El futuro post Covid-19: ¿ganará el humanismo tecnológico o la deshumanización digital?

La explosión tecnológica derivada de la pandemia del coronavirus es imparable.

Por Foro de Humanismo Tecnológico

Los algoritmos y la inteligencia artificial están irrumpiendo en los hogares de forma acelerada, recolectando ingentes cantidades de datos sobre nuestro comportamiento en una época de gran incertidumbre. ¿Estamos ante un enemigo invisible? ¿Qué futuro nos espera después de la pandemia? ¿Un mundo gobernado por el humanismo tecnológico o por la deshumanización digital? José María Lassalle, director del Foro de Humanismo Tecnológico de Esade, habla con Do Better sobre los dilemas tecnológicos de la crisis del coronavirus.

Do Better: ¿Cómo está transformando la pandemia nuestra relación con la tecnología?

José María Lassalle: La Covid-19 ha convertido la tecnología en la estructura del nuevo statu quo bajo el que vivirá la humanidad a partir de ahora. Nos enfrentamos a una realidad que ha puesto de manifiesto que la estructura del planeta –y la globalización que lo modela– se desarrolla a través de la tecnología. El confinamiento ha consumado la transformación digital: las libertades analógicas se han convertido en experiencias básicamente digitales. La huella digital que generamos a diario es tan intensa y precisa, que casi sabe lo que pensamos, lo que sentimos y lo que necesitamos cuando vivimos atrapados bajo la atmósfera de urgencia que nos acompaña excepcionalmente hace semanas.

¿Estamos abocados a un exceso de control tecnológico?

La pandemia está desatando un flujo exorbitante de datos que nos está conduciendo hacia una especie de "biggest data". Estamos agitando las aguas del tráfico de las redes con un mega tsunami de datos sobre nosotros mismos. Nuestras interacciones digitales y la cantidad y calidad de los datos que revelamos provocan un valor de agregación incalculable. Pasar tantas horas trabajando online, viéndonos las caras y hablándonos a través de pantallas en toda clase de contextos supone un registro extraordinario de matices de sensibilidad que acelerarán el machine learning y nos aproximarán a avances de la inteligencia artificial que harán cercana la famosa inteligencia general. Nunca como hasta ahora habíamos ayudado a las máquinas a conocernos y a aprender tanto de nosotros.

Covid-19 confinement
Nunca como hasta ahora habíamos ayudado a las máquinas a conocernos y a aprender tanto de nosotros (Foto: Manel Subirats/iStock)

La tecnología, ¿es nuestro enemigo invisible?

Con la excusa de la primacía justificada de la salud sobre la privacidad que incorporan nuestros estados de alarma –y que no se discute– estamos contribuyendo a dotar de un extraordinario poder a quienes registran y gestionan nuestros datos. Estamos desguarneciendo nuestra privacidad sin tapujos ni recelos. Enfilamos la consumación de una era tecnológica, un tiempo nuevo que resetea el anterior. Una era gobernada mediante algoritmos que controlan las grandes corporaciones tecnológicas mientras su cuenta de resultados crece hasta alcanzar cifras astronómicas.

Sorprende que mientras el Estado demuestra su poder analógico deteniendo la realidad, confinando a un país entero en sus domicilios y paralizando la economía sin romper la paz social, las grandes corporaciones tecnológicas hegemonizan un cibermundo que reemplaza la experiencia corporea del ser humano por otra que se desmaterializa en contacto con las pantallas. Bajo la excepcionalidad de la Covid-19 se ha impuesto, sin oposición, una gobernanza algorítmica que sustituye nuestra identidad física por otra digital, que además se vive como una experiencia sin ciudadanía ni derechos online que la proteja.

La excepcionalidad es un arma de doble filo...

Hablamos de una identidad digital que nos diluye como personas, que opera sobre lo que éramos y crea las condiciones para definirnos como trabajadores online, consumidores digitales de contenidos y usuarios de aplicaciones. Algunas tecnologías, como las de rastreo de infectados a través de la geolocalización, son dirigidas a neutralizar la propagación del coronavirus o su rebrote. Desarrollan capacidades que agrupan nuestras interacciones de afinidad social, cuyo almacenamiento y centralización ofrecen una capacidad de monitorización que puede trascender la funcionalidad epidemiológica primaria...

Monitoring technology
Algunas tecnologías de geolocalización podrían trascender la funcionalidad epidemiológica primaria (Foto: Jay Lazarin/iStock)

De hecho, con este tipo de tecnología podrán controlar nuestros movimientos 24 horas al día, los 365 días del año y, de paso, identificar quiénes nos acompañaban y qué vínculos existían entre nosotros; algo que, asociado a la variable del GPS, podría implicar una arquitectura susceptible de hacer el matching perfecto, que conectara nuestros datos anonimizados y pusiera nombres y apellidos a nuestra huella digital.

Inquietante...

Las consecuencias de promover un "biggest data", bajo este contexto de excepcionalidad, son ciertamente inquietantes. Sin control democrático de este proceso de empoderamiento tecnológico corremos el riesgo de que nuestra democracia liberal mute hacia una dictadura tecnológica. De basarnos en una libertad cooperativa, podríamos ver cómo se instaura un orden tecnológico de vigilancia y control que monitoriza nuestra movilidad y nuestra salud al servicio de un ciber Leviatán privatizado. Un escenario distópico, que solo podremos impedir con derechos y garantías digitales que protejan nuestra privacidad. Con un humanismo tecnológico que se traduzca en un catálogo de nuevos derechos y garantías para establecer una ciudadanía digital sobre la que fundar una ciberdemocracia que concilie la tecnología con la libertad.

Parece un dilema difícil de resolver, con intereses contrapuestos.

La consumación digital del mundo en que vivimos está agravando el crecimiento de la desigualdad. No solo a raíz del empobrecimiento generalizado que provocará la recesión económica si no se reconduce mediante políticas públicas que mitiguen sus efectos sociales más dañinos, sino porque puede verse multiplicada con los efectos agregados que producirán nuestros datos y que monopolizan plataformas que monetizan sin contrapartidas solidarias. Para evitar esta desigualdad hay que abordar una regulación sobre algoritmos e inteligencia artificial que ponga estas herramientas al servicio de los seres humanos y fije directrices éticas fiables. Para conseguirlo hay que reinvindicar valores humanísticos y políticas públicas centradas en lo humano.

Sin control democrático del empoderamiento tecnológico corremos el riesgo de que nuestra democracia mute hacia una dictadura tecnológica

Hay mucho trabajo por hacer.

La pandemia de la Covid-19 no puede empobrecer a muchos, ni propiciar a lomos de sus necesidades actuales el beneficio desmesurado de unos pocos. No es admisible éticamente, porque nace de una hiperactividad digital que generamos como consecuencia del dolor que provoca el coronavirus y la ansiedad que fomenta nuestro confinamiento.

Pensar críticamente el futuro comienza a ser tan urgente como combatir la pandemia. Algo que debe abordarse mediante un humanismo tecnológico que nos ayude a evitar que se imponga un uso tecnológico que nos arroje a un futuro distópico y marcado por aquella advertencia que Paul Virilio hacía de que el cibermundo era el gobierno de lo peor. Para evitarlo, debemos resolver las tensiones que acabo de describir mediante una narrativa que reclame políticas públicas centradas en lo humano y que se inspiren en un humanismo que permita, en la práctica, tanta responsabilidad en manos humanas como poder técnico sea disponible.

Hablamos de un relato de justicia, un relato de coherencia, que integre la relación entre el ser humano y la técnica, que establezca una alianza estratégica entre la dignidad humana y la tecnología, que enfoque la consumación digital en la que vivimos dentro de un diseño centrado en una ética pensada desde la humanidad y para la humanidad. Debemos gobernar desde un humanismo que no nos haga olvidar nuestra necesidad de empatía, de generosidad y de solidaridad hacia los demás, que siga reclamando nuestra privacidad y nuestra libertad para elegir.

Todo el contenido está disponible bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional.