Instituciones para una nueva generación
Del veto restringido a la Fuerza de Paz Internacional: cómo reformar Naciones Unidas para hacer creíble la seguridad colectiva.
Desarme y seguridad colectiva
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¿Por qué la seguridad colectiva es la disuasión más eficaz?
La seguridad colectiva es el proceso paralelo al desarme. Su argumentación conceptual se basa en que la defensa colectiva es:
- La forma más eficaz de disuadir a un posible agresor.
- El escenario coste-eficiente de gasto en capacidad militar.
- Una arquitectura de control mutuo y equilibrio de poderes.
- La garantía colectiva de seguridad que permitiría el avance del desarme.
Su materialización jurídica actual se basa en el Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas que otorga al Consejo de Seguridad la responsabilidad primordial del mantenimiento de la paz y la competencia exclusiva de autorizar el uso de la fuerza para ese fin.
El problema es que esta seguridad colectiva ha resultado ineficaz a causa de la disfunción estructural del Consejo de Seguridad: cinco miembros tienen poder de veto y pueden obstaculizar una operación de seguridad colectiva que quiera detener una agresión en la que uno de ellos está implicado (salvo en casos contados como Corea del Sur en 1950 o Kuwait en 1990).
“Las guerras cesarán cuando, y solo cuando, resulte evidente más allá de toda duda razonable que, en cualquier guerra, el agresor será derrotado” – Bertrand Russell, 1943.
“Solo existe un camino hacia la paz y la seguridad: el camino de la organización supranacional”. – Albert Einstein, 1949.
La Segunda Carta propone un Consejo de Seguridad reformado y un poder de veto restringido. En unas Naciones Unidas reformadas, la Asamblea General (de 193 Estados) y una futura Asamblea Parlamentaria (representación proporcional), podrían (mediante un voto concurrente) dotar de efectos a una resolución del Consejo, aunque un miembro la hubiera vetado. De esta manera se desbloquea, teóricamente, el mecanismo jurídico de seguridad colectiva.
Quizá el ejemplo material más señero de seguridad colectiva es la alianza defensiva del Tratado del Atlántico Norte (la OTAN). Su principal problema: no es universal. Es una alianza colectiva de alcance regional basada en el compromiso de que todos los miembros defenderían a cualquier otro en caso de agresión. Dicho compromiso legal (Artículo 5 del Tratado) multiplica la capacidad defensiva de los miembros individuales.
Pero ¿qué pasa con los Estados fronterizos como Ucrania? ¿O países aislados como Líbano? ¿O con regiones lejanas como el Shael o Sudán del Sur? ¿Podrían frenarse dichas agresiones si existiese una fuerza colectiva en sus regiones? ¿O en Naciones Unidas?
En nuestro contexto europeo, uno de los debates en curso es si la Unión Europea debería avanzar hacia su propio sistema de seguridad colectiva (enunciado en sus Tratados, artículo 42 TUE) y materializarlo en un incipiente ejército europeo. De cualquier forma, la defensa común europea sería la manera más coste-eficiente y efectivamente disuasoria. Mucho más que la tendencia actual de gasto militar aislado e individual por los 27 Estados miembros.
Una Fuerza de Paz Internacional: el sueño lúcido de nuestros padres
¿Cuál sería el mecanismo práctico para instrumentalizar la seguridad colectiva internacional?
Nuestro padres y abuelos sentaron los fundamentos ideales de que la paz y la seguridad internacional eran un objetivo factible y necesario para la supervivencia y el progreso de una humanidad interconectada. Ellos, en el sueño lúcido que fue la creación de Naciones Unidas y su Carta, previeron (Artículos 43 a 47) la creación de una Fuerza de Paz Internacional que, desafortunadamente, nunca se materializó a causa de la desconfianza entre potencias. También influyó la obsoleta concepción de que una potencia hegemónica podía proveer seguridad y estabilidad al conjunto.
Si la seguridad colectiva es la forma más eficaz de disuasión, una Fuerza de Paz Internacional puede ser la forma más adecuada de seguridad colectiva. Las experiencias más parecidas a una fuerza internacional han sido las misiones de mantenimiento de la paz de la ONU (peacekeeping operations, cascos azules). Estas han demostrado, a lo largo de siete décadas, valiosas conclusiones operativas y prácticas:
- La necesidad de una fuerza permanente, independiente de los ejércitos nacionales;
- De un mando operativo único, no uno de cada Estado participante.
- De un presupuesto estable y recursos suficientes, no basados en contribuciones nacionales puntuales y voluntarias;
- De la capacidad de Naciones Unidas para adquirir y contratar material, suministros y armamento puntero.
- De un entrenamiento, una cadena de mando y una disciplina propia y al servicio de las resoluciones de Naciones Unidas;
- De unos códigos disciplinarios y penales propios, con jurisdicción internacional (no nacional) a la cual respondan los oficiales de la fuerza internacional.
Una Fuerza de Paz Internacional, operada bajo la bandera de Naciones Unidas, podría empezar siendo una división de reacción rápida, de unos 10.000 efectivos. Sería reclutada, entrenada, armada y comandada por una estructura de mando propia, con independencia de los aparatos nacionales. Contaría con bases, instalaciones y capacidad de equipamiento militar propias con cargo al presupuesto de la Naciones Unidas. Estaría bajo la jurisdicción y mandato de las resoluciones del Consejo de Seguridad (reformado) que autorizarían su despliegue, sus códigos disciplinarios y sus reglas de enfrentamiento conforme al Derecho Internacional Humanitario. Dicha fuerza podría intervenir también (apoyando a fuerzas nacionales) en otras emergencias de seguridad humana, como catástrofes naturales y ambientales o crisis humanitarias.
Por distante que pueda parecer esta propuesta, ni es nueva, ni es imposible. Los ejércitos nacionales permanentes y las alianzas regionales sufrieron transformaciones comparables que respondían a la lógica de la eficacia en la disuasión y en la seguridad del conjunto. ¿Se puede trabajar por ese objetivo en el contexto actual?
¿Construir tras la tormenta?
El mundo de 2026 no es el de 1945. La Carta de 1945 era pre-nuclear, pre-digital y pre-cambio climático. Tampoco representaba la distribución económica y demográfica de la actualidad (China, India, Brasil, continente africano). Además, no disponía de mecanismos, instituciones ni medios suficientes hacer frente a las necesidades y retos de hoy y mañana
¿Necesitamos reimaginar Naciones Unidas y la arquitectura de gobernanza internacional para una nueva generación? Un Parlamento Mundial que represente a la ciudadanía global, una nueva forma de organizar la dinámica económica y comercial entre países, nuevas fuentes de recursos para financiar los bienes públicos globales, un renovado proceso de desarme o una Fuerza de Paz, son algunas propuestas que pueden guiar este esfuerzo imaginativo, creativo y colectivo. Tarde o temprano, la humanidad tendrá que revisitar sus instituciones y repensar sus estructuras. Cuando ese momento llegue, cobrarán sentido los esfuerzos constructivos del presente.
Las visiones y propuestas expuestas en este artículo provienen de los documentos A Second UN Charter (2024) y Protocols Complementary (2025) publicados por el Global Governance Forum.
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