De desconocidos a colectivos sociales: Las lecciones del confinamiento

Han pasado más de tres años desde los confinamientos del COVID-19, pero aún se siguen extrayendo lecciones de la respuesta colectiva que se dio para dar sentido a la pandemia y organizarse frente a ella.

David Murillo

Durante la pandemia de COVID-19, las instituciones se activaron rápidamente para implementar directrices y marcos a los que la población se pudiese ceñir. En las fases iniciales de la pandemia, y ante la falta de acuerdo generalizado entre los funcionarios sobre cuál era la mejor forma de actuar, empezaron a surgir de forma espontánea colectivos sociales para combatir la confusión. Como señaló el periodista medioambiental George Monbiot en The Guardian en marzo de 2020: “En todo el mundo, allí donde los gobiernos han fracasado, las comunidades se han movilizado”. 

En abril de 2020, cuando se recomendó o exigió a la mitad de la población mundial que se quedara en casa, David Murillo (Esade) y Andreas Georgiou (doctorado de Esade y actualmente profesor adjunto en la Universidad de Exeter) iniciaron una investigación para estudiar dicha organización espontánea. Sus conclusiones, publicadas en la revista European Management Journal, arrojan luz sobre el proceso de dotar de sentido (la forma que tiene la gente de dar sentido a las experiencias colectivas) y analizan la capacidad de los colectivos sociales para instaurar la resiliencia y el respeto en las comunidades

Una organización social que surge de forma espontánea

El papel que desempeñan los grupos y organizaciones locales en los momentos de crisis es un tema que ya se había estudiado en un número considerable de investigaciones realizadas antes de la pandemia. Sin embargo, esta bibliografía previa tiene un aspecto en común: la presencia de relaciones e interacciones sociales preexistentes. Durante el confinamiento, las distintas sociedades no disponían de dichas estructuras sociales de tipo presencial, por lo que se vieron obligadas a desarrollar nuevas formas de apoyarse mutuamente. 

Los gestos de solidaridad de los primeros días de la pandemia no estaban necesariamente relacionados con vínculos preexistentes

Murillo y Georgiou revisaron el razonamiento (o proceso para dar sentido) que subyace tras la naturaleza espontánea con la que personas de diversos orígenes se unieron en pro de objetivos comunes en estas circunstancias sin precedentes. Se difundió una encuesta autoadministrada de preguntas abiertas a través de redes personales e institucionales, con una muestra final de 623 respuestas de participantes de España (53,6%), otros países europeos (31,4%), América (12,4%) y Asia, África y Oceanía (2,4%). Tras la encuesta, se realizaron entrevistas en profundidad a 17 encuestados. 

En contra de lo que indicaban la mayoría de los estudios previos, las respuestas rápidamente revelaron que los gestos positivos de solidaridad que surgieron, incluso en los primeros días de la pandemia, no estaban forzosamente relacionados con relaciones o vínculos afectivos preexistentes en las comunidades

Las distintas etapas sociales del COVID-19

Tras analizar y codificar los datos y aplicar un diseño flexible de concordancia de patrones, los investigadores identificaron seis etapas o fases en el proceso que se dio para dar sentido a la situación y organizarse socialmente de forma espontánea que tuvieron lugar como respuesta a la pandemia. 

  • Vecinos desconocidos (prepandemia): muchos encuestados afirmaron que, antes de la pandemia, no mantenían relaciones estrechas con sus vecinos y que, con frecuencia, no se conocían en absoluto. Incluso los que formaban parte de grupos comunitarios preexistentes dijeron no sentirse especialmente conectados con otros miembros del grupo. Pero, a medida que los encierros se consolidaban, empezaron a surgir colectivos sociales. 
  • Pérdida de sentido y orden (creación): cuando la pandemia perturbó las vidas y las rutinas con la incertidumbre que implicó en cuanto a sus consecuencias sociales, sanitarias, políticas y económicas, lo “normal” desapareció. La consiguiente pérdida de sentido y orden motivó un esfuerzo por llenar el vacío de las carencias institucionales. 
  • El sentido social del confinamiento (interpretación): durante esta etapa, las tasas de mortalidad y el número de casos ofrecieron una referencia consistente al que las personas podían dirigir su atención. En este marco contextual, orientaron principalmente sus esfuerzos a proteger a los grupos vulnerables y apoyar el sistema sanitario. 
  • Solidaridad individual y colectiva (establecimiento): esta responsabilidad se vio reforzada por las iniciativas vecinales emprendidas para proteger y apoyar a las personas vulnerables. La imposibilidad de realizar actividades de forma presencial tuvo el efecto adverso (y positivo) de hacer que la gente se uniese: al no ser posible interactuar cara a cara, la atención se centró en las prioridades, más que en discutir sobre el sentido que había tras ellas, lo que a su vez hizo posible que las comunidades actuasen como un colectivo. 
  • Nuevos límites sociales (selección): la “nueva normalidad” requirió establecer unos nuevos límites sociales que, hasta entonces, solían recomendar o imponer las autoridades. La ruptura de estas normas fue algo visible, lo que permitió a las personas reconocer los nuevos códigos sociales y los criterios relacionados para los colectivos sociales emergentes. 
  • Sentido de la comunidad (retención): estos colectivos sociales recién formados favorecieron un sentido de conexión y contagio emocional. El orden y el sentido se mantuvieron en la distancia gracias una nueva lógica compartida en el seno de las comunidades. 

La forma de dar sentido a los confinamientos 

Aunque sigue siendo difícil entender la magnitud de la pandemia del COVID-19, la respuesta de las personas ofrece una información fascinante sobre los procesos que tienen lugar para dar sentido a determinada situación. Los estudios anteriores se centraban en situaciones en las que los marcos y las prácticas eran previas a la crisis: Murillo y Georgiou empezaron a realizar su investigación cuando la pandemia se arraigaba, por lo que pudieron analizar el impacto de una crisis en curso sin tales marcos o vínculos preexistentes.  

Al hacerlo, identificaron los mecanismos que permitieron a las sociedades organizarse para ser resilientes y poder dar sentido a la situación: códigos y marcos ampliamente compartidos y aceptados, establecimiento simultáneo de prácticas, integración, visibilidad de las acciones y sentido de la comunidad.  

Y, a diferencia de los estudios anteriores, que hacen hincapié en la importancia de los valores y creencias compartidos, los responsables de este estudio descubrieron cómo dichos mecanismos permitieron que los colectivos sociales fueran resilientes a pesar de no contar con conexiones preexistentes. 

De acuerdo con las conclusiones, la creación de un nuevo sentido de la comunidad es un resultado socialmente deseable en un contexto en el que el orden social se desmorona. De esta forma, surgen nuevas formas de solidaridad, incluso cuando no hay una presencia física relacionada y ni siquiera vínculos sociales previos que no sean la proximidad geográfica. Tal y como concluyen los investigadores, la resiliencia generada por la formación y resistencia de colectivos sociales cuando no hay procesos preexistentes, es un tema propicio para seguir realizando investigaciones. 

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