizar una gestión integrada de las zonas costeras del litoral mediterráneo, pero ello no se ha implementado. Es evidente, pues, que no entendemos nuestra relación con la naturaleza. 

Gloria se ha descrito como un episodio “excepcional”, pero ha sido excepcional entre comillas. Se ha hablado mucho sobre el cambio climático y se ha mencionado Gloria como una de sus consecuencias. 

El cambio climático responde a una tendencia hacia el calentamiento global basada en datos irrefutables; el balance energético Tierra-atmósfera está alterado: el calor de la superficie terrestre aumenta y, con ello, la temperatura de la atmósfera, la temperatura del mar y la evaporación; las tierras heladas se reducen, con lo cual sube el nivel del mar…, y ello desencadena otros fenómenos, de los cuales tenemos amplia certeza.

Hemos de aprender a cambiar nuestro modelo de relación con la naturaleza lo antes posible

Los modelos climáticos del futuro nos indican que los episodios extremos serán más frecuentes a corto, medio y largo plazo; basta con ver el Informe de riesgos globales del Foro Económico Mundial de Davos de este año para salir de dudas.

El cambio climático ya ha hecho aumentar la temperatura de la Tierra un grado en los últimos 250 años y los modelos climáticos nos indican que de aquí a 25 años la temperatura de la Tierra se incrementará un grado más. Habrá temporales más fuertes y más frecuentes, alternados con períodos muy secos. Por ello, acaso deberíamos empezar a describir Gloria no como un episodio “excepcional”, sino simplemente “inusual”.

A tenor de todo lo expuesto, parece lógico el siguiente corolario: como sociedad, hemos de aprender a cambiar nuestro modelo de relación con la naturaleza lo antes posible; de lo contrario, la propia naturaleza nos puede pasar factura, y ello también vale para cualquier organización privada.

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