Conversaciones necesarias: ¿El fin de la solidaridad?
Milagros Pérez Oliva, Hatim Azahri y Jorge Galindo abrieron el ciclo Conversaciones Necesarias preguntándose si la solidaridad se ha roto o solo hemos dejado de saber encontrarla.
En un salón muy acogedor, con varios sillones, mesas de café y lámparas de luz cálida, David Murillo, profesor titular del Departamento de Sociedad, Política y Sostenibilidad de Esade y moderador de la sesión, abrió este ciclo de Conversaciones Necesarias, con la pregunta: ¿Es el fin de la solidaridad? A falta de perro en el salón, la pregunta mordía igual.
Una duda importante, pero recurrente, ya que en aulas y cursos, el tema vuelve una y otra vez. Murillo, de hecho, recordó que hace treinta años el ya leía a Sennett hablando de la corrosión del carácter y a Putnam preocupado por una bolera medio vacía. Así que: ¿estamos ante un fenómeno realmente nuevo, o ante una versión más aguda de algo que llevamos décadas describiendo?
Así presentó a los ponentes, que representaban tres miradas, tres generaciones y tres formas distintas de entender la situación.
"Estamos en un momento de máxima solidaridad"
Hatim Azahri tiene 28 años, es fundador de la Associació de Joves Units del Poble-Sec y acaba de ganar el Premio Princesa de Girona 2026. Cuando le tocó arrancar, no hizo ninguna concesión al titular del acto: "Yo me atrevería a decir que estamos en un momento de máxima solidaridad, aunque el titular sea que estamos en crisis."
Su tesis: lo que se ha roto no es la solidaridad, es la definición. Durante demasiado tiempo, dijo, hemos confundido solidaridad con caridad, con ese gesto voluntario que se activa cuando hay catástrofe. Pero la solidaridad, vista desde el barrio, es otra cosa. Es cotidiana. Es saludar al vecino. Es preguntar el nombre. Es una estrategia de supervivencia.
"La estrategia más eficaz y más inteligente es siempre la cooperación." Pensar en las abejas, en su colmena estructurada y eficiente. Y en recordar que uno solo no llega nunca muy lejos, aunque parezca que llegue más rápido.
Azahri también amplió la frontera del concepto: hoy la solidaridad atraviesa generaciones, especies y fronteras, también las digitales. La movilización internacional por Palestina —jóvenes que se suben a flotillas y exponen sus cuerpos— le sirve como ejemplo de un nivel de solidaridad que, según él, "pocas veces ha llegado a esa excelencia como humanidad". Si no lo vemos, dijo, quizá es porque seguimos midiéndolo con herramientas obsoletas.
"Nos dieron un máster y se quedaron con los pisos"
Jorge Galindo, director de EsadeEcPol y sociólogo, llegó con datos y con un título reciente que valía como tesis: Ni mérito ni solidaridad: nos dieron un máster y se quedaron con los pisos. Su argumento giró entorno a una realidad y una crítica: a su generación, y a la siguiente, se les entregó una herramienta —el título universitario— y se les retiró la otra —la vivienda—. “Y luego se les pide que sean solidarios”, comentó.
“Yo creo que la respuesta a esto no puede ser solidaridad intergeneracional. Lo que se nos está rompiendo es un acuerdo de cooperación.”
Galindo aportó los números que sostienen la frase. Los menores de 35 años han pasado de un 67 % de propietarios a un 35 %. Las rentas de los mayores de 65 han crecido el doble que las de quienes están entre los 18 y los 45. Y cuando se mide la riqueza —no el ingreso— de su generación frente a la equivalente dos generaciones atrás, la pérdida es de un 75 % en términos brutos. Casi todo, dijo, se explica por una sola variable: la tenencia de vivienda.
De ahí su matiz: no pidamos solidaridad cuando lo que falta es cooperación. Primero hay que reconstruir un juego de suma positiva entre generaciones. Después se podrá hablar de lo demás.
"No pienso que haya un conflicto generacional. Pienso que hay una brecha. Tenemos que cerrarla para evitar que se convierta en conflicto. Algunos ya lo quieren aprovechar."
"Estamos asistiendo al desmantelamiento del Estado de bienestar en diferido"
Milagros Pérez Oliva, periodista de El País desde 1982 y coordinadora de un reciente dosier de Barcelona Metrópolis sobre el tema, llegó con la mirada más longeva. Y la más severa.
Su lectura: durante décadas, la solidaridad fue un instrumento útil para Occidente. Trasvasaba recursos del primer mundo al tercero, cubría huecos que la geopolítica no quería tocar y formaba parte del relato. Después llegó la ola neoliberal de los ochenta y el marco mental cambió. La educación pasó a formar "amos del universo". La fraternidad —el tercer valor olvidado de la Ilustración, dijo citando a Victoria Camps— desapareció del discurso público. Y, en paralelo, una operación más silenciosa: la sombra de la sospecha sobre las ONG, los estudios sobre eficiencia, el ascenso de la "ilustración oscura" que ahora se predica desde Silicon Valley y que pone, expresamente, conceptos como sostenibilidad y solidaridad en la lista de enemigos del progreso.
"En el darwinismo que nos domina se nos dice que es mejor que los que no pueden prosperar no prosperen. Y el mundo se ha de gobernar como una empresa. Lo dicen así, descaradamente."
Pero el dardo más afilado se lo guardó para casa. El sistema, dijo, ha encontrado una forma de desmantelar el Estado de bienestar sin que nadie pueda votar en contra: hacerlo en diferido. Despedir a los padres y contratar a los hijos por la mitad. Convertir empleados en falsos autónomos. Todo dentro del marco mental del enfrentamiento generacional, que viene fabricándose, recordó, desde los primeros estudios demográficos pagados por bancos para vender planes de pensiones privados.
El desencuentro de la tarde
Hubo acuerdos, pero también un choque. Pérez Oliva no quiso dejar pasar uno de los argumentos de Azahri —que las asociaciones deberían transferir poder a los más jóvenes para que el relevo ocurra de verdad— y replicó con la voz de quien ha estado en otras calles:
"Los mayores no han de dar acceso a los jóvenes a nada. Los jóvenes os organizáis como queráis. De hecho, nos habéis de desplazar. Tenéis que tomar vosotros el timón."
En su generación, asociarse estaba perseguido. Y eso, dijo, fue precisamente lo que generó conciencia.
Azahri no la dejó sin respuesta. Le recordó, primero, que los jóvenes sí se están movilizando, solo que la solidaridad se mide hoy con herramientas obsoletas. La movilización por Palestina es para él una de las formas más extremas de solidaridad que ha visto su generación, y nada de eso aparece en las estadísticas tradicionales de participación asociativa.
Pero el matiz importante vino después. Las entidades, dijo, también tienen su parte. Llevan años esperando que los jóvenes lleguen, sin haberse molestado en preguntarse qué les ofrecen cuando llegan: un papel decorativo, un asiento sin voto, una escucha sin decisión. "Si no hay transferencia de poder, no hay liderazgo, y no emergen los agentes de transformación social."
Conquistar el espacio o que te lo abran no son, en su lectura, alternativas. Son las dos mitades de la misma colmena.
Lo que quedó sobre la mesa
Murillo cerró con un balance que, sin pretenderlo, ordenó bien la tarde.
Tres ideas para llevarse a casa:
- desafiar los marcos mentales que simplifican el debate (no es lo mismo "el fin de la solidaridad" que una fractura concreta entre generaciones medible por riqueza y vivienda);
- recuperar la idea de agencia, de que hay espacio real para el cambio y no solo determinación estructural;
- y aceptar que estamos en un momento del péndulo de Polanyi en el que la angustia genera demanda de protección, pero también puede generar demanda de salvadores.
Y una cosa más, casi al pasar: que la voz más optimista de la mesa hubiera sido la del más joven. Que los que peinan canas hubieran sido los más críticos. Eso, según Murillo, también nos dice algo.
Hubo aplauso, hubo gente que se quedó conversando en grupos pequeños cerca de las sillas. Si la solidaridad se practica —como insistió Azahri toda la tarde— quizá empieza por eso. Por no irse a casa todavía.
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