Impacto o transformación, ¿con qué termino lograr el mundo que queremos?
Ambos términos apuntan en la misma dirección, pero para alcanzar una realidad en la que todas las personas vivan dignamente, es necesario atender a los matices.
Hace un tiempo que en el mundo de la gestión se ha popularizado la palabra “impacto”. Al ser tan utilizada, va perdiendo su significado. Este escrito pretende aclarar su sentido y ponerle una pareja, “transformación”, para ver si entre ambas nos ayudan a entender mejor las realidades (diversas y complejas) a las que se refieren, con el fin de poder modificarlas de un modo que generen más bienestar en la sociedad.
“Impacto” se usa como sinónimo de “lograr cambiar la realidad” u “obtener resultados visibles”. Y se contrapone a acciones que consumen tiempo y recursos, pero que en el fondo “no cambian las cosas” o “no logran resultados”. Por esta razón, la palabra “impacto” suele estar acompañada de la expresión “medición de impacto”, cercana a los términos “eficacia” o “eficiencia”, tradicionales de la ciencia económica.
La medición del impacto social plantea un complejo reto de gestión
Cuando al sustantivo “impacto” se le añade el adjetivo “social”, la expresión “impacto social” destaca el enfoque en acciones destinadas a mejorar la realidad de nuestra sociedad. Se trata de un paso adelante en relación con ciertas ideas sobre la gestión de organizaciones que se centran en conseguir resultados, objetivos o “impacto”... pero en beneficio exclusivo de la organización.
En todo caso, la expresión combinada “medición de impacto social” resulta doblemente compleja. El reto de gestión que plantea la medición del impacto social consiste en conseguir cuantificar el grado en que una acción cambia la realidad u obtiene resultados para los diversos actores sociales implicados. Porque una acción tiene efectos en las personas a las que pretende ayudar (en términos sociológicos: beneficiarios manifiestos) pero también en personas que la acción no pretendía ayudar (beneficiarios o perjudicados latentes). Por ejemplo, ayudar a una persona tiene impacto en la persona que es ayudada, pero también tiene impacto benéfico en la persona que ayuda, porque refuerza sus valores, sus convicciones, su “virtud”. Pero pasa también que una acción que pretende ayudar o beneficiar a un cierto grupo de personas puede perjudicar a otro sin pretenderlo (perjudicados latentes). Por ejemplo, dedicando 20.000€ a ayudar familias en la vivienda estamos detrayendo recursos que se podrían dedicar al apoyo educativo a niños en riesgo de fracaso escolar. Este ejemplo nos remite al término “coste de oportunidad”, que también es tradicional de la ciencia económica.
Limitaciones del impacto
Aun con todo, la idea de impacto tiene algunos problemas. Señalamos dos principales:
- En primer lugar, en abstracto, el término “impacto” incorpora cierta violencia. En efecto, “impacto” tiene por sinónimos “choque, golpe, colisión”. Las balas y los misiles consiguen impactar. En artillería, después de haber hecho pruebas de corrección de tiro, cuando el capitán o el comandante deciden que toda la batería de cañones dispare a la vez, ordenan por la radio a la línea de piezas: “Disparen en eficacia!”. Como antiguo oficial de artillería, no me puedo sacar de la cabeza cierta violencia implícita en la idea de impacto, o incluso en la de eficacia.
- En segundo lugar, la idea de impacto nos puede hacer olvidar que los problemas sociales son complejos y tienen una dimensión estructural. Ayudar a personas y familias a tener una vivienda digna no se hace tan solo ayudándolas a pagar los alquileres. Hacen falta también políticas públicas que transformen el mercado de la vivienda y el mercado laboral de forma que todas las familias de un territorio puedan vivir en viviendas dignas y llegar a final de mes sin necesidad de ayudas. En este sentido, algunos autores, como el profesor de Esade Guillermo Casasnovas, que trabajan con la idea de impacto social, incorporan la complejidad y la dimensión estructural de los problemas con la expresión “impacto sistémico”.
Transformación como alternativa
Dados los problemas que tiene “impacto”, propongo desde ahora un concepto alternativo: “transformación”. “Transformar” es, etimológicamente, “cambiar la forma”. Y tiene por sinónimos: reemplazar, mudar, cambiar, alterar, modificar, variar, evolucionar, afectar, transmutar. Todos se refieren a cambios, pero ninguno de ellos parece incorporar la violencia del cambio de forma que se produce con un impacto. Un impacto no cambia la forma, sino que la destruye.
En este sentido, la expresión “transformación social” se referiría a cambios que operan en las personas y los grupos sociales que están afectados por un problema. En el ejemplo que estamos desarrollando, las vidas de los afectados por el problema de la vivienda (perjudicados o beneficiarios, manifiestos o latentes) y las formas de operar del mercado de la vivienda y del mercado laboral cambian, de forma que el problema queda reducido o eliminado.
Sin embargo, la expresión “transformación social” tiene algunos problemas. Señalamos igualmente dos.
- En primer lugar, “transformación” por sí solo no significa una mejora de las condiciones de vida de personas o grupos sociales afectados. Efectivamente, es lícito preguntarnos: ¿en qué dirección nos llevará la transformación social? Y es que, por ejemplo, hoy en día hay fuerzas que presionan porque el estado del bienestar se transforme... pero de forma que perjudique a la justicia social y la igualdad de oportunidades para toda la ciudadanía.
En segundo lugar, la transformación social es un proceso complejo que no funciona tan sencillamente como pareciera: “Hay un problema, el gobierno diseña una política pública según una planificación que conecta medios y fines, y el problema mejora: se da la transformación social”. La realidad es más compleja. En este sentido, el filósofo Daniel Innerarity distingue entre planificación y transformación. Efectivamente:
“A diferencia de una planificación, la transformación es un proceso con resultado abierto. Cómo se apropiará finalmente la sociedad de las acciones de gobierno encaminadas a tal fin es algo en parte imprevisible. Las transformaciones digital y ecológica son buenos ejemplos de ello. Las transformaciones sociales puestas en marcha por la hiperconectividad digital no están predeterminadas por esas tecnologías, sino que emergen de los modos en los cuales dichas tecnologías y las prácticas que se desarrollan en torno a ellas son entendidas culturalmente, organizadas socialmente y reguladas legalmente. Muchas de las transiciones fallidas se han debido, en este y otros ámbitos, a una aplicación mecánica y vertical de los nuevos requerimientos sin pensar suficientemente sobre la diversidad de los sujetos destinatarios y sin incluirlos en el proceso. El caso de la transición ecológica y las protestas de los agricultores pone de manifiesto la difícil conciliación entre lo que debe hacerse y la implicación de un sector especialmente afectado. Los fallos en las transformaciones se deben a no haber sido capaces de desarrollar suficientemente un proceso de negociación que llevara a una solución sostenible y satisfactoria para todos. La resistencia al cambio no debe interpretarse como un perverso boicot, sino que en muchas ocasiones evidencia que quien promueve ese cambio no ha conseguido facilitarlo, negociarlo y hacer creíbles sus ventajas para todos”.
¿Impacto o transformación?
En última instancia, lo que queremos es que todo el mundo pueda vivir dignamente. Y por eso hace falta que las acciones individuales o colectivas tengan un impacto: que consigan resultados positivos para todos los individuos o grupos sociales afectados. Pero también queremos que las leyes, las decisiones de los poderosos y los valores imperantes en una sociedad se transformen por medio de procesos que, más allá de planificaciones verticales, impliquen una negociación que incluya la transformación de las mentalidades de todos los actores implicados.
Profesor titular, Departamento de Sociedad, Política y Sostenibilidad en Esade
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