Entre la eficiencia y la legitimidad: Reinventar la universidad en la era de la aceleración
La educación superior —y en especial las business schools— afronta un desafío más profundo que la disrupción tecnológica: redefinir su papel en una sociedad donde el conocimiento ya no tiene un único custodio y la legitimidad no está garantizada.
La universidad no atraviesa simplemente una crisis. Está entrando en una nueva fase de redefinición. En un entorno marcado por la aceleración tecnológica, la transformación cultural y la presión del mercado, la pregunta ya no es cómo adaptarse, sino qué papel se quiere jugar.
Este debate ha sido abordado recientemente desde distintos ángulos: desde el análisis estructural de los desafíos del sistema universitario hasta la crítica filosófica del papel de las escuelas de negocios. Sin embargo, más allá de los matices, emerge una inquietud común: la pérdida progresiva de legitimidad de la educación superior.
En la mesa de discusión con Esade Magistri, el artículo Quo Vadis, ¿Higher Education? de los profesores jesuitas Alberto Núñez y Josep F. Mària, y Magistra veritas del profesor asociado David Murillo sirvieron como marco intelectual para abordar una cuestión que atraviesa toda la conversación: no estamos ante una crisis coyuntural de la universidad, sino ante una redefinición de su legitimidad en un entorno de aceleración tecnológica, geopolítica y cultural.
Más allá de la disrupción: una cuestión de sentido
El diagnóstico es claro. Núñez y Mària plantean como la universidad se enfrenta a tensiones simultáneas en tres niveles: la oferta, cada vez más saturada y condicionada por rankings y plataformas; la demanda, marcada por cambios demográficos y nuevas formas de relacionarse con el conocimiento; y el propio proceso educativo, cuyo valor diferencial resulta cada vez más difícil de definir.
En paralelo, Murillo asume ese diagnóstico y añade una tensión adicional que encarnan las escuelas de negocio. Su proximidad al mercado las convierte en actores especialmente vulnerables a una lógica de eficiencia que, llevada al extremo, puede vaciar de contenido su misión académica. Cuando la educación se mide únicamente en términos de productividad, corre el riesgo de convertirse en un servicio más.
Pero reducir el problema a la presión externa sería simplificarlo. La cuestión de fondo no es solo cómo responde la universidad, sino desde dónde lo hace.
El riesgo de mirar atrás en lugar de hacia delante
Existe una tentación comprensible: idealizar el pasado. Pensar en la universidad como guardiana del conocimiento y formadora integral, ajena a las dinámicas de poder o mercado.
Sin embargo, esta visión ignora una realidad histórica más compleja. La universidad nunca ha sido completamente autónoma. Ha respondido —y sigue respondiendo— a distintos centros de influencia: políticos, económicos o culturales.
La diferencia hoy no es la existencia de presión externa, sino su intensidad y velocidad. Por eso, la pregunta relevante no es cómo recuperar un modelo idealizado, sino cómo ejercer agencia en un ecosistema híbrido donde conviven mercado, tecnología y misión educativa.
Replantear la eficiencia sin caer en el reduccionismo
Uno de los ejes más controvertidos es el papel de la eficiencia. Criticar su centralidad es necesario, como plantea Murillo, pero rechazarla por completo sería un error.
Una universidad que ignora la eficiencia corre el riesgo de volverse inaccesible, lenta e irrelevante. El problema no es la eficiencia en sí, sino la concepción reduccionista del ser humano como mero optimizador.
Replantear este concepto implica entender la eficiencia no como maximización de resultados, sino como alineación entre propósito, recursos y transformación. No se trata de producir más, sino de generar impacto significativo. Las business schools no deben abandonar la eficiencia, sino redefinirla.
Del monopolio del conocimiento a la construcción de sentido
Otro cambio estructural es la pérdida del monopolio del conocimiento. Hoy, este se genera en múltiples espacios: empresas, comunidades digitales, think tanks o redes distribuidas.
En este contexto, la universidad difícilmente puede seguir reivindicándose como única autoridad epistemológica. Su valor ya no reside en custodiar el conocimiento, sino en algo más complejo: ordenarlo, validarlo, conectarlo y someterlo a crítica.
Más que guardianes, los académicos están llamados a convertirse en arquitectos de sentido. Y eso exige una nueva forma de autoridad, basada no en la jerarquía, sino en la credibilidad.
El estudiante: ni cliente ni súbdito
La transformación también afecta al rol del estudiante. La dicotomía entre cliente y aprendiz resulta insuficiente para describir una realidad mucho más rica.
El estudiante actual es, al mismo tiempo, inversor, usuario, miembro de comunidad y futuro embajador institucional. Ignorar cualquiera de estas dimensiones implica empobrecer la relación educativa, como pasaría si el estudiante se considerara un mero “cliente”.
La clave no está en rechazar la lógica de mercado, sino en integrarla en un marco más amplio de corresponsabilidad. La universidad no puede tratar al estudiante como consumidor soberano, pero tampoco como sujeto pasivo.
Legitimidad en tiempos de escepticismo
En última instancia, todas estas tensiones convergen en una pregunta incómoda pero inevitable: ¿por qué debería la sociedad seguir otorgando a la universidad un estatus especial?
La respuesta ya no puede basarse únicamente en la investigación o la formación. En un entorno competitivo y escéptico, la legitimidad deberá construirse sobre tres pilares: impacto real en problemas complejos, coherencia institucional y diferenciación clara frente a alternativas tecnológicas y privadas.
Además, la apelación al bien común, aunque necesaria, exige una nueva humildad. En contextos polarizados, el riesgo de caer en el moralismo puede erosionar la credibilidad. Defender el pensamiento crítico implica, también, garantizar espacios reales de disenso.
De guardianes a orquestadores
Quizá el cambio más profundo sea conceptual. La universidad no debe aspirar a recuperar un monopolio perdido, sino a redefinir su papel dentro de un ecosistema distribuido.
Esto implica pasar de ser guardianes del conocimiento a convertirse en orquestadores: instituciones capaces de integrar saberes diversos, conectar actores y generar marcos de sentido compartidos.
En este nuevo rol, algunas claves resultan fundamentales: una visión integral del ser humano, el uso de la tecnología con propósito, una investigación conectada a la realidad, experiencias de aprendizaje difícilmente replicables y una identidad institucional clara.
El caso de las business schools: entre la exposición y la oportunidad
Las escuelas de negocios ocupan una posición particularmente delicada. Su cercanía al mercado las expone más que otras instituciones a la mercantilización.
Pero esa misma proximidad las convierte en actores privilegiados para repensar el contrato social de la empresa y su papel en la sociedad.
Si se limitan a enseñar herramientas, su futuro es incierto. Si, en cambio, forman criterio, carácter y capacidad para gestionar sistemas complejos, su relevancia será difícilmente sustituible.
Al final, la cuestión no es si estamos ante un cambio de paradigma. Eso ya es evidente.
La verdadera pregunta es otra: si la universidad —y en particular las business schools— quiere limitarse a adaptarse a ese cambio o aspira a liderarlo.
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