La infancia es la gran perjudicada de la precariedad habitacional

El problema de la vivienda genera que cada vez más personas con hijos se vean obligadas a vivir en habitaciones de manera permanente. El impacto en la salud y bienestar infantil es alarmante.

Ha empezado un nuevo año y este 2025, sin duda, se verá marcado por uno de los temas aún pendientes desde hace tiempo: el problema de la vivienda. Se consolida en el barómetro mensual del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) como el principal problema para los españoles. Pero no solo eso. El Gobierno de España ha anunciado las primeras medidas institucionales del año, y van enfocadas a buscar soluciones a la problemática de la vivienda. Paralelamente, el día 31 de enero se detuvo el lanzamiento de Josep, un vecino de la emblemática Casa Orsola en Barcelona, gracias a una de las mayores movilizaciones ciudadanas en la ciudad para detener un desalojo. 

El vertiginoso aumento de los precios de la vivienda, así como la inseguridad administrativa que afrontan muchas personas en situación irregular, obliga a cada vez más personas a vivir en habitaciones sin contrato ante la falta de alternativas. Habitar en estas condiciones, sin seguridad jurídica de tenencia, significa hacerlo sin ningún tipo de certeza ni estabilidad. Si bien podría considerarse una situación transitoria para quienes no pueden acceder a una vivienda adecuada, cada vez más casos acaban convirtiéndose en una condición permanente.  

La convivencia forzada con extraños, la imposibilidad de rutinas y el miedo a ser desalojados afectan al bienestar emocional de los más pequeños

En el informe Exclusión compartida. Vivir en una habitación en un contexto de exclusión residencial y social, fruto de la colaboración entre el Observatorio de Vivienda Digna del Instituto de Innovación Social de Esade, el Observatorio de la Realidad Social de Càritas Diocesana de Barcelona y el Observatorio de la Realidad Social de Càritas Catalunya, analiza con rigor las consecuencias de (mal)vivir en esta precariedad residencial: inseguridad e inestabilidad, falta de intimidad, privacidad y espacio personal, conflictos en la convivencia, abusos de poder y un impacto significativo en la salud emocional

Esta realidad afecta a una diversidad de personas en formas muy distintas. A menudo olvidamos que no existe un perfil homogéneo de quienes sufren esta situación. Pueden ser mujeres, hombres, personas no binarias, así como personas mayores, jóvenes, parejas, viudos o familias con hijos. En este último caso —aunque no exclusivamente—, todos estos riesgos se ven significativamente agravados, e impacta especialmente en la infancia y la crianza

La importancia de la vivienda para niños y niñas

La falta de un hogar estable y adecuado tiene efectos directos en el bienestar de los más pequeños. En muchas familias que residen en habitaciones realquiladas, el acceso a espacios comunes está restringido, lo que limita enormemente la posibilidad de que los niños jueguen, estudien o, simplemente, tengan un espacio de intimidad y tranquilidad. En muchos casos, la habitación se convierte en el único refugio seguro, afectando el desarrollo físico, emocional y social de los menores

El impacto de esta precariedad habitacional en la salud infantil es alarmante. La falta de estabilidad y privacidad genera altos niveles de estrés y ansiedad en los niños, quienes crecen en un ambiente de incertidumbre y tensión constante. El informe recoge numerosos testimonios de familias que describen cómo la convivencia forzada con extraños, la imposibilidad de establecer rutinas y el miedo a ser desalojados afectan el bienestar emocional de los más pequeños. A esto se suma la exposición a conflictos entre adultos, que puede generar problemas de conducta y dificultades en su desarrollo psicosocial. Además, vivir en condiciones de hacinamiento aumenta el riesgo de enfermedades respiratorias e infecciosas debido a la falta de ventilación adecuada y a la proximidad entre personas en espacios reducidos. 

La inestabilidad residencial y los cambios constantes de vivienda provocan problemas de escolarización y arraigo de los menores

La inestabilidad residencial es otro factor determinante en la vida de los niños que crecen en estas condiciones. Muchas familias se ven obligadas a mudarse de forma recurrente debido a la falta de seguridad jurídica en el alquiler de habitaciones. Esta rotación constante afecta la escolarización y el arraigo de los menores, dificultando la creación de vínculos sociales estables y generando un sentimiento de desarraigo que puede tener repercusiones en su autoestima y rendimiento académico. La movilidad forzada también provoca interrupciones en el acceso a servicios de salud y educación, lo que agrava aún más la situación de vulnerabilidad. 

El informe también destaca que estos problemas se agravan en el caso de las familias monoparentales, que tienen menos recursos para afrontar las dificultades de la crianza en un entorno de exclusión residencial. Según datos de la Red Estatal de Entidades de Familias Monoparentales (2024), el 52,7% de estos hogares se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, y la mayoría de ellos están encabezados por mujeres. La falta de apoyo y la sobrecarga que enfrentan estas madres repercute directamente en la calidad de vida de sus hijos, intensificando la transmisión intergeneracional de la pobreza. En muchos casos, las madres que residen en habitaciones realquiladas enfrentan dificultades adicionales para conciliar el trabajo con la crianza, lo que repercute en la estabilidad emocional de los niños y en su acceso a oportunidades de desarrollo. 

Medidas urgentes

Ante esta situación, es imprescindible avanzar en políticas de vivienda que garanticen el derecho a un hogar digno y estable para todas las familias. Ampliar el parque público de vivienda, regular el mercado del alquiler y garantizar derechos básicos como el empadronamiento son medidas urgentes para frenar esta crisis y proteger el bienestar de la infancia.  

La precariedad habitacional no solo compromete el presente de miles de familias, sino que también hipoteca el futuro de una generación que merece crecer con seguridad, estabilidad y oportunidades para su desarrollo integral. Asimismo, es fundamental que los programas de apoyo a la infancia incluyan servicios de acompañamiento psicológico y social para mitigar el impacto de la precariedad residencial en los menores y sus familias. 

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