¿Cambio climático? ¡Cambio sistémico!

El funcionamiento actual de los mercados financieros dificulta que las inversiones se redirijan hacia una transición ecológica justa. La COP29 es una oportunidad para empezar a aplicar los cambios necesarios.

Guillermo Casasnovas

Tenemos el cambio climático hasta en la sopa, y con razón. Cuando no es una nueva directiva de la Unión Europea es un desastre natural, un nuevo fondo de inversión en energía renovable, un escándalo empresarial relacionado con la contaminación o los últimos datos sobre el calentamiento del planeta. O, como en este caso, la recién inagurada cumbre sobre el clima, la COP29

A menudo se habla de las finanzas sostenibles como una de las principales palancas para solucionar el problema, y es verdad que los miles de millones de euros invertidos en el sector petrolífero y otras industrias altamente contaminantes tienen una parte importante de la culpa. ¿Cómo podemos mover todo ese dinero hacia industrias más limpias, energías renovables y compañías que apuesten de manera decidida por una transición ecológica justa? 

Tal como funcionan los mercados financieros, no es tarea fácil. En una reunión con entidades financieras, donde les preguntábamos por los obstáculos para mover sus activos hacia propuestas más sostenibles, nos decían que la gran mayoría de sus clientes priorizan claramente la rentabilidad y que las cuestiones de impacto social y medioambiental solo aparecen si antes les prometes que no tendrán que renunciar a una rentabilidad ‘de mercado’. 

Muchos fondos verdes adolecen de falta de transparencia y la mayoría de rankings no miden su impacto real en el planeta

Si la demanda no es un buen catalizador para unos cambios cada vez más urgentes, ¿lo puede ser la oferta? Cada vez hay más fondos que se autodenominan ‘verdes’, ‘sostenibles’, o ‘ESG’, a menudo con rentabilidades similares a los fondos tradicionales. Aquí el problema radica, por un lado, en la falta de transparencia de muchos de estos fondos, de manera que para el inversor final es complicado entender qué tipo de estrategia de sostenibilidad siguen —si es que siguen alguna—. Por otro lado, la mayoría de los rankings ESG mide hasta qué punto una compañía está afectada por cuestiones medioambientales, sociales o de gobernanza, y no tanto el impacto positivo o negativo que estas compañías tienen en la sociedad y el planeta. Ante este panorama tan poco orientado a los cambios realmente transformadores, ¿qué podemos hacer? 

Hacia el cambio sistémico

La perspectiva del cambio sistémico nos da algunas pistas. Cuando Donella Meadows habla de las palancas que pueden promover el cambio sistémico, identifica algunas como las más eficaces. Una de ellas es cambiar los flujos de información, de manera que los actores entiendan mejor dónde van sus recursos, qué se hace con ellos, y qué resultados generan. Podemos intuir que una mayor transparencia en la gestión y comercialización de los fondos de inversión ayudaría a que los inversores (particulares e institucionales) dirijan sus recursos a empresas más alineadas con sus valores y objetivos. No es lo mismo que simplemente te den una tasa de rentabilidad y una etiqueta (‘global’, ‘green’, ‘tech’, ‘sustainable’) que recibir información sobre el modo en que el fondo selecciona sus activos y el impacto que esas compañías están teniendo en distintos ámbitos. En este sentido, la reciente SFDR (Sustainable Finance Disclosure Regulation) europea puede ayudar a tener más transparencia y forzar a los inversores a detallar sus prácticas e impactos. 

En la sostenibilidad de los mercados financieros, la regulación puede ser (y está siendo) un vector de cambio

Otra palanca es cambiar las reglas del juego. Si se cambian los incentivos, los actores involucrados cambiarán sus comportamientos. Penalizar las inversiones en combustibles fósiles, beneficiar fiscalmente a empresas con impacto social o medioambiental positivo, o prohibir determinadas prácticas especulativas empujaría al sistema a funcionar de otra manera. Así como en otros ámbitos (inteligencia artificial, genética, exploración espacial) tenemos la sensación de que la legislación siempre va un paso por detrás de la innovación o de los acontecimientos, lo cierto es que en lo que se refiere a la sostenibilidad en los mercados financieros la regulación puede ser y está siendo un vector de cambio. Por lo tanto, es importante que dichas reglas sean claras y provoquen los cambios de comportamiento esperados, estando siempre atentos a posibles consecuencias no deseadas. 

Y una tercera palanca es cambiar las mentalidades: todavía son mayoría los inversores que no están dispuestos a sacrificar ni un euro de rentabilidad para financiar proyectos con un mejor impacto social y medioambiental. Esto no quiere decir que sean unos villanos, ni mucho menos, pues muchos de ellos destinan parte de sus retornos financieros o de su patrimonio a fines sociales. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto cambiar el enfoque y buscar los retornos financieros —aunque sean algo menores— invirtiendo en proyectos que cuidan en el planeta y promueven el bienestar de todos? De esta manera no tendremos que ir después intentando arreglar el desaguisado, plantando árboles y financiando comedores sociales. Además, tendremos un sistema económico que no esté basado en la desigualdad y la caridad, sino en la igualdad de oportunidades (incluyendo para las generaciones futuras), la salud del planeta y la justicia social. 

Estos cambios sistémicos, difíciles por la complejidad del contexto, tienen que empezar en algún sitio. Y no se me ocurre otro mejor que la COP29, donde se reúnen muchos de los actores que más trabajan por ellos —y quizás también algunos de los que ponen palos en las ruedas—. 

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