Un mundo en transición: Perspectivas económicas y financieras para 2026

Comprender las fuerzas que están reordenando el sistema financiero, los mercados y la economía actual nos permite anticipar retos que marcarán los próximos años.

Equipo Do Better

Durante décadas, el análisis económico se ha apoyado en modelos estables: ciclos, políticas monetarias predecibles y un comercio internacional crecientemente integrado. Hoy, este análisis ha dejado de ser lineal. La economía se ve influenciada por factores que desbordan lo estrictamente económico: lageopolítica, la seguridad, la energía y la tecnología se han convertido en variables centrales.  

La incertidumbre ya no es un fenómeno puntual. Los mercados reaccionan a datos macroeconómicos, a decisiones políticas, conflictos latentes y cambios en las reglas del juego internacional. En este contexto, el liderazgo económico no se explica únicamente en términos de PIB, sino por el control de los activos estratégicos y la capacidad de influir en este sistema global.  

El catedrático y profesor del Departamento de Economía, Finanzas y Contabilidad en Esade, Francesc Xavier Mena, propone una lectura geopolítica de la actualidad económica y financiera, desde dos planos complementarios. Por un lado, el trasfondo histórico y sistémico que explica la configuración del contexto actual. Por otro, las perspectivas económicas y financieras para 2026, planteadas como tendencias estructurales de fondo que ya están en marcha. Esta lectura fue parte de la ponencia “Perspectivas económicas y financieras 2026: ¿Por qué Estados Unidos es (y seguirá siendo) el líder del mundo?”, realizada en el marco del Programa de Continuidad del Club de Finanzas Esade Alumni.  

Como el profesor Mena señaló en la sesión, “No estamos ante un problema de coyuntura, sino ante un cambio de marco que condiciona las decisiones”. Y el objetivo, más que anticipar cifras, es identificar y entender las fuerzas que están reordenando el sistema financiero. 

Qué nos ha traído hasta aquí

Para entender el momento actual —y las decisiones que hoy toma Estados Unidos—, es necesario mirar atrás y comprender las capacidades que han sustentado su liderazgo durante décadas. La fortaleza estadounidense no se explica únicamente por su peso económico, sin por una combinación de factores estructurales: una mentalidad emprendedora orientada a la innovación, la capacidad de transformar esa innovación en empresas y poder económico, y una gestión estratégica de activos clave como la energía.  

El petróleo ha sido históricamente uno de estos activos centrales. Desde la autosuficiencia energética hasta la innovación del fracking, Estados Unidos ha sabido integrar energía, industria y defensa como pilares de su autonomía estratégica. Esta trayectoria explica por qué, incluso en un contexto de tensiones internas y externas, sigue influyendo de manera decisiva en la economía global.  

Sin embargo, la globalización que Estados Unidos impulsó tras la Segunda Guerra Mundial ha acabado erosionando parte de su relevancia en el plano comercial y su capacidad de influencia global.  La reacción actual no es sino la respuesta a ello, a través de una estrategia de recentralización.

El retorno del poder económico  

Estados Unidos sigue funcionando como referencia para la economía global. No es solo por su crecimiento —moderado y lejos de etapas expansivas anteriores —, también por su capacidad para integrar tecnología, energía, finanzas y desarrollo en defensa en una misma estrategia, como base de su posición futura.  

Un país que tiende a concentrar activos estratégicos para recuperar una posición de poder que empezaba a mostrar cierto desgaste. No obstante, los mercados financieros reflejan cierta tensión: las bolsas rebajan expectativas a largo plazo, mientras que los activos tradicionalmente considerados “refugio” muestran señales de desconfianza y cautela hacia algunos pilares.  

En este contexto, la política monetaria de USA se enfrenta a un dilema: mantener la credibilidad institucional o responder a las presiones políticas y financieras que buscan bajar los tipos de interés. Uno de los focos de atención es la relación entre la Administración Trump y la Reserva Federal. En un contexto inflacionario, el interés político por reducir los tipos de interés choca con la independencia de la FED, cuyo mandato está orientado al equilibrio y a la estabilidad a largo plazo. Si los tipos bajan de forma prematura, el dólar puede depreciarse, repuntar la inflación y erosionarse la rentabilidad de activos como los Bonos del Tesoro estadounidense (Tresure bills, o T-bills).  

Este tipo de tensiones impacta directamente en la percepción de los mercados, que no solo observan los datos económicos, sino también la evolución del marco institucional. La creciente concentración de poder, el uso extensivo de órdenes ejecutivas y la percepción de que los contrapesos tradicionales se debilitan, introduce un factor adicional a la incertidumbre. Frente a este escenario, el profesor Mena subraya “cuando la independencia de las instituciones se pone en cuestión, el impacto no es inmediato, pero sí profundo y duradero”. 

Los límites del crecimiento intensivo  

China, por su parte, representa otra de las tendencias de fondo. La desaceleración de su economía —aunque las cifras sean algo opacas— no responde únicamente a factores coyunturales, sino a desequilibrios internos algo más profundos que se han ido acumulando con el tiempo.  

Un menor dinamismo comercial, la caída de las ventas minoristas, las tensiones en el sector inmobiliario, un déficit creciente —endeudamiento— utilizado para sostener la actividad y la necesidad de reorientar el modelo productivo están configurando el nuevo escenario de ajuste en el comercio, las cadenas de valor y los mercados financieros. 

El elevado superávit comercial chino, en parte “enmascarado” por la caída de las importaciones, no oculta su pérdida progresiva de acceso al mercado estadounidense. A ello se suma la disputa tecnológica con Estados Unidos, que se ha convertido en un eje central del conflicto económico global.  

En este contexto, se entienden mejor ciertos movimientos estratégicos, como el interés estadounidense por Groenlandia, bajo una lógica similar al modelo KOFA ya aplicado en Micronesia: ofrecer la independencia formal como país, pero con la defensa y el control estratégico en manos de Estados Unidos. ¿El objetivo? Asegurar recursos críticos y limitar la influencia de empresas pantalla chinas en el territorio. A parte de asegurar, por supuesto, una zona que es clave a nivel de defensa.  

Dependencia, ajuste y pérdida de autonomía estratégica  

Europa afronta este escenario con una posición tensionada. La dependencia energética y tecnológica, junto con las exigencias de un mayor gasto en defensa y los ajustes fiscales pendientes, condicionan su margen de maniobra. La región se enfrenta al reto de sostener el modelo económico y social en un entorno menos favorable, lo que podría obligar a realizar ajustes presupuestarios significativos con un previsible impacto sobre partidas como la política agraria o la ayuda humanitaria.  

Alemania, el tradicional motor industrial europeo, funciona como un termómetro de estas dificultades. Y refleja hasta qué punto los shocks energéticos, la fragmentación del comercio y la transición tecnológica afectan a la competitividad y el tejido productivo.  

Europa paga hoy el coste de no haber desarrollado, en el pasado, capacidades propias en ámbitos estratégicos clave 

En el otro lado de la moneda está España, con un crecimiento económico constatable, pero que convive con importantes desequilibrios estructurales: una deuda pública que empieza a depender más de los mercados que del BCE, un mercado laboral con creación de empleo, pero con salarios bajos, una elevada dependencia del turismo, un evidente problema con la vivienda y un precio de la electricidad que lastra la competitividad industrial. 

Volatilidad, reformas y energía    

En otras regiones, la tendencia dominante es la volatilidad, combinada con intentos de reforma y búsqueda de la credibilidad y la estabilidad. América Latina muestra ejemplos claros de intentos de reordenación económica que puedan modificar las expectativas, aunque los resultados dependen de la consistencia y la solidez institucional.  

El caso argentino es la muestra de cómo el control de la inflación y la disciplina fiscal pueden restaurar, al menos parcialmente, la confianza de inversores y recuperar parte de su credibilidad, aunque los retos estructurales siguen siendo profundos.  

Oriente Medio, por su parte, sigue siendo un actor central por su papel energético y geopolítico. Más allá de los conflictos puntuales, la región continúa influyendo de forma decisiva en el equilibrio económico global: en un contexto de transición energética incompleta, el petróleo y el gas mantienen un papel clave. Estados Unidos, por su parte, aspira a reforzar su liderazgo energético. Combinando la producción propia con el acceso a nuevas fuentes, como el petróleo venezolano, pretende reforzar, así, su autonomía estratégica. 

El año 2026 va a ser un laberinto

¿Cómo orientarse en un mundo cambiante?  

Bajo la óptica geopolítica del profesor Mena, las perspectivas económicas y financieras de 2026  no apuntan a un escenario de “normalización”, más bien a la continuidad de un entorno complejo e inestable: recentralización de activos, excesiva dependencia estratégica, límite de crecimiento intensivo y volatilidad. 

Un “laberinto”, como describe Mena, en el que confluyen tensiones geopolíticas, disputas estratégicas, ajustes económicos y decisiones políticas que tienen impacto global. Frente a ello, más que anticipar perspectivas, se trata de entender la lógica de estos movimientos e identificar estas tendencias de fondo que están reconfigurando la economía mundial. Esto no elimina la complejidad, pero permite ganar visión para poder orientarse y tomar decisiones en un contexto de certezas escasas.  

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