La tecnología está acabando con la estabilidad laboral

Las tecnologías digitales y la economía colaborativa están reconfigurando el mercado laboral, y no precisamente para mejorarlo.

Por David Murillo

Por ejemplo, Amazon Mechanical Turk permite utilizar la capacidad de procesamiento de datos de los ordenadores, el poder de deslocalización de la globalización y la autogestión de las plataformas para conseguir el sueño del taylorismo: hipersegmentar las tareas asociadas a cualquier trabajo y retribuirlas de forma anónima en función del precio del mercado global.

Esta plataforma de crowdsourcing contrata a miles de “crowdworkers” a distancia para llevar a cabo tareas bajo demanda. Numerosos jubilados y jóvenes estudiantes utilizan esta plataforma para complementar sus ingresos con el trabajo de teclear datos en el ordenador a cambio de unos pocos centavos por cada recibo de veinticinco productos.

Otro ejemplo es el caso de Uber. La plataforma se está expandiendo por todo el mundo, siguiendo una estrategia de crecimiento a toda costa.

La empresa no se limita a conectar a conductores particulares con potenciales pasajeros. También determina los precios de los trayectos en función de una oferta y una demanda que solo ellos conocen, y que obliga a los taxistas a trabajar un número determinado de horas, al tiempo que controla la calidad del servicio en función de la satisfacción del cliente.

Los conductores que obtienen las puntuaciones más bajas de los clientes son desconectados temporalmente de la plataforma y Uber deja de pagarles sus servicios.

Uber pick up
Un punto de recogida de Lyft y Uber en el aeropuerto regional de Illinois (Foto: Jet City/iPhoto)

Cuando su jefe es un algoritmo, llevar a bordo del taxi a un ejecutivo con prisa en hora punta comporta un riesgo de consecuencias importantes.

Los ejemplos se acumulan y cada día son más omnipresentes. Deliveroo, la plataforma de entrega rápida de comida, permite saber la velocidad media de sus repartidores ciclistas y otorga el premio del encargo –4 € en Francia– según la celeridad adquirida.

Glovo, su competidor, dispone entre sus métricas de gestión de un indicador que permite medir el número de interacciones entre repartidor, cliente y plataforma. A más interacción, más coste transaccional. A menos interacción, menos problemas.

Cuando su jefe es un algoritmo, llevar a bordo del taxi a un ejecutivo con prisa en hora punta comporta un riesgo de consecuencias importantes

En estas plataformas digitales, se supone que los datos ayudan a “mejorar” la gestión y las relaciones laborales. Pero los trabajadores se convierten en máquinas a punto para ser optimizadas.

Todos estos negocios digitales tienen un denominador común: sus empleados no son trabajadores por cuenta ajena, sino autónomos. O eso dicen ellos.

Este “capitalismo de vigilancia”, como lo denomina la psicóloga Shoshana Zuboff, parte del principio capitalista de la externalización de costes y la internacionalización de los beneficios, ahora desarrollado sobre la capacidad extractiva y anonimizadora de las plataformas.

En su análisis económico, ya en 1944 Karl Polanyi se refería a los principios de reciprocidad y redistribución para promover la protección y la posición social. Polanyi anticipaba que la globalización atomizaría la vida social y empeoraría las condiciones laborales en un mundo en que las empresas se verían obligadas a competir para reducir costes, sacrificando los derechos y las expectativas de los trabajadores.

En el último estadio de evolución del capitalismo, la economía de plataforma servirá para atar un modelo empresarial que posibilitará que las grandes corporaciones salgan a la caza de jurisdicciones fiscales y laborales más beneficiosas para ellas.

El crecimiento de la desigualdad en todo el mundo es alarmante

El resultado de esta nueva "gran transformación" ha sido el que anticipó Polanyi: poner el imperativo de la competencia por delante de la vida humana; observar la proliferación de los paraísos fiscales y, en la vertiente laboral, dar por válida la externalización de lugares de trabajo, la caída continua de los salarios en el conjunto de la economía y la reaparición de una figura que creemos antagónica al progreso: la del trabajador pobre.

Y proliferan los ejemplos. El crecimiento de la desigualdad en todo el mundo es alarmante. La concentración de la riqueza se incrementa en unas pocas manos.

Jeff Bezos, creador de Amazon, se convierte en la persona más rica del planeta mientras una parte de sus empleados –los que han de competir con las condiciones de trabajo impuestas por los procesos de automatización, internacionalización y externalización–, se sostiene gracias a ayudas estatales.

Amazon truck
Una furgoneta de Amazon Prime aparcada en un barrio de San Diego (Foto: Tony Andrews/Twenty20)

El mismo caso lo encontramos en los hermanos Walton, principales propietarios del gigante de distribución Walmart. En el ámbito directivo, también es cada vez más evidente la creciente brecha salarial entre los ejecutivos mejor pagados y sus empleados en todo el mundo.

Este diagnóstico ha sido ampliamente compartido en las páginas del Financial Times, The Economist y otras publicaciones similares en los últimos años. Necesitamos un nuevo contrato social que garantice unas condiciones laborales decentes, apoye el ecosistema productivo, refuerce la educación pública y corrija las lagunas legislativas que propician la evasión fiscal, que está incrementando la carga impositiva de la clase media.

Necesitamos un nuevo contrato social entre los gobiernos y los ciudadanos, que permita compatibilizar el sistema económico con la vida en sociedad. La ciencia de la gestión –el management– debería ajustarse a esta nueva realidad y modificar sus premisas, sus principios y gran parte de sus objetivos.

Este artículo se basa en diversas aportaciones al conocimiento publicadas en Mercancías ficticias: recuperando a Polanyi para el siglo XXI, Cuadernos CJ.

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