Cómo afecta la riqueza a la relación entre sentido de la vida y felicidad
Tener un sentido de la vida es uno de los secretos para ser feliz. Un estudio reciente muestra que a los ricos les resulta más difícil encontrar la felicidad en el sentido de la vida que a las personas de rentas bajas.
La brecha entre ricos y pobres está creciendo y la pobreza a escala mundial está aumentando por la triple amenaza que suponen el Covid, los conflictos armados y el cambio climático. Al mismo tiempo, las investigaciones reflejan que las personas con rentas más bajas tienen el doble de probabilidades de padecer depresión, y que el descenso de los ingresos familiares aumenta el riesgo de trastornos del estado de ánimo.
Esto describe un panorama desalentador para las personas que viven en condiciones de pobreza o tienen rentas bajas. De acuerdo con esos datos, la falta de dinero lleva a una situación en la que el estado de ánimo es bajo, la felicidad escasea y la vida tiene no tiene mucho más sentido que satisfacer las necesidades básicas para sobrevivir.
Sin embargo, un estudio realizado por Jordi Quoidbach de Esade, Rhia Catapano (University of Toronto), Cassie Mogilner (University of California) y Jennifer L. Aaker (Stanford Graduate School of Business) revela que tal vez no sea así.
El estudio, publicado por la American Psychological Association (APA), ofrece información valiosa sobre cómo afectan los recursos económicos al bienestar, específicamente por lo que se refiere a la relación entre sentido de la vida y felicidad.
El valor del sentido de la vida
¿Qué da sentido a la vida? El filósofo Friedrich Nietzsche dijo: “Quien tiene un porqué para vivir, podrá soportar casi cualquier cómo”. Pero hay una diferencia entre limitarse a soportar la vida y disfrutar activamente de tu existencia.
La felicidad se suele definir como ser más positivo que negativo y estar satisfecho con la vida. El sentido de la vida, por su parte, está relacionado con ver que la vida tiene significado, importancia y una dirección.
La felicidad se asocia con ser más positivo que negativo, mientras el sentido de la vida se relaciona con tener significado y una dirección
Algunas experiencias pueden aportar sentido pero no felicidad y viceversa. ¿Qué factores influyen en el alcance de cada uno y qué los une? ¿Es más fuerte la relación entre ambos por el hecho de tener una posición económica mejor?
De acuerdo con el estudio de Quoidbach y sus coautores, la respuesta a la segunda pregunta es negativa. Su estudio realizado con 500.000 personas de 123 países reveló que, cuanto mayor es la riqueza, menor es el vínculo entre sentido de la vida y felicidad.
Cómo afectan los ingresos y el estatus social al bienestar
Los investigadores analizaron tres conjuntos de datos a gran escala de Estados Unidos, de Francia y de todo el mundo. Los tres estudios revisaron lo fuerte que es la relación entre sentido de la vida y felicidad según el nivel de ingresos y el estatus socioeconómico.
En el primer estudio, en el que se utilizaron los datos de Gallup US Daily (monitorización del bienestar), se midió la felicidad utilizando tres indicativos: si los encuestados habían sonreído o se habían reído mucho el día anterior; si habían disfrutado durante gran parte del día anterior, y si se habían sentido muy felices durante el día anterior.
El sentido de la vida se midió tomando como referencia en qué medida a las personas les gusta lo que hacen cada día y si están motivadas para alcanzar sus objetivos; para ello se utilizaron los datos del Índice de propósito de la encuesta mundial de Gallup. Finalmente, se utilizó la medición de los ingresos según los datos oficiales de Gallup US Daily para evaluar el nivel de ingresos.
Las personas ricas tienen mayor acceso a otras fuentes externas de felicidad
Los resultados de este primer estudio centrado en EE. UU revelaron que la correlación entre sentido de la vida y felicidad disminuía a medida que los ingresos aumentaban. Es decir, el hecho de tener un sentido de la vida afecta más a la felicidad en las personas con bajos ingresos que en las que ganan mucho.
Según los autores, “este efecto puede atribuirse al hecho de que las personas más acaudaladas tienen un mayor acceso a otras fuentes externas de felicidad, lo que les permite depender menos de un sentido de la vida construido internamente para ser más felices”.
La visión a escala mundial
Las diferencias culturales afectan considerablemente a las tendencias, por lo que los investigadores recurrieron a los datos de la encuesta mundial de Gallup, recopilados en 123 países entre 2005 y 2015, para valorar patrones globales.
Se evaluó la felicidad utilizando los mismos criterios que en el primer estudio, ajustados y validados en función de las diferencias locales. El sentido de la vida se valoró mediante una respuesta afirmativa o negativa a la pregunta: “¿Crees que tu vida tiene un sentido o propósito importante?”.
Este patrón no es específico de una sola cultura o región
Para analizar los ingresos se usaron los tramos de ingresos a escala mundial de Gallup, convertidos para garantizar su coherencia utilizando la paridad del poder adquisitivo (PPA) del consumo individual del Banco Mundial.
También en este caso, había una mayor correlación entre sentido de la vida y felicidad en las personas con ingresos más bajos que en las que estaban en los tramos más altos. En 10 de las 11 regiones analizadas en el segundo estudio, la relación entre felicidad y sentido de la vida era más débil en aquellos que tenían ingresos más altos.
Dichos resultados a escala mundial indican que este patrón no es específico de una sola cultura o región.
Influencia social
La percepción que una persona tiene de su situación económica puede estar influenciada por su posición social y sus predisposiciones emocionales. Para medir cómo afecta esta influencia social en lo fuerte que es la relación entre sentido de la vida y felicidad, los investigadores realizaron un tercer estudio con participantes franceses a los que se les pidió que calificaran su estatus socioeconómico utilizando la escala MacArthur.
Además de hacerles preguntas sobre su nivel de felicidad, su sentido de la vida y su propósito, a los participantes también se les preguntó en qué nivel pensaban que estaban en una “escalera (escala) social”, situándose en el peldaño nueve las personas con la mejor formación, los mejores trabajos y más dinero, y en el peldaño uno, las que tienen una menor formación y un trabajo peor o no tienen trabajo.
El tercer estudió arrojó los mismos resultados que el primer y el segundo estudio: la relación entre felicidad y sentido de la vida era más fuerte en las personas que consideraban que estaban más abajo en la escala social.
El dinero no puede comprar el sentido de la vida
¿Por qué a las personas con un patrimonio neto más alto les cuesta identificar el sentido de la vida con la felicidad? ¿Acaso el afán de riqueza excluye actividades que podrían dar más sentido a sus vidas? Esta teoría concordaría con los estudios que demuestran que ansiar tener posesiones materiales afecta negativamente al bienestar.
¿O es que su riqueza les permite entregarse a actividades que aportan menos sentido de la vida, mientras que las personas que tienen ingresos bajos pero redes sociales fuertes obtienen más sentido de sus propias actividades gracias al respaldo que reciben al realizarlas? En países con ingresos más bajos, se alienta buscar apoyo como tratamiento para los problemas de salud mental; ¿podría esta ayuda emocional y práctica que se recibe hacer que las personas vean sus vidas de una forma más positiva?
Los resultados del estudio de Quoidbach et al. no ofrecen respuestas definitivas, pero plantean preguntas apasionantes para futuras investigaciones.
Profesor titular, Departamento de Dirección de Personas y Organización en Esade
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