¿Estamos en una burbuja de la Inteligencia Artificial?

Esta nueva era tecnológica impulsa inversiones multimillonarias y expectativas inéditas. Hoy, la IA concentra valoraciones récord e inversiones masivas. ¿Revolución o expectativas desbordadas?

Esteve Almirall

Todo el mundo recuerda la burbuja de las puntocom, la quiebra de Lehman Brothers, las trágicas imágenes de cientos de empleados con cajas de cartón en los brazos en busca de un nuevo empleo y una nueva vida. Sin duda, las valoraciones de muchas empresas van hoy más allá de todo lo esperado. Hoy, la ingente necesidad de capital para construir la infraestructura de la inteligencia artificial —una infraestructura que en apenas cuatro o cinco años puede volverse obsoleta— supera incluso lo imaginado.

Algunas voces alertan de una burbuja de la IA y de sus peligros, mientras que otras se enfrentan a la realidad de una nueva era, con crecimientos inauditos del mercado. No son voces menores. Figuras tan influyentes como la del director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, o la del presidente y director ejecutivo de NVIDIA, Jensen Huang, reconocen en público lo que muchos susurran en privado: “Sí, estamos en una burbuja”.

Las burbujas siempre tienen el mismo origen: la sensación colectiva de estar frente a un tren imparable que no se puede dejar pasar. En los mercados, como en la vida, pocos temen tanto como quedarse fuera de “la próxima gran cosa”. Y la IA, con su capacidad de escribir textos, generar imágenes o simular conversaciones humanas, se ha convertido en ese billete hacia el futuro.

Los mercados no reflejan tanto el valor real de las empresas como las expectativas de valor: lo que se cree que podrían llegar a ser, traducido en lo que el mercado está dispuesto a pagar por ellas. Pero ese futuro siempre es difícil de precisar. La imaginación suele viajar mucho más rápido que la realidad, especialmente cuando las perspectivas apuntan a disrupciones sin parangón en la historia de la humanidad. De ahí que, cuando las promesas se enfrentan al espejo de los hechos, el aterrizaje suela ser doloroso.

Se vio con la fiebre de las puntocom en los años 2000, con la burbuja inmobiliaria en 2008, y ahora muchos se preguntan si se ve con la inteligencia artificial. Porque, ¿qué ocurre si ese crecimiento exponencial que se vende no llega, o tarda mucho más de lo esperado? El miedo es simple: que la burbuja explote y deje tras de sí un rastro de pérdidas multimillonarias.

La burbuja como motor de innovación

Siempre se piensa en las burbujas como una consecuencia no deseada del hype, de la especulación desbocada, de las modas —como en el caso de los tulipanes holandeses— o simplemente de la disponibilidad de dinero barato.

Estamos ante un nuevo tipo de disrupción, que irrumpe en el mercado y lo domina totalmente hasta transformar la sociedad

Pero en este caso, el hype no es un accidente: es el mecanismo.

Se conocen bien las disrupciones tecnológicas que vienen desde la parte baja del mercado. Productos humildes como las pantallas de cristal líquido en los modestos relojes Casio, o las cámaras digitales, evolucionan durante décadas hasta cruzar ese umbral mágico en el que empiezan a satisfacer las necesidades de un grupo suficientemente grande de usuarios. Así logran capturar una parte significativa del mercado y, finalmente, convertirse en la tecnología dominante, desplazando a la anterior.

Este tipo de disrupciones fueron extensamente descritas por el académico americano Clayton Christensen y han marcado —y aún marcan— muchas industrias.

Sin embargo, ahora nos enfrentamos a un nuevo tipo de disrupción: no empieza con productos modestos, sino que entra directamente por la parte superior del mercado y se extiende hasta dominarlo. Es el caso de los coches eléctricos de Tesla o de la IA generativa de OpenAI. Son disrupciones que en pocos años transforman mercados enteros y cambian nuestra sociedad.

Estas disrupciones, impulsadas por el hype, hacen crecer enormemente los mercados y las industrias que las apadrinan, en algo que se podría identificar como una burbuja… y que en algunos casos acaba siéndolo.

Las tres fases del ciclo

Estas burbujas se definen en tres fases.

En primer lugar, ocurre un descubrimiento inesperado: una innovación o un avance tecnológico que actúa como detonante. En el caso de los coches eléctricos y la autoconducción, podríamos situarlo en los desafíos de DARPA. En el caso de la IA generativa, fue, sin duda, la aparición de ChatGPT el 30 de noviembre de 2022.

Ese hecho abre una ventana de posibilidades inesperadas que logra capturar la imaginación colectiva y da lugar a la expectación, que es la segunda fase. El hype tiene misiones y objetivos bien definidos. Algunos son claramente positivos para el ciclo de innovación, otros negativos y, otros, simplemente útiles.

Entre los positivos destacan tres: capturar dinero, atraer talento y alinear organizaciones —nuevas startups y empresas ya existentes— en torno a un proyecto común. Pero también encontramos efectos negativos: free-riders, hipérboles, temores que generan regulaciones contraproducentes, desigualdad e incluso desprestigio si las expectativas no se cumplen con rapidez. Y hay efectos útiles, especialmente la enorme difusión social de estas tecnologías, pero sobre todo la exploración que suscitan. Otros mecanismos —como los grandes proyectos gubernamentales o los moonshots— están más dirigidos y no permiten ese nivel de experimentación. El hype, en cambio, abre el campo, ya que permite explorar cientos de posibilidades.

Eso sí: no es gratis. Se invierte —y se desperdicia— mucho capital en propuestas que no llegan a buen puerto.

Por último, llega la tercera fase, que es la más importante: la adopción.

La adopción nunca es un simple calco, sino una recombinación. Es una estrategia previa adaptada a una tecnología nueva. Es decir, aunque siempre contiene un grado de innovación, la adopción no es solo creatividad. También es validación y captura de valor.

Es el punto decisivo para saber si estamos ante un verdadero proceso de innovación… o ante una burbuja especulativa incontrolable. Si la adopción tiene éxito, realimenta tanto el hype como la aparición de nuevos descubrimientos. Si no lo tiene, solo sobreviven los procesos especulativos, mientras la innovación se agota.

¿Burbuja al fin?

Se puede caer en el error de confundir un mecanismo de innovación con una burbuja, aunque en cierto sentido lo sea: la burbuja es inherente al mecanismo. Estas disrupciones están propulsadas por expectativas de transformación. Eso es lo que permite capturar capital, talento, startups y apoyo social y político.

Ahora bien, el hype se basa en futuribles, que serán confirmados —o no— mediante la adopción. Hasta entonces, son promesas, no realidades presentes. Y esa es precisamente la madera de la que se construyen las burbujas.

¿Estamos en una burbuja? En la medida en que se confirmen o superen las expectativas, no lo estaremos. Pero como siempre, se habla de expectativas: futuribles, no certezas. La respuesta la dará la adopción, aunque esta se mueva más lentamente que el hype que la impulsa. Por eso el motor seguirá siendo, durante un tiempo, la imaginación colectiva.

Esta es la razón por la que, finalmente, estos procesos acaban muchas veces en una burbuja: expectativas que no pueden confirmarse cuando la tecnología alcanza un plateau. Hasta donde se sabe, todas las tecnologías lo hacen. Ninguna ha avanzado eternamente, aunque algunos sugieren que la incorporación de la IA a la propia investigación podría hacer esto posible por primera vez en la historia.

Así que, volviendo a la pregunta inicial, ¿estamos en una burbuja? Probablemente no. Pero indefectiblemente, lo estaremos.

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