Sostenibilidad en 2026: De las promesas a la evidencia
La sostenibilidad ha entrado en una nueva fase en la que la ambición ya no es suficiente. En 2026, las empresas deben demostrar impacto o arriesgarse a quedarse atrás.
La sostenibilidad ha pasado de ser una cuestión de responsabilidad social corporativa a convertirse en un pilar central de la estrategia empresarial. Antes considerada principalmente un tema reputacional, hoy define cómo las compañías compiten y crean valor a largo plazo.
Emma Felipe, profesora asociada senior del Departamento de Dirección General y Estrategia y del Departamento de Sociedad, Política y Sostenibilidad de Esade, explicó recientemente en un webinar por qué la sostenibilidad ya no es un “nice to have”, sino un imperativo estratégico.
“La sostenibilidad ya no es opcional. Es un motor estratégico para sobrevivir, competir y liderar en el mercado”, afirma Felipe. Las empresas deben dejar de preguntarse si la sostenibilidad importa y centrarse en integrarla rápidamente en su toma de decisiones.
El aumento de los riesgos climáticos, junto con nuevas exigencias regulatorias, inversores más conscientes del clima y consumidores cada vez más comprometidos, está transformando el relato. La sostenibilidad pasa de ser una iniciativa periférica a situarse en el centro de la estrategia corporativa.
Para Felipe, 2026 marca un punto de inflexión. Tras años de compromisos ambiciosos, entramos en lo que denomina una “era de la autenticidad”. Ya no será la ambición, sino la ejecución, lo que definirá el liderazgo.
El riesgo climático se encuentra con la realidad económica
Felipe presentó datos contundentes. Los últimos años han registrado temperaturas récord tanto en tierra como en los océanos. Según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus, 2024 fue el año más cálido jamás registrado. Las concentraciones de CO₂ han superado ya las 420 partes por millón, con el mayor aumento anual registrado en 2024, según la NOAA.
El cambio climático no es solo un problema ambiental: tiene efectos directos sobre el crecimiento, la productividad y el bienestar
Siete de los nueve límites planetarios ya han sido superados, incluyendo la acidificación de los océanos. Los problemas ambientales afectan cada vez más a los sistemas hídricos y a la biodiversidad, mientras que la contaminación química añade presión adicional.
“El cambio climático no es solo una cuestión ambiental, también tiene consecuencias macroeconómicas que afectan al crecimiento, la productividad, el desarrollo a largo plazo y el bienestar”, explica Felipe. En otras palabras, el riesgo climático es riesgo financiero.
El análisis económico lo confirma. Un informe de Swiss Re sugiere que escenarios de mayor calentamiento podrían reducir el PIB global en un 18 % para 2050. A medida que aumentan las temperaturas, también lo hacen las pérdidas: interrupciones en las cadenas de suministro, incremento de los costes de seguros, volatilidad en los precios de materias primas, pérdida de productividad por el calor y mayores inversiones para proteger activos.
En el sur de Europa, por ejemplo, el aumento de temperaturas ya está reduciendo la productividad laboral en sectores como la construcción o la agricultura. En el turismo, el calor extremo y la escasez de agua están alterando la demanda estacional. Son impactos que ya se están produciendo y a los que las empresas deben adaptarse.
Políticas desiguales, presión imparable
A pesar de la evidencia, la respuesta política sigue siendo desigual. La UE, Japón e India avanzan en regulación y mecanismos de fijación de precios del carbono, mientras que otros países, como Estados Unidos, Reino Unido o Nueva Zelanda, han ralentizado o suavizado algunos compromisos. Incluso la UE ha flexibilizado ciertos objetivos para lograr consenso interno.
Este mosaico regulatorio complica la gestión para las empresas globales. La Unión Europea continúa impulsando normativas como la Directiva de Diligencia Debida en Sostenibilidad Corporativa o los pasaportes digitales de producto, mientras otras regiones avanzan a ritmos distintos.
Felipe advierte: “La divergencia regulatoria es ya una condición de diseño. Hay que tratarla como un reto operativo y de datos, no solo legal”. Las empresas deben construir sistemas capaces de cumplir en múltiples entornos regulatorios, alineando datos, estándares de reporte y trazabilidad en sus cadenas de suministro.
A pesar de las fluctuaciones políticas, la presión sobre las empresas no deja de aumentar. Según la OCDE, el 91 % de las compañías que representan la mayor parte de la capitalización global ya reportan sobre sostenibilidad, y alrededor del 70 % cuentan con supervisión a nivel de consejo.
Cada vez más, inversores y consumidores exigen evidencias, no promesas. Una encuesta del PNUD muestra que el 80 % de la población mundial demanda una mayor acción climática. Además, el 69 % afirma que el cambio climático influye en decisiones vitales, y el 44 % estaría dispuesto a pagar más por productos sostenibles.
“El cambio climático es un valor para el consumidor”, afirma Felipe.
Afortunadamente, aunque la política ralentiza el impulso en algunas regiones, en general las empresas están esforzándose por conseguir mayores responsabilidades.
De los compromisos net-zero a la evidencia científica
¿Cómo pasar del compromiso a la credibilidad? Los anuncios de neutralidad climática se han multiplicado, pero la ambición ya no es suficiente.
El cambio ahora es claro: de promesas a trayectorias verificadas basadas en la ciencia
La iniciativa Science-Based Targets lo demuestra: cerca de 11.000 empresas se han comprometido con objetivos alineados con la ciencia, representando aproximadamente el 41 % de la capitalización global. Estos objetivos requieren planes validados externamente y con plazos definidos.
“Pasamos de ‘queremos ser net zero’ a ‘este es nuestro camino validado’”, explica Felipe.
Los inversores ya no se basan únicamente en métricas ESG retrospectivas, sino que analizan planes de transición, asignación de capital y objetivos medibles.
Los mercados ya están premiando a las empresas que avanzan en sostenibilidad. El foco se dirige hacia aquellas preparadas para la transición y capaces de demostrar progreso operativo.
Paralelamente, las habilidades verdes están en alta demanda. El informe de Global Green Skills de LinkedIn muestra que la demanda crece más rápido que la oferta. Las empresas que invierten en capacidades —estrategia climática, diseño circular o finanzas sostenibles— ganan ventaja competitiva.
Cadenas de suministro, tecnología y la era de la autenticidad
Felipe señala que ya no basta con reportar sostenibilidad: hay que demostrarla a lo largo de toda la cadena de valor. Normativas como las relacionadas con cadenas libres de deforestación o los pasaportes digitales de producto exigen identificar, prevenir y mitigar riesgos ambientales y sociales.
Los datos se convierten en un elemento central. A medida que aumenta el escrutinio, las empresas deben medir, seguir y reportar más. La tecnología, los sistemas avanzados de datos y la analítica con IA son clave para gestionar esta complejidad.
La sostenibilidad deja de verse como un coste para convertirse en una vía de rentabilidad. Un estudio de Morgan Stanley indica que el 88 % de las empresas la considera un motor de creación de valor a largo plazo.
Entramos así en una nueva fase. “Estamos dejando atrás el hype y entrando en la era de la autenticidad”, afirma Felipe. El foco ya no está en las promesas, sino en la ejecución.
Una oportunidad estratégica
Hoy, los consejos de administración tienen dos opciones: tratar la sostenibilidad como cumplimiento normativo o rediseñar su modelo de negocio en torno a la resiliencia, la eficiencia y la innovación.
La inacción tendrá un coste elevado. Los fenómenos climáticos extremos aumentan, la regulación se intensifica y el capital fluye hacia empresas con estrategias de transición creíbles. La sociedad también exige que la sostenibilidad esté en el centro.
La competitividad se define cada vez más en términos de sostenibilidad. En esta nueva era, la credibilidad es la verdadera moneda.
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