¿Se puede hacer política económica en un mundo fragmentado?
Ante la creciente fragmentación geoeconómica, las herramientas tradicionales de política económica pierden eficacia. La UE y España han de adaptarse con reformas estructurales, cooperación selectiva y visión estratégica.
2025 marcará el año en que dejamos atrás la globalización tal como la conocimos tras el fin de la Guerra Fría. A su vez, el modelo de apertura sin fricciones y multilateralismo entra ahora en una etapa de transición imprevisible.
La reelección de Donald Trump no es tanto el inicio del giro como su aceleración. La gran pregunta que sobrevuela gobiernos, bancos centrales y empresas no tiene una respuesta fácil: ¿se puede hacer política económica en tiempos de fragmentación geoestratégica, tensiones comerciales y marcos de disputa?
El Informe Económico y Financiero #37 de EsadeEcPol identifica los elementos clave del shock global, los desafíos emergentes, la posición de Europa y la singularidad del caso español. Una foto fija valiosa para empezar a responder a la gran pregunta: “y ahora, ¿qué?”.
De la globalización a la “globalización condicionada”
Reglas en disputa, marcos cuestionados, poderes en transición... ¿Qué ha sucedido en los últimos años? En realidad, nada totalmente nuevo: la situación actual es solo la aceleración de algunas tendencias y movimientos que ya habían iniciado unos años atrás, como el nuevo proteccionismo y la aspiración de volver a regionalizar las cadenas de valor.
Estados Unidos abandona el rol que una vez tuvo como árbitro del sistema global y pasa a jugar como potencia estrictamente interesada. Combina aislacionismo económico con neoimperialismo geopolítico sin complejos. No hay aliados, sino transacciones. Los aranceles se convierten en herramienta y palanca. Y como consecuencia, el multilateralismo da paso al derisking, al friendshoring y a la presión bilateral.
China responde fortaleciendo su autonomía. Europa, todavía una pieza relevante, busca cómo posicionarse. Mientras tanto, la incertidumbre aumenta y se siente particularmente en el ámbito empresarial: más volatilidad, más presión sobre las cadenas de suministro y menor claridad regulatoria.
En este contexto, las previsiones de crecimiento se enfrían. El FMI prevé un 1,4 % para las economías avanzadas y un 3,7 % para las emergentes en 2025. La sensación general es que el modelo anterior ya no rige y el nuevo aún no ha tomado forma.
Menos margen para la política económica
En este escenario, las palancas tradicionales de la política económica se han debilitado. Tras la pandemia, los gobiernos arrastran elevados niveles de deuda pública, a lo que cabe añadir el repunte inflacionario posterior. La inflación persiste en niveles que limitan la capacidad de relajar los tipos de interés, mientras que el margen fiscal se reduce por el aumento del coste de la deuda. Con todo ello, las herramientas de política monetaria han perdido parte de su eficacia.
Los bancos centrales tienen un reto particularmente intenso: mantener las expectativas de inflación ancladas sin comprometer la estabilidad financiera. En casos como el europeo, el equilibrio es delicado, y la jugada previsible —bajar tipos o aumentar el gasto— no parece viable. Aun así, el euro se ha apreciado más de un 10 % frente al dólar, reflejando una relativa confianza internacional.
¿Qué margen de maniobra queda? Gobernanza, cooperación internacional selectiva y reformas estructurales con impacto real. A corto plazo, acuerdos internacionales como el de la UE con Nueva Zelanda o la profundización en el mercado único marcan la dirección.
Por otro lado, la política industrial debe manejarse con cuidado. El escaso margen para las políticas fiscales exige un análisis coste-beneficio preciso, evitando desviar recursos hacia sectores no estratégicos.
Europa entre la oportunidad y la irrelevancia
Ante un tablero global más fragmentado, la UE se enfrenta a una disyuntiva: puede consolidarse como potencia reguladora, comercial y tecnológica, o quedar relegada a un papel reactivo si no actúa con rapidez y coherencia.
En sus contribuciones al informe, los investigadores Elina Ribakova y Federico Steinberg coinciden en que la UE, tras el repliegue de EEUU, debe aspirar a liderar un nuevo orden económico internacional liberal abierto.
Ambos señalan que el momento exige pasar del diagnóstico a la acción. Ribakova propone avanzar en la unión de mercados de capitales, crear un activo seguro europeo y lanzar el euro digital como escudo ante sanciones extraterritoriales. Steinberg refuerza esa mirada con una agenda más política: completar la unión bancaria y fiscal, emitir eurobonos europeos para financiar bienes públicos estratégicos (defensa, innovación, transición verde y energía), activar el instrumento anti-coerción ante las presiones estadounidenses y tejer acuerdos con países del Sur global que ayuden a diversificar tanto proveedores como mercados de exportación.
Europa tiene piezas fuertes sobre el tablero: un mercado interior robusto, una red de tratados confiables, capacidad y reputación regulatoria y una moneda que gana peso como refugio. Pero también arrastra debilidades que frenan: lentitud institucional, fragmentación normativa, retraso en innovación y dependencias energéticas y tecnológicas.
España: un “outliner” que desafía la tendencia
Mientras gran parte de la zona euro apenas roza el 1 % de crecimiento, España mantiene previsiones del 2,3 % al 2,6 % para este año y fue reconocida como la mejor economía del 2024.
Entre los factores que explican este comportamiento están la resiliencia del consumo interno, un buen índice de exportaciones, un mercado laboral sorprendentemente dinámico y con una tasa de paro a la baja, niveles elevados de ahorro de los hogares y el turismo que ha superado los niveles prepandemia.
La expansión de las energías renovables refuerza la competitividad industrial y la inmigración neta actúa como factor corrector de los déficits demográficos.
Pero no todo son ventajas. España sigue expuesta a riesgos reales: un déficit público que no cede, tensiones en el mercado de la vivienda, dependencia del turismo y la exposición a aranceles en sectores clave. La buena posición actual se parece más a una ventaja táctica que a una victoria estratégica.
La presión geoeconómica y la volátil coyuntura también impactan en la economía nacional. Según planteó el Ministro de Industria y Turismo Jordi Hereu en una reciente charla en Esade: hay que apostar por una reindustrialización estratégica y pensar en una política industrial “más activa y consciente de la geopolítica”.
Políticas de transición
Tal y como expone el informe, “el mayor riesgo no es la fragmentación, sino la fragmentación caótica”. Un desacoplamiento abrupto podría costar al mundo hasta un 7 % del PIB global, según el FMI. Pero si se lleva a cabo una transición progresiva y ordenada, esta transición puede abrir una ventana de oportunidad para reordenar, diversificar y crear nuevos liderazgos.
Ni todo está perdido, ni nada está garantizado. Europa tiene la posibilidad —y la necesidad — de ejercer liderazgo económico desde una posición que combine resiliencia, apertura selectiva y claridad normativa. Pero necesita actuar con velocidad y cohesión, reaccionar al corto plazo con visión a largo plazo.
España, por su parte, necesita consolidar su ventaja actual transformándola en resiliencia estructural. Las reformas en fiscalidad, innovación y vivienda serán claves para lograrlo. También protegerse frente a shocks externos.
Estamos ante un cambio de tablero geopolítico, con movimientos que exigen agilidad, acierto y coordinación entre diversas políticas (económica, industrial, comercial, I+D, energética, etc.). La partida requiere análisis, cálculo y audacia. Quienes no sepan adaptarse corren el riesgo de quedar fuera de ella antes de lo esperado.
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