Cuando la protesta también es estrategia: El marketing político de la música
Cinco millones de visualizaciones, un vídeo eliminado y una pregunta incómoda: ¿fue el cierre de The Strokes en Coachella un gesto político o una operación de marketing?
El último concierto de The Strokes en Coachella terminó con un montaje que nadie esperaba. Imágenes de Gaza, de Irán, de décadas de intervención militar estadounidense proyectadas mientras sonaba la música. Una clara crítica a la CIA y a la situación geopolítica actual, mientras sonaba su canción “Oblivius”, con la que preguntaban, más que cantaban, “¿De qué lado estás?”. El vídeo desapareció en horas. Las copias, no. En poco tiempo, cinco millones de visualizaciones en X y una pregunta que quedó flotando: ¿fue esto un gesto político o una operación de visibilidad calculada al milímetro?
Probablemente las dos cosas. Y eso es exactamente lo que lo hace interesante.
En la industria musical contemporánea, autenticidad y estrategia ya no son opuestos. Conviven, y a veces se necesitan mutuamente. "Las acciones culturales más eficaces suelen tener una doble naturaleza: pueden ser auténticas y, al mismo tiempo, comercialmente útiles", explica David López, profesor titular y decano asociado del programa Full-Time MBA de Esade, con quien conversamos sobre este acontecimiento viral.
Lo interesante no es decidir si el gesto fue "real" o "calculado", sino entender cómo la protesta puede convertirse en mecanismo de distribución cultural. En un ecosistema dominado por algoritmos, atención fragmentada y construcción de identidad en redes, la disidencia no solo interpela: también circula, posiciona y construye marca.
De la provocación al posicionamiento
Durante años, la industria musical vivió del escándalo personal. Peleas, excesos, declaraciones fuera de tono. Hoy el foco ha cambiado. La controversia política no solo genera atención: genera identidad. Compartir un contenido ya no es solo una reacción; es una declaración. Y más hoy en día.
"Un clip político funciona como contenido, pero también como señal social", señala López. "Compartirlo no significa solo que te guste; significa decir: 'yo estoy aquí'".
Este desplazamiento tiene una lógica concreta: el contenido deja de buscar consenso y empieza a buscar intensidad. En palabras de López, "el contenido no busca gustar a todos, busca ser intensamente relevante para unos y suficientemente irritante para otros". En ese terreno, la indiferencia es peor que el rechazo.
Cuando el mensaje deja de pertenecer al artista
El vídeo del concierto acumuló millones de visualizaciones en pocas horas. Fue eliminado, replicado, reinterpretado, cortado en clips de diez segundos con subtítulos contradictorios. Ahí ocurre algo crucial: el mensaje deja de ser propiedad de la banda.
"Cuando un mensaje político entra en la lógica viral, deja de pertenecer del todo al artista. Empieza a pertenecer a la circulación", explica López.
Lo que era una crítica amplia a la política exterior estadounidense se convirtió, según quién lo difundía, en "The Strokes contra Trump", en "Coachella permite propaganda" o en "Julian Casablancas censurado". La red no preserva la complejidad. Preserva lo que cabe en diez segundos. Es una paradoja que cualquiera que haya visto un hilo de Twitter sabe reconocer: cuanto más viaja un mensaje, más posibilidades tiene de mutar.
Coachella y la paradoja del sistema
Coachella sabía lo que iba a pasar y lo permitió. Eso añade una capa incómoda: ¿puede seguir siendo disruptivo un gesto político cuando ocurre dentro de una plataforma global, patrocinada y altamente comercial?
"Ya no es una ruptura desde fuera del sistema, sino una tensión desde dentro del sistema", apunta López. El festival no elimina el conflicto; lo gestiona y lo convierte en parte de su propia lógica de visibilidad.
La paradoja es nítida: el mismo escenario que amplifica el mensaje también lo domestica. "Para tener impacto masivo necesitas el escenario, pero el escenario también domestica parte del impacto". The Strokes lo saben. Coachella también.
Autenticidad, coherencia y storydoing en la era de la IA
En un contexto donde el storytelling se ha abaratado, cualquier artista, marca o institución puede producir en minutos un relato emocionalmente sofisticado. Lo diferencial ya no es contar bien una historia, sino demostrarla.
"En branding, la consistencia es una de las fuentes principales de credibilidad", explica López. Casablancas lleva años firmando peticiones pro-Palestina, construyendo una imagen crítica con el poder corporativo y la política institucional estadounidense. Por eso el montaje de Coachella no sorprendió ideológicamente, aunque sí por la escala y la puesta en escena. Cuando existe una trayectoria previa, el gesto se lee como continuidad, no como oportunismo.
Esto conecta con la idea de storydoing de Ty Montague: las marcas más fuertes no son las que narran sus valores, sino las que los convierten en acciones visibles. En tiempos de IA, esa lógica se intensifica: las palabras se pueden generar; los comportamientos sostenidos son más difíciles de falsificar. "La credibilidad hoy no está solo en el storytelling, sino en el storydoing", resume López.
¿Activismo o espectáculo?
El montaje final del concierto plantea la pregunta inevitable: ¿estamos ante activismo o ante un cierre espectacular?
"Puede ser las dos cosas, pero no son lo mismo", advierte López. "Un cierre espectacular usa la política para generar intensidad emocional. El activismo implica continuidad, riesgo y acción más allá del escenario".
La diferencia está en la trayectoria. Un gesto con costes reputacionales reales, dentro de una línea sostenida, se acerca al activismo. Un gesto que se queda en estética de protesta se acerca al espectáculo. En The Strokes, López ve elementos de ambas cosas. La fuerza, dice, está en la combinación: sin la coherencia previa, habría parecido oportunista; sin la ejecución espectacular, quizá no habría viajado.
Audiencias más sofisticadas
El público actual ya no consume una actuación. La audita.
Parte de la conversación en X giró en torno al timing: The Strokes esperaron al segundo fin de semana para mostrar el montaje más explícito, cuando en el primero la carga política había sido mucho más sutil. Muchos usuarios lo interpretaron como un cálculo para evitar ser vetados. Puede que tengan razón. Puede que no. Pero la lectura misma revela algo importante: las audiencias entienden perfectamente que la industria musical es también una industria de gestión del riesgo.
"La autenticidad ya no se proclama; se somete a escrutinio colectivo", dice López. Ya no basta con lanzar un mensaje potente. Hay que sostenerlo frente a una audiencia que analiza el contexto, el timing y los incentivos.
El peso del emisor: por qué importa quién habla
La comparación con Kneecap, que un año antes pasó por el mismo festival, es inevitable. El grupo norirlandés denunció que sus mensajes pro-palestinos fueron cortados de la retransmisión oficial, y después se enfrentó a peticiones para revisar sus visados y una fuerte reacción política. The Strokes, en cambio, parecen haber sido leídos de forma más institucionalmente digerible.
El mismo mensaje no pesa igual dependiendo de quién lo emite. Kneecap activa un marco de conflicto y sospecha. The Strokes activan un marco de prestigio, nostalgia y legitimidad artística. Como señala López apoyándose en la teoría clásica de Hovland y Weiss sobre credibilidad de la fuente: "el emisor no acompaña al mensaje: lo transforma".
La visibilidad como campo de batalla
La actuación de The Strokes en Coachella no es un caso aislado. Es un síntoma de algo más profundo: la visibilidad se ha convertido en el principal campo de batalla cultural, y la protesta es una de sus armas más eficaces.
"La pregunta interesante no es si fue auténtico o promocional", concluye López. "La pregunta es cómo una acción auténtica puede convertirse también en un activo de marketing".
Hay algo ligeramente incómodo en esa respuesta. No porque sea cínica, sino porque es honesta. En la cultura contemporánea, autenticidad y cálculo no se excluyen. A veces, se refuerzan. Y si eso nos incomoda un poco, quizá sea porque seguimos queriendo que los gestos políticos queden fuera del mercado, cuando el mercado lleva tiempo aprendiendo a integrarlos.
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