Crisis energética, inflación y tipos de interés: Un nuevo dilema para la UE

No hay soluciones fáciles a la actual situación inflacionista. Algunas pueden provocar una desaceleración económica o deteriorar la competencia en el mercado único

Pedro Aznar Alarcón

El siglo XXI no se está caracterizando por la abundancia de buenas noticias. En el plano económico, la crisis financiera del 2008 fue el catalizador de una crisis de deuda pública en la zona euro que hizo temer por la estabilidad del proyecto europeo. Solo hace falta recordar las famosas palabras del entonces gobernador del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en julio de 2012: “whatever it takes”.  

Cuando parecía que esa crisis se superaba, llegó la crisis económica asociada a los confinamientos para contener la epidemia de Covid-19, con caídas del PIB nunca vistas. En España, el número de turistas internacionales en abril de 2019 fue 0 por primera vez en la serie histórica.  

Y cuando la mascarilla parecía quedar atrás, la invasión de Ucrania nos ha devuelto a tasas de inflación del 10%, algo que los que votarán por primera vez en las próximas elecciones municipales del 28 de mayo no habían visto nunca. 

La UE es importadora neta de energía, con una ratio de dependencia del 58%

No cabe duda de que la invasión de Ucrania por parte de Rusia y las legítimas sanciones impuestas por gran parte de la comunidad internacional iban a provocar una crisis en los mercados energéticos. La Unión Europea es importadora neta de energía: la ratio de dependencia (importaciones netas sobre consumo de energía) era en 2020 del 58%, con dos productos principales, petróleo y gas.  

A su vez, cerca del 50% de las importaciones de gas provenían de Rusia antes de la invasión de Ucrania. Un aumento del precio de la energía implica un aumento de costes de producción que se traslada —al menos parcialmente— al precio de otros productos, aunque los esfuerzos de muchos gobiernos europeos están conteniendo los precios de la energía. 

La actual inflación en España tiene un cierto componente estructural, será más costoso doblegarla

Atendiendo a los últimos datos publicados para la economía española, el consumidor se enfrenta a una inflación subyacente que se sitúa en el 6.9%. Esta tasa no considera la energía ni los alimentos no elaborados, por lo que tiende a ser menos volátil que la tasa del IPC (que sí incluye energía y alimentos frescos). La inflación subyacente, se encuentra ya por encima de la tasa de inflación general, del 5.8%.  

La primera lectura de este dato es que la inflación en España tiene un cierto componente estructural, no solo coyuntural, y esto implica que los esfuerzos por doblegarla serán más costosos en términos de crecimiento económico

Contextos diversos, medidas desunidas 

Da la impresión de que Europa no es capaz de dar una respuesta única a la crisis energética, y aunque es fácil criticar está dificultad de acción unitaria, hay razones que la explican. 

Europa es muy diversa en cuanto al mix energético de fuentes de generación: el peso de la energía eléctrica producida en centrales nucleares es muy relevante en Francia, mientras que Alemania cerró prácticamente su producción vía nucleares y la combustión de carbón es más importante en términos relativos. Por su parte, en España cuentan mucho las centrales de ciclo combinado que requieren gas. En otra división juega Noruega, con gran capacidad de generación de energía hidroeléctrica.  

Esas diferencias ayudan a comprender por qué mientras España se enorgullece de la excepción ibérica, a Alemania le preocupa que la limitación de precios reduzca la oferta y, a falta de suministro, suponga una catástrofe para su industria.  
 
Por otra parte, la concesión de subsidios, con países que tienen diferentes capacidades para aumentar el gasto público, implica que pueden darse situaciones dónde las subvenciones por parte de países más generosos a su tejido productivo afecten de forma artificial a la competencia de las empresas que participan del mercado único.  

Las subvenciones de los Estados a su tejido productivo pueden afectar artificialmente a la competencia

A todo lo anterior no ayuda que el mercado eléctrico sea un mercado de oligopolio. En España, por ejemplo, la generación de electricidad depende principalmente de tres empresas: Endesa, Iberdrola y Naturgy. Es fundamental no hacer un ejercicio de demagogia; que en un mercado haya pocos participantes no necesariamente implica que esto lleve a prácticas poco competitivas. Ahora bien, bajo ciertas condiciones —y un reducido número de empresas con elevadas cuotas de mercado es una de ellas—, se favorece la posibilidad de dichas prácticas.  

De hecho, en España la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia ha impuesto multas a compañías eléctricas, por ejemplo, en 2014 y 2017. Se trata de un fenómeno no exclusivo de España, pues los cuatro mayores operadores de electricidad en Alemania han vivido una situación similar.  

No ayuda que el mercado eléctrico sea un mercado de oligopolio

Por otro lado, el hecho de pagar en el mercado mayorista con un sistema marginalista —de manera que el precio fijado en la subasta se paga a los operadores que son capaces de producir a un coste menor— ha llevado a un amplio debate sobre lo que se conoce como beneficios caídos del cielo 

En este sentido, lo cierto es que el sector eléctrico es una industria compleja dónde más regulación no siempre significa mejor regulación y dónde la fiscalidad es una herramienta alternativa que permite redistribuir rentas, pero atendiendo bien a los efectos que genera. Es muy diferente gravar a las empresas por la obtención de beneficios extraordinarios que gravar a las mismas en proporción a sus ingresos. Por tanto, las medidas a aplicar deben ponderar los efectos a corto y medio plazo que producen.

El efecto desigual de la inflación 

Una consecuencia de la actual crisis energética que no ofrece discusión es el fuerte aumento de la inflación. De nuevo, Europa no solo vive un aumento de la inflación, sino una fuerte disparidad de la misma entre sus países miembros, disparidad siempre existente pero que la actual crisis ha acelerado.  

Si consideramos el IPC armonizado que permite comparar a los distintos miembros de la Unión Europa, mientras que España o Francia tenían en noviembre de 2022 tasas del 6.7% y del 7.1%, Alemania e Italia arrojaban valores del 11.3% y 12.7%. Los países bálticos, Letonia, Lituania y Estonia superaban el 20%.  

En este contexto, el Banco Central Europeo ha iniciado una fuerte escalada de tipos de interés con retraso respecto a los aumentos aprobados por la Reserva Federal en Estados Unidos y que, como siempre, tensionan el tipo de cambio euro/dólar. Los aumentos de tipos de interés, por más que sean un auténtico quebradero de cabeza para las familias con hipotecas a tipo variable —cerca de un tercio del total de hipotecas vivas—, han venido para quedarse, al menos durante 2023.  
 
El aumento de tipo de interés contrae la demanda y ello contribuye, aunque sea a costa de un menor crecimiento económico, a una cierta contención de los precios. Un euro más fuerte —en los últimos tres meses el Euro ha incrementado su valor respecto al dólar cerca del 9%— ayuda a contener el precio de las importaciones. Si los costes de importación son menores gracias a una divisa más fuerte, la inflación reduce su tasa de crecimiento.  

Los aumentos de tipos de interés han venido para quedarse

En definitiva, la combinación de políticas nacionales para contener el precio de la energía combinado con la política del Banco Central Europeo está contribuyendo a moderar la inflación, pero al precio de un menor crecimiento económico.  

Realizar previsiones de crecimiento económico es un ejercicio de riesgo: la incertidumbre respecto a la guerra en Ucrania, el aumento de tensiones geopolíticas y las dudas respecto a la fiabilidad de datos de la economía China —lo que se suma al elevado nivel de endeudamiento y la crisis que sufre en el mercado de la vivienda el país asiático— hacen que las previsiones económicas se muevan desde un optimismo muy moderado a un grado notable de pesimismo

A este respecto, la Comisión Europea prevé una cierta recesión, con una caída interanual del PIB del 0.3% para Alemania, un crecimiento del 0.4% para Francia y España o un 0.2% para Bélgica.  

Una economía con un crecimiento más bajo no es necesariamente una mala noticia

Sin embargo, una economía con un crecimiento más bajo, si viene acompañada de una importante moderación de las tasas de inflación, no es necesariamente una mala noticia. Supone un coste a pagar para evitar el enquistamiento de altas tasas de inflación que tienen como consecuencia el aumento de desigualdad en la distribución de la renta. En parte, la buena noticia es que el mercado laboral europeo parece más resiliente al menor crecimiento económico que en crisis pasadas.  

Lecciones de la crisis 

Como todas las crisis, la actual también nos deja lecciones. Por ejemplo, la importancia de la diversidad de suministros en industrias estratégicas como la energética o la capacidad de Europa para dar respuesta, pero también la dificultad a la hora de encontrar un equilibrio entre los esfuerzos de solidaridad entre los países y las necesidades individuales de cada estado miembro.  

A todo ello se añade la importancia de una regulación eficiente de los mercados que favorezca la competencia de facto —y no solo formalmente— y, finalmente, la importancia de evitar medidas populistas —pero poco eficaces— y de centrar los esfuerzos en políticas públicas que empaticen con los más vulnerables

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