La pandemia del coronavirus: un signo de nuestro tiempo

Por Ángel Pascual-Ramsay

Foto: Airman Wilfredo Acosta

La crisis del coronavirus no es solo una emergencia sanitaria, social y económica de primer orden. También es un escenario en el que convergen tres de los desafíos políticos más acuciantes de nuestro tiempo: las vulnerabilidades de la globalización, los riesgos de ignorar la sostenibilidad ambiental y el resurgimiento de las autocracias como formas legítimas de gobierno.

La devastadora propagación de la pandemia es una consecuencia directa de la vulnerabilidad provocada por la interconectividad de la globalización.

Si bien los mercados, las infraestructuras y los movimientos de personas globales han hecho que nuestro sistema económico global sea más resistente en muchos aspectos, esta interconectividad generalizada también ha aumentado exponencialmente nuestras vulnerabilidades.

Nuestro sistema económico ha demostrado ser mucho más vulnerable de lo esperado

Un shock económico o social puede propagarse mundialmente a una velocidad imparable a través de diferentes efectos de red. Ha sido aleccionador observar cómo mercados financieros, cadenas de suministro integradas y corporaciones de todo el mundo sufrían daños graves por culpa de un virus que, a pesar de todo, no es de los más agresivos.

Nuestro sistema económico ha demostrado ser mucho menos resistente y mucho más vulnerable de lo esperado.

La pandemia del coronavirus también es una advertencia de nuestro ecosistema. La explosión demográfica y el crecimiento económico de las últimas décadas han llevado a una invasión sin precedentes de tierras y hábitats animales.

Tal y como señaló Jim Robbins, colaborador científico del New York Times, en un artículo visionario sobre este tema en 2012, la mayoría de las enfermedades emergentes en las últimas décadas surgieron como resultado de este proceso. La proliferación de grandes centros urbanos en países en vías de desarrollo, donde conviven personas, ganado y animales salvajes, se ha convertido en una fuente potencial de transmisión de virus.

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Los viajes en avión han aumentado la probabilidad de contagio y transmisión de virus (Foto: Twenty20)

Según datos del International Livestock Research Institute, las enfermedades que los animales transmiten a los humanos matan a más de dos millones de personas al año. De hecho, las enfermedades emergentes se han cuadruplicado en el último medio siglo, según EcoHealth Alliance, una organización dedicada a estudiar las causas ecológicas de las enfermedades.

El 60 % de las enfermedades infecciosas emergentes que afectan a los humanos son de origen animal. Más de dos tercios de estas enfermedades se originan en la naturaleza salvaje, cada vez más ocupada por los humanos y con el consiguiente riesgo: solo conocemos alrededor del 1 % de los virus que se originan en la naturaleza. En este contexto, los viajes en avión y la interdependencia económica han aumentado de forma exponencial la probabilidad de contagio y transmisión de virus como el Covid-19.

Las enfermedades emergentes se han cuadruplicado en el último medio siglo

Finalmente, la eficacia de China en la contención de la epidemia –al menos según la percepción de su opinión pública– y la comparación con los esfuerzos aparentemente lentos e ineficaces de los gobiernos occidentales, ponen de manifiesto una de las cuestiones políticas más desafiantes de nuestro tiempo: la batalla entre las democracias occidentales y las autocracias como modelos de gobierno efectivos y legítimos.

La cuestión no es si los regímenes autoritarios han demostrado ser superiores a las democracias en la gestión de la crisis; puede que aún no sea el caso. Si bien pueden haber reaccionado tarde, las democracias han demostrado a lo largo de la historia que son máquinas formidables cuando se ponen en pie de guerra.

Democracias como la de Taiwán o Corea del Sur han gestionado el virus con eficacia, si bien han recurrido en gran medida a un espíritu colectivista y un respeto por la autoridad casi acrítico, algo ausente en las democracias occidentales.

No, esa no es la cuestión. La cuestión es si los regímenes autocráticos han demostrado ser capaces de responder al desafío a los ojos de su gente, y ciertamente China parece haberlo conseguido. Con su respuesta eficaz, las autoridades chinas han aumentado la confianza de sus ciudadanos y, por tanto, la legitimidad de su forma de gobierno. En el proceso, también han legitimado aún más el uso gubernamental de la vigilancia masiva y los datos personales. Esto supondrá un enorme desafío ético para Occidente.

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Una familia en la ciudad de Macau durante la pandemia en China (Foto: Macau Photo Agency/Unsplash)

Hasta ahora, aunque se hayan visto obligadas a reconocer los logros económicos de China, las democracias occidentales han rechazado su forma de gobierno. Pero la realidad es que un creciente porcentaje de la población mundial podría empezar a estar no solo sujeto a regímenes autocráticos, sino también a favor de ellos.

El mundo occidental aún no se ha reconciliado con esta realidad. Aceptar sistemas de gobierno diferentes, por más que nos disgusten, puede ser un proceso desagradable para muchos. Algunos lo percibirán como la acomodación con comportamientos inaceptables por parte de regímenes antidemocráticos. Otros, sin embargo, concluirán que tenemos que aceptar el mundo como es, no como nos gustaría que fuera.

Esta crisis podría convertirse en una pieza clave del proceso de desglobalización que empezó con la Gran Recesión

Nadie sabe cómo será el mundo después de esta crisis. Hay muchas razones para preocuparse. No menos importante es el hecho de que esta crisis alcanza a las democracias occidentales con un tejido social debilitado.

Las llamadas al civismo y la solidaridad por parte de las autoridades podrían empezar a sonar vacías entre sectores de la sociedad que se han visto azotados por la inseguridad económica, la desigualdad salarial y unos servicios sociales debilitados. Si a esta situación se añade una dosis de miedo, algo que las pandemias siempre provocan, uno podría empezar a vislumbrar el inicio de una nueva era de vulnerabilidad, en la que, como siempre, los movimientos políticos extremos cobran fuerza. Y, por supuesto, esta crisis también podría convertirse en una pieza clave del proceso de desglobalización que empezó con la Gran Recesión.

Sin embargo, también hay motivos para el optimismo: la humanidad ha sido capaz de superar crisis mucho más graves en el pasado.

Las crisis son transformadoras y abren la puerta a cambios profundos en los comportamientos, políticas e instituciones. Pero al pensar en qué dirección dirigir esta transformación, haríamos bien en escuchar las señales de alarma que llevan tiempo advirtiéndonos de que nuestro sistema económico, social y ambiental está cada vez más tensionado.

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