La ONU cumple 80: Por qué sigue importando y en qué está fracasando

La misión fundacional de la ONU —sustituir la ley de la fuerza por la fuerza de la ley— se enfrenta hoy a una prueba existencial. ¿Puede mantenerse en pie el experimento más ambicioso de la historia del multilateralismo?

Equipo Do Better

En junio de 2025, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunió para votar una resolución que exigía un alto el fuego inmediato en Gaza y acceso humanitario sin restricciones. Catorce miembros votaron a favor; uno no lo hizo. Estados Unidos ejerció su derecho de veto y la propuesta se vino abajo. Para millones de civiles que sufrían los ataques, nada cambió. 

No es la primera vez que un miembro del Consejo de Seguridad utiliza su veto para bloquear una acción. Rusia ha vetado en repetidas ocasiones resoluciones sobre Ucrania desde el inicio de la invasión en 2022. Rusia y China han vetado conjuntamente medidas sobre Siria. Cada vez que uno o dos países imponen su voluntad sobre la mayoría, el Consejo queda paralizado. 

Mientras la ONU celebra su 80 aniversario, la distancia respecto a su propósito original resulta evidente. Desde su creación el 24 de octubre de1945, su objetivo ha sido sustituir la ley de la fuerza por la fuerza de la ley. Hoy, su órgano más poderoso, el Consejo de Seguridad, funciona a menudo como un tribunal en el que cada juez puede anular unilateralmente el veredicto. ¿Puede la ONU seguir cumpliendo su misión de mantener la paz cuando el Consejo está bloqueado y la confianza entre los Estados miembros se erosiona? 

La ONU en crisis

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Las grietas en el sistema no son nuevas. Algunos hitos que empezaron a dañarlo fueron la invasión de Irak en 2003 liderada por Estados Unidos sin la aprobación del Consejo de Seguridad; la guerra de Rusia con Georgia en 2008; o la intervención en Libia en 2012 liderada por Francia, Reino Unido y EEUU, cuando el principio de la “Responsabilidad de Proteger” se estiró para justificar un cambio de régimen. 

El problema no radica solo en que uno u otro país impidan a la ONU actuar, sino en el propio sistema de veto. Como vencedores de la Segunda Guerra Mundial, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido— pueden bloquear cualquier iniciativa que afecte a sus intereses en el mundo. Y aunque el mundo haya cambiado desde entonces, ninguno de estos países está dispuesto a renunciar a su privilegio. 

Reformar la ONU hoy es imposible. Refundarla, impensable

Por si fuera poco, Estados Unidos, impulsor de la ONU en la célebre Conferencia de San Francisco, se ha vuelto escéptico y ya no considera al conjunto de la organización como indispensable. Como ha escrito Angel Saz-Carranza, director de EsadeGeo y del programa de formación ejecutiva Geopolítica, Economía y Riesgo, en el diario Expansión: “Cuando el país que promovió la Conferencia de San Francisco socava la institución, la crisis es existencial.” 

El ascenso incierto de China

Si Estados Unidos ha perdido la fe, ¿podría China convertirse en líder del multilateralismo? Pekín ha trabajado para aumentar su presencia e influencia en las instituciones de la ONU, desde la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura hasta la Interpol. Sin embargo, China nunca se ha sentido plenamente cómoda dentro del sistema multilateral. La ONU se fundó en 1945, cuando China era un país débil y vulnerable antes de la revolución comunista, lo que dejó un poso de desconfianza hacia la organización. Esa desconfianza nunca ha desaparecido. 

En su lugar, Pekín ha construido estructuras paralelas. El Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái ofrecen alternativas a las instituciones lideradas por Occidente. Al mismo tiempo, China se ha acercado a Rusia y ha proyectado una imagen más autoritaria en el ámbito internacional. El desfile militar de la Segunda Guerra Mundial en Pekín, con el presidente Xi desfilando junto a Vladímir Putin y Kim Jong-un, fue una señal clara del entorno político en el que China se siente más cómoda. 

Esta postura política debilita la capacidad de China para posicionarse como potencia dirigente en la ONU. Su creciente autoridad dentro de la organización avanza en paralelo a un distanciamiento deliberado desde fuera, lo que genera desconfianza entre los países occidentales y asiáticos desarrollados

Por qué una reforma es poco realista

Algunos sostienen que la solución pasa por una reforma estructural. Académicos y responsables políticos han propuesto ampliar el Consejo de Seguridad para incluir como miembros permanentes de pleno derecho a India, Brasil y países africanos. Otros, como el investigador de EsadeGeo Dario Arjomandi, adoptan una visión más ambiciosa. Recientemente escribía en Ethic sobre la propuesta de Global Governance Forum para una nueva Asamblea Parlamentaria de la ONU, en la que los ciudadanos —y no simplemente los Estados— estén representados. Junto a la ya existente Asamblea General, el voto concurrente de ambos organismos tendría la capacidad de anular un veto del Consejo de Seguridad. 

Pero, por ahora, la idea de la reforma es un espejismo. Cualquier avance hacia un cambio significativo está bloqueado por ese mismo poder de veto de los cinco miembros permanentes. El sistema actual sigue reflejando el panorama geopolítico de 1945, muy distinto al de hoy. 

Como escribe Saz-Carranza: “Reformarlo hoy es imposible. Refundarlo, impensable. Lo mejor que podemos hacer es frenar el deterioro, preservar lo esencial y esperar a que una mejora en las relaciones internacionales permita realizar ajustes marginales”. 

Lo que merece ser preservado

La maquinaria política puede estar bloqueada, pero otras partes de la ONU siguen obteniendo resultados significativos. Las agencias técnicas y humanitarias continúan trabajando en silencio. En 2024, el Programa Mundial de Alimentos entregó comida a 124 millones de personas en 87 países, a pesar de los presupuestos menguantes y las crisis crecientes. 

Es necesario defender las partes de la ONU que aún funcionan eficazmente y tejer nuevas formas de cooperación

La Organización de Aviación Civil Internacional fija los estándares mundiales de seguridad aérea. La Organización Marítima Internacional regula las normas de navegación que sustentan casi el 90 % del comercio mundial. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sigue operando en Estados frágiles donde pocas otras organizaciones lo hacen. 

Afortunadamente, estas agencias no dependen del consenso político entre las grandes potencias. Su labor se basa en la cooperación práctica. En un orden internacional fragmentado, son los salvavidas que merecen ser preservados. 

Construir fuera de la ONU

Preservar lo que funciona dentro de la ONU no basta para contrarrestar la descomposición política del sistema. El mundo necesita nuevos marcos de acción: coaliciones y acuerdos flexibles, lo que los expertos denominan gobernanza de “geometría variable”

El Acuerdo de París sobre el Clima, firmado por casi todos los países, estableció objetivos comunes para limitar el calentamiento global. Acuerdos comerciales como la asociación entre la UE y Japón fijan estándares de inversión y sostenibilidad. Iniciativas público-privadas como el Fondo Mundial para la salud reúnen a gobiernos, empresas y sociedad civil para combatir enfermedades más allá de sus fronteras. 

Estos acuerdos no son un sustituto de la ONU. Carecen de su universalidad y de su fuerza jurídica. Pero pueden amortiguar los golpes y mantener un tejido de cooperación en un momento en que las normas globales se están deshilachando. 

¿Puede la ONU seguir siendo una plataforma para la paz?

Las Naciones Unidas nacieron del “egoísmo ilustrado”. En 1945, Estados Unidos consideraba que la estabilidad del mundo a largo plazo era su mayor prioridad. Como señala Saz, esa convergencia única de poder y visión no volverá. 

La disyuntiva actual no es entre reforma o colapso. Se trata de defender las partes de la ONU que aún funcionan eficazmente y, al mismo tiempo, tejer nuevas formas de cooperación que sirvan mejor al mundo del siglo XXI. Esta tarea puede parecer menos épica que redactar una nueva Carta de San Francisco, pero es mucho más urgente. 

La cooperación global, en el panorama político actual, puede parecer fragmentada, estancada y a menudo frustrante. Pero en un mundo que enfrenta crisis crecientes —como los conflictos armados y el cambio climático—, es más necesaria que nunca.

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